En México, la conversación sobre el agua se ha concentrado durante años en el acceso. Es lógico: tenerla o no tenerla marca una diferencia determinante en la calidad de vida. Sin embargo, conforme avanzamos en cobertura, hay una segunda pregunta ¿en qué condiciones llega el agua a los hogares?
Tener conexión a la red no necesariamente significa disponer del recurso con la continuidad y presión suficientes para actividades tan cotidianas como bañarse, utilizar una lavadora o llenar un tinaco. Cuando esas condiciones no existen, son las familias quienes terminan compensando las limitaciones del suministro dentro de sus viviendas.
Y ahí aparece un costo que pocas veces forma parte de la discusión hídrica, y es el que absorben los hogares para almacenar, mover o presurizar el agua que necesitan.
De acuerdo con cálculos realizados a partir de los microdatos de la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares (ENIGH) 2024, 12.9 millones de las 38.3 millones de viviendas del país tienen una bomba de agua, equivalente a 33.9 por ciento del total.
La cifra muestra una relación entre agua, energía y economía familiar que suele pasar inadvertida. Cuando las condiciones del suministro no son suficientes, resolverlas puede implicar invertir en infraestructura dentro de la vivienda y consumir electricidad.
Parte del costo de las deficiencias del suministro, entonces, no termina en la tubería, sino que llega al bolsillo de las familias.
Los sistemas convencionales de bombeo pueden operar a una potencia constante, aun cuando las necesidades de agua de una vivienda cambien a lo largo del día. Esto significa que resolver un problema de presión puede generar un consumo de energía mayor al necesario. El reto no es solo mover el agua, sino hacerlo de manera eficiente.
La tecnología permite hoy que una bomba ajuste automáticamente la velocidad de su motor de acuerdo con la demanda de agua. En Rotoplas hemos desarrollado una nueva generación de bombas inteligentes, capaces de reducir hasta 70 por ciento el consumo de energía asociado a la operación de la bomba. Esto no significa reducir en esa proporción el recibo total de electricidad, que depende del conjunto de aparatos y sistemas eléctricos de cada vivienda.
Lo que cambia es la lógica del bombeo: las nuevas bombas Rotoplas usan sólo la energía que se necesita. En millones de hogares, esa eficiencia deja de ser una característica tecnológica y tiene una consecuencia económica.
Los avances en cobertura ayudan a entender la importancia. En 2016, 7.2 por ciento de las viviendas en México no contaba con agua entubada, y para 2024 la proporción disminuyó a 3.3 por ciento, según la ENIGH.
Es una mejora significativa, pero la cobertura no tiene toda la historia. Una vez que el agua llega a una vivienda importa también su continuidad, presión y los recursos que las familias deben destinar para disponer de ella en condiciones adecuadas.
Por mucho tiempo hemos hablado del agua y la energía como problemas separados. Dentro de una vivienda no lo son, ya que almacenar, conducir o presurizar agua puede requerir electricidad y, por lo tanto, generar un costo.
Por eso, la innovación hídrica no debería medirse por la capacidad para llevar, almacenar o mover agua, sino preguntarnos cuánta energía y dinero necesitamos para hacerlo.
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