El término "feminista radical" se utiliza a menudo a modo de insulto o incluso como sinónimo de extremista, en la peor acepción del término. Sin embargo, el problema no está en el adjetivo, sino en el desconocimiento sobre el feminismo. De hecho, "radical" procede del latín radix y significa "raíz", precisamente lo que hace el feminismo cuando no se limita al pink washing o al postureo en redes: buscar la raíz de una desigualdad que durante siglos se ha presentado como natural o normal.
Cuestionar el reparto del poder, el control sobre el cuerpo de las mujeres o las mismas instituciones que sostienen ese statu quo siempre resultará radical para quienes se benefician de que nada cambie. Eso, exactamente, es lo que Matilda Joslyn Gage hizo mucho antes de que el feminismo radical existiera como corriente política con ese nombre. Nacida en Nueva York, en 1826, fue una de las pensadoras más osadas del movimiento estadounidense por los derechos de las mujeres.
Creció, además, en una familia abolicionista. Eso significa que la casa de sus padres formó parte del llamado Underground Railroad, la red clandestina que ayudaba a escapar a personas esclavizadas. No obstante, ha pasado a la historia también como sufragista y defensora de los derechos de los pueblos indígenas. Es decir, su concepción de la ligualdad y la libertad nunca estuvo encorsetada en una única reivindicación.
Durante años, compartió ser la cara del sufragismo con dos nombres que después sí aparecerían ampliamente en los libros de historia, al contrario de lo que ocurrió después con el suyo. Se trata de Susan B. Anthony y Elizabeth Cady Stanton, las tres llegaron a ser conocidas como el gran triunvirato de la Asociación estadounidense por el Sufragio de la Mujer y escribieron juntas los tres primeros volúmenes de 'History of Woman Suffrage'. Gage presidió la organización, editó el periódico 'The National Citizen and Ballot Box' e incluso intentó votar en 1871, cuando las mujeres todavía no tenían reconocido ese derecho.
Pero, para ella, que las mujeres tuvieran acceso a las papeletas electorales era solo el principio. También defendió el acceso de las mujeres a la educación y al trabajo, la igualdad salarial, el derecho al divorcio y la protección frente a la violencia dentro del matrimonio. Del mismo modo, denunció unas leyes que, al convertir a la esposa en dependiente legal del marido, le arrebataban el control sobre sus bienes, sus hijos y su propio cuerpo. Cuando hoy hablamos de "autonomía corporal" estamos resumiendo su pensamiento, aunque esta sea una expresión contemporánea que Gage no llegara a utilizar literalmente.
Con la iglesia hemos topado
Su planteamiento era particularmente incómodo porque no atribuía la subordinación femenina a unos cuantos hombres crueles o a ciertas leyes desfasadas sino que señalaba directamente a todo un sistema de poder. La institución a la que señaló con mayor dureza fue la Iglesia cristiana. En 1893 publicó 'Woman, Church and State', un ensayo en el que recorrió siglos de legislación, doctrina religiosa y persecución para mostrar cómo ambos poderes habían colaborado en la subordinación de las mujeres.
Sin embargo, su crítica no pudo resultat más inoportuna para un sufragismo que comenzaba a buscar alianzas con organizaciones cristianas conservadoras y defensoras de la templanza (una campaña social y política contra el consumo de alcohol que tuvo mucha fuerza en Estados Unidos durante el siglo XIX). Mientras otras dirigentes estaban dispuestas a concentrar todas las fuerzas en conseguir el voto, Gage se negaba a separar ese objetivo de la libertad religiosa, sexual, económica y personal.
Su distanciamiento se hizo definitivo en 1890, cuando las dos grandes organizaciones sufragistas estadounidenses se fusionaron para formar la National American Woman Suffrage Association. Gage consideraba que el nuevo movimiento estaba sacrificando principios fundamentales para resultar más aceptable y fundó la Woman's National Liberal Union, desde la que siguió defendiendo la separación entre Iglesia y Estado. Su postura la alejó también de Anthony, cada vez más centrada en convertir el sufragio en una causa políticamente viable.
Por lo tanto, no fue simplemente una mujer olvidada por accidente sino que sus ideas habían dejado de resultar cómodas para el relato con el que el movimiento sufragista quería identificarse. Gage murió en 1898, más de dos décadas antes de que las mujeres estadounidenses consiguieran el derecho al voto. Sin embargo, su nombre volvería a sonar casi un siglo después gracias a una ironía histórica perfecta.
La Matilda del "efecto Matilda"
En 1993, la historiadora de la ciencia Margaret W. Rossiter acuñó el término "efecto Matilda" para describir el patrón por el que los descubrimientos y aportaciones de las científicas reciben menos reconocimiento o terminan atribuyéndose a sus compañeros masculinos. Lo llamó así en homenaje a Gage, que ya había denunciado ese borrado en su ensayo 'Woman as Inventor'.
Lo más curioso es que dicho efecto también podría servir para explicar lo ocurrido con la propia Matilda. Mientras Anthony y Stanton se consolidaron como los grandes referentes del sufragismo estadounidense, ella quedó reducida durante mucho tiempo a un personaje secundario de una historia que había ayudado a escribir. No porque su pensamiento careciera de importancia, sino porque cuestionaba "demasiado": el Estado, la Iglesia, el matrimonio, la propiedad, el colonialismo y hasta los límites que sus propias compañeras estaban dispuestas a imponer a la emancipación femenina.
Por eso recuperar hoy a Matilda Joslyn Gage consiste también en preguntarnos quién decide qué feministas son válidas y cuáles son descartadas por resultar demasiado incómodas. Su caso demuestra que, muchas veces, ser llamada radical no significa haberse alejado demasiado de la realidad, significa haberse acercado demasiado a la raíz del problema.
Foto de portada | Dominio público y Femen
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