Los arqueólogos llevaban años intentando comprender qué había detrás de determinadas zonas inaccesibles de la montaña de Hallstatt, en Austria. La hipótesis inicial apuntaba a una gigantesca cámara excavada por mineros prehistóricos. Cuando comenzaron a perforar, sin embargo, apareció algo bastante más complejo.
No había una sola cavidad.
Había varias cámaras paralelas, unas encima de otras, que los investigadores ya han podido seguir durante unos 300 metros. Algunas alcanzaban aproximadamente 25 metros de ancho y 20 metros de alto. Daniel Brandner, responsable de las excavaciones subterráneas del Museo de Historia Natural de Viena (NHM), asegura que nunca habían encontrado una disposición semejante en Hallstatt.
Y hay un matiz importante: esos 300 metros no tienen 7.300 años, como han señalado algunas informaciones. El nuevo complejo pertenece principalmente a la Edad del Hierro, alrededor del siglo VI a. C. Los 7.300 años hacen referencia a las evidencias más antiguas de explotación de sal en Hallstatt.
El problema de Hallstatt es paradójico. Los arqueólogos saben que existe una enorme actividad minera prehistórica, pero solo habían podido estudiar las zonas que las galerías construidas posteriormente atravesaron por casualidad. Por eso, en 2022 comenzaron a utilizar un equipo de perforación de Salinen Austria capaz de penetrar cientos de metros en la montaña. Los testigos extraídos fueron revelando algo inesperado: tras atravesar determinadas capas aparecían una y otra vez residuos dejados por mineros de la Edad del Hierro.
Las cámaras no seguían un diseño uniforme. Sus constructores aparentemente se adaptaban a las vetas de sal y a la propia geología, creando espacios paralelos a diferentes alturas. En algunos lugares, el suelo contiene hasta nueve metros de sedimentos y desechos de explotación. Eso podría parecer basura arqueológica. En Hallstatt es prácticamente una cápsula del tiempo.
La concentración de sal, la ausencia de aire y la presión de la montaña han creado unas condiciones extraordinarias para preservar materiales orgánicos.
Los investigadores han encontrado textiles, fragmentos de ropa, madera, mangos de herramientas, cuerdas, cuero, restos de comida y astillas de pino quemadas que los trabajadores utilizaban para iluminar las galerías. También se conservan heces humanas, capaces de ofrecer información sobre la alimentación e incluso conservar rastros de ADN.
Eso convierte a Hallstatt en algo bastante diferente de un yacimiento formado únicamente por cerámicas, metales o huesos. La propia NHM explica que allí pueden reconstruirse actividades cotidianas que normalmente desaparecen por completo del registro arqueológico.
La escala también ayuda a comprender qué ocurría bajo tierra. Hacia 1200 a. C., la producción había alcanzado niveles casi industriales: las estimaciones apuntan a alrededor de 1,5 toneladas de sal diarias. La actividad sufrió varias interrupciones causadas por grandes deslizamientos, pero las comunidades locales reconstruyeron repetidamente sus instalaciones y continuaron explotando la montaña.
Hay otro detalle que hace todavía más particular el descubrimiento. Hallstatt no es simplemente una mina prehistórica olvidada que los arqueólogos hayan vuelto a abrir.
La explotación de sal continúa allí actualmente. El Museo de Historia Natural la describe como la mina de sal conocida más antigua del mundo y un paisaje industrial utilizado de manera prácticamente continua durante unos 7.000 años. La investigación arqueológica moderna convive, de hecho, con las operaciones mineras actuales.
Los arqueólogos llevan más de un siglo investigando el lugar y todavía existen zonas que nunca han podido estudiar. Las nuevas perforaciones sugieren que bajo Hallstatt podrían quedar muchas más cámaras. Después de siete milenios extrayendo sal de la misma montaña, todavía no sabemos cuánto de aquella mina prehistórica sigue escondido dentro.
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