¿Qué pasa cuando el wellness convierte el bienestar en una industria en la que cuidarnos también puede significar gastar más, hacer más y sentir que nunca es suficiente?
El bienestar se ha inclinado hacia una estética, un post reflexivo, una membresía o un curso transformador con costo. Está en los termos que nos acompañan en el día, en los cafés con proteína, en los suplementos, en las comidas calculadas, en las clases de pilates, en los relojes que registran nuestros pasos y en las aplicaciones que califican nuestro descanso. Todo parece tener una versión más saludable, más eficiente y, casi siempre, más cara.
No hay nada malo en querer cuidarnos. El problema aparece cuando comenzamos a creer que estar bien tiene una fórmula y que para alcanzarla necesitamos consumir, medir y optimizar cada parte de nuestra vida. Quizá el verdadero cuestionamiento está en preguntarnos cuánto de esto nos hace sentir bien y cuánto solamente nos hace sentir que estamos haciendo lo correcto socialmente.
La realidad es que nada de esto es necesariamente malo. Si la dinámica es funcional, transformadora para cierta comunidad; si se disfruta o simplemente es factible, no hay nada que cuestionar. El problema comienza cuando asociamos el precio con el valor y pensamos que aquello que cuesta más también tiene que ser mejor para nosotrxs.
Cuidarnos no debería depender de tener el producto correcto. Muchas veces nuestro cuerpo necesita cosas mucho menos sofisticadas y mucho menos rentables para la industria del wellness . Dormir, movernos, comer suficiente, tomar agua, convivir y tener tiempo para nosotrxs siguen siendo formas bastante simples de sentirnos bien.
La obsesión por medirlo todo también transformó nuestra relación con el bienestar. Contamos pasos, calorías, horas de sueño, minutos de ejercicio y días consecutivos de entrenamiento. Las cifras prometen darnos control, pero pueden terminar convirtiendo cada día en una evaluación sobre qué tan bien estamos haciendo nuestra propia vida.
Dormimos y revisamos cuánto dormimos. Caminamos y comprobamos cuántos pasos dimos. Hacemos ejercicio y registramos nuestro rendimiento. Hasta descansar puede convertirse en algo que tenemos que cumplir correctamente. Y cuando no alcanzamos la cifra aparece la culpa. No entrenamos suficiente, dormimos mal, comimos de más o no seguimos la rutina.
El problema no es la métrica. Es cuando dejamos de escuchar lo que necesita nuestro cuerpx porque un número nos dice cómo deberíamos sentirnos. El bienestar comienza a parecerse demasiado a una lista de pendientes y demasiado poco a una experiencia.
Quizá una de las ideas más difíciles de aceptar dentro de esta cultura es que descansar también significa no producir. Podemos pasar una tarde con nuestrxs amigxs, visitar a nuestra familia o quedarnos en casa sin convertirlo en una actividad de autocuidado.
También podemos salir a caminar sin registrar kilómetros, apagar el celular durante unas horas, dormir hasta tarde, comer algo porque simplemente se nos antojó o cancelar una clase porque estamos cansadxs. Incluso podemos aburrirnos.
Nos hemos acostumbrado a pensar que todo momento tiene que servir para algo. Si no trabajamos, entrenamos. Si no entrenamos, nos recuperamos. Si no nos recuperamos, buscamos cómo mejorar. Pero una vida que necesita estar constantemente optimizada difícilmente deja espacio para vivirla.
El wellness también puede vendernos una idea silenciosa pero poderosa. Podemos ser una versión mejor de nosotrxs mismxs; más fuertes, más productivxs, más saludables, más disciplinadxs. El problema es que esa versión nunca termina de llegar. Tampoco podemos dejar a un lado la realidad de muchxs personas y el costo de vida, porque no todxs tienen la posibilidad de acceder al bienestar por tiempo, presupuesto, movilidad u otras circunstancias, y esa idea termina quedando por debajo de lo que debería ser una prioridad.
Mientras perseguimos ese ideal, podemos estar cansadxs, estresadxs, pendientes de las notificaciones y sintiendo culpa por no cumplir una rutina perfecta. Podemos tener todos los productos asociados con una vida saludable y, aun así, no acceder al descanso.
Tal vez dejar de preguntarnos si estamos haciendo lo suficiente por nuestra salud y comenzar a preguntarnos si la vida que estamos construyendo nos permite sentirnos bien .
No se trata de rechazar el ejercicio, los suplementos, las clases de pilates o cualquier producto que nos guste. Se trata de recuperar la posibilidad de elegirlos sin sentir que nuestra salud depende de ellos. No todxs necesitamos lo mismo y no existe una rutina capaz de funcionar para todas las personas.
Quizá el verdadero lujo hoy no sea tener el termo más caro, la membresía más exclusiva o la rutina más completa. Quizá sea algo más simple, tener el privilegio del tiempo y la calma; tiempo para no hacer nada, dormir sin revisar una métrica, desconectarnos de las pantallas y estar presentes con quienes queremos. Tal vez cuidarnos también sea permitirnos estar un poco desordenadxs, descansar sin culpa y decir que hoy no podemos más.
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