La política exterior de Israel y del mundo palestino no puede analizarse únicamente desde la diplomacia o la estrategia regional. También debe observarse como una herramienta de política interna, capaz de generar legitimidad, movilizar electores y consolidar liderazgos.
Las declaraciones de figuras como Itamar Ben-Gvir y Bezalel Smotrich frente a aliados internacionales muestran cómo la confrontación externa puede transformarse en capital político doméstico. Del otro lado, la Autoridad Palestina y Hamas también han utilizado el escenario internacional para buscar respaldo, debilitar a sus adversarios y sostener sus propias posiciones de poder.
El problema de fondo es que, mientras cada actor encuentre beneficios políticos en la continuidad del conflicto, la negociación queda relegada. Oslo continúa siendo un marco de referencia, aunque después de más de tres décadas gran parte de sus compromisos hayan quedado incumplidos. Y tras el 7 de octubre, la confianza entre israelíes y palestinos sufrió una fractura todavía más profunda.
La salida no parece estar en nuevas declaraciones unilaterales ni en una permanente búsqueda de legitimidad en terceros países. Cualquier solución duradera exigirá que ambas sociedades asuman costos, renuncien a objetivos maximalistas y acepten que la negociación implica necesariamente perder algo para poder ganar algo más importante: seguridad, estabilidad y un futuro posible.
Mientras el conflicto siga siendo políticamente rentable para quienes lo administran, la paz continuará siendo mucho más difícil que la confrontación.
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