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Paula Solar

La cifra que revela si un país cree en su futuro

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Existe una cifra que podría decir mucho más sobre el futuro de Chile que el crecimiento económico, la inflación o incluso el desempleo. No suele abrir los noticiarios ni dominar el debate político, pero probablemente sea uno de los indicadores más poderosos sobre la salud de una sociedad: la cantidad de hijos que las personas efectivamente llegan a tener. Chile acaba de alcanzar un mínimo histórico. Según las cifras del Instituto Nacional de Estadísticas (INE), en 2025 la tasa global de fecundidad cayó a 0,99 hijos por mujer, una de las más bajas del mundo. En poco más de tres décadas, el número de nacimientos disminuyó un 46,9%, pasando de cerca de 276 mil nacimientos en 1992 a menos de 147 mil en 2025. Es la primera vez que nuestro país cae por debajo de un hijo por mujer. La reacción más frecuente es asumir que las nuevas generaciones simplemente ya no quieren tener hijos. Sin embargo, la evidencia muestra una realidad bastante distinta. Una investigación de Martina Yopo, académica de la Universidad Católica, muestra que la mayoría de las personas sigue considerando ser padres como un proyecto deseable. Lo que ha cambiado son las condiciones que desincentivan formar una familia: incertidumbre económica, dificultades para acceder a una vivienda, altos costos de crianza, inestabilidad laboral y crecientes dificultades para compatibilizar familia y trabajo. La fecundidad no debería entenderse únicamente como una variable demográfica. También puede interpretarse como un indicador de salud societal: la capacidad de una sociedad para generar las condiciones materiales, institucionales y culturales que permitan a las personas desarrollar el proyecto de vida que desean. En salud pública solemos evaluar enfermedades, mortalidad o esperanza de vida. Todos ellos son indicadores fundamentales. Pero existe otra dimensión menos visible: la salud de la sociedad como sistema. Una sociedad sana no es solo aquella donde las personas viven más años; es aquella capaz de sostener sus redes de cuidado, renovar su fuerza laboral, financiar sus sistemas de protección social y mantener la confianza de las personas en el futuro. Las implicancias de una fecundidad persistentemente baja son profundas. El envejecimiento acelerado aumenta la prevalencia de enfermedades crónicas, incrementa la demanda por cuidados de larga duración y ejerce una presión creciente sobre los sistemas de salud. Al mismo tiempo, disminuye la población en edad de trabajar que financia, mediante impuestos y cotizaciones, esos mismos sistemas. Este tema ha sido advertido por la OCDE , ya que el envejecimiento poblacional constituirá uno de los mayores desafíos para la sostenibilidad de los sistemas sanitarios y de protección social durante las próximas décadas. La experiencia internacional también ofrece una lección importante. Países como Japón, Corea del Sur e Italia llevan décadas intentando revertir la baja natalidad mediante subsidios económicos o incentivos puntuales, con resultados limitados. La evidencia muestra que ninguna medida aislada logra cambiar la tendencia cuando persisten problemas estructurales como la precariedad laboral, el alto costo de la vivienda, la desigual distribución de las tareas de cuidado y la incertidumbre respecto del futuro. La respuesta, por tanto, no consiste en convencer a las personas de tener más hijos. Consiste en construir un país donde quienes desean formar una familia puedan hacerlo sin que ello implique renunciar a su desarrollo profesional, a su autonomía económica o a su bienestar. Conciliación entre trabajo y familia, acceso a vivienda, educación inicial de calidad, corresponsabilidad en los cuidados y protección de la salud sexual y reproductiva no son sólo políticas de natalidad; son políticas de desarrollo. Cuando hablamos del futuro solemos pensar en inteligencia artificial, automatización o cambio climático. Sin embargo, existe una transformación mucho más silenciosa que redefinirá la economía, la salud pública y el bienestar de las próximas generaciones: el invierno demográfico. ¿Qué nos está diciendo una sociedad cuando incluso uno de los proyectos más trascendentes de la vida deja de parecer posible para una parte creciente de su población? Quizás la tasa de fecundidad no sea solo un indicador demográfico. Quizás sea, también, uno de los indicadores más precisos de cuánto confía una sociedad en su propio futuro.
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