Rezgar Akrawi 2026 / 9 / 8
Un alegato por un Estado de ciudadanía democrática, la justicia social y un horizonte socialista.El Palacio del Pueblo: el final de una experiencia y el comienzo de una nueva preguntaEl 25 de agosto de 2026, Mazloum Abdi anunció desde el Palacio del Pueblo, en Damasco, que la misión de las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS) había terminado y que se disolvían como fuerza militar independiente, junto con la disolución de la Administración Autónoma (Rojava) y de las formaciones militares y civiles adscritas a ella, todas absorbidas por las instituciones del Estado sirio.El anuncio llegó después de la amplia operación militar que las fuerzas gubernamentales lanzaron en enero de 2026, la cual costó a las FDS extensas franjas del territorio que controlaban y abrió una vía negociadora que culminó en un acuerdo para integrar sus fuerzas e instituciones en el Estado sirio.Considero que se trata de un desarrollo positivo, porque reduce la probabilidad de guerras nacionalistas devastadoras cuyas primeras víctimas son siempre los trabajadores y los pobres que viven de su trabajo, sea cual sea su nacionalidad. Ahora bien, aunque los acuerdos sucesivos, desde marzo de 2025 hasta el acuerdo integral de enero de 2026 y de ahí al anuncio de la disolución, rebajaron efectivamente el riesgo de guerra y ahorraron a la población de la región nuevas destrucciones, no contenían disposición alguna sobre las cuestiones por las que luchamos como fuerzas de izquierda y progresistas: los derechos de las mujeres, el carácter laico del Estado, el fin de las privatizaciones, la protección del sector público, las garantías para los derechos de las trabajadoras y los trabajadores, la realización de la justicia social y unas elecciones democráticas en todos los niveles de gobierno.El modelo que un amplio sector de la izquierda kurda e internacional presentó durante años como una revolución de izquierda, social, feminista y democrática de base terminó mediante una decisión adoptada en la cúpula y anunciada desde un palacio presidencial de Damasco, sin referéndum popular y sin ninguna decisión declarada de los consejos y las comunas que las FDS habían presentado ante el mundo como los órganos que supuestamente ejercían la soberanía popular en lo que se denominaba la «Administración Autónoma», supuestamente edificada sobre el poder del pueblo.Estados Unidos, que había sido el principal respaldo militar y político de las FDS mientras apoyaba al mismo tiempo la trayectoria política y militar de las nuevas autoridades de Damasco, fue una parte central en la configuración del curso de la guerra y después en el de su resolución. Ese solo hecho revela dónde residía realmente el poder de decisión durante todo ese tiempo y cuánta confianza merece una apuesta por las grandes potencias imperialistas.Lo que llama la atención es cómo se repartieron los costes. El nuevo Estado absorbió a una parte de la élite militar y partidaria de las FDS, pese al carácter clasista, religioso y autoritario del nuevo orden político. Varios comandantes de las FDS fueron nombrados para puestos militares, otros recibieron grados y cargos administrativos, y pasaron a ser parte activa del aparato militar, político, administrativo y de seguridad del Gobierno sirio, así como de su estructura capitalista de clase. Entretanto, la gente trabajadora, kurda, árabe, siríaca y de todas las demás comunidades, siguió enfrentada a los mismos problemas sociales, económicos y políticos que precedieron a la guerra, agudizados ahora por años de conflicto y destrucción.En paralelo se promulgaron decretos que reconocen a los kurdos como parte constitutiva del pueblo sirio, reconocen el kurdo como lengua nacional y el Newroz como fiesta nacional, y levantan los efectos del injusto censo de Hasaka de 1962.Son conquistas reales por las que lucharon generaciones enteras. El reconocimiento, sin embargo, llegó una vez zanjada la correlación de fuerzas y no antes, y los derechos otorgados por decreto pueden retirarse mediante un contradecreto, tanto más bajo un gobierno no democrático que se sostiene sobre organizaciones islamistas con un historial de represión y violencia. Lo que hoy se requiere es convertir esas conquistas en texto constitucional vinculante dentro de una transición política integral, de modo que no queden como favores que reparte un poder autoritario.Esta advertencia pesa el doble dada la naturaleza de las nuevas autoridades de Damasco, que no han ofrecido garantías claras ni vinculantes en cuanto al carácter laico del Estado, los derechos de las mujeres o las libertades públicas. Al contrario, su historial de represión y de violaciones documentadas hace temer un nuevo autoritarismo bajo cobertura religiosa, en nada menos peligroso que el anterior.Lo que corresponde consignar y lo que no se puede enterrarLa objetividad exige dejar constancia también del lado positivo. En la Región del Kurdistán de Irak, informes internacionales han documentado la acogida de un gran número de desplazados de todas las comunidades iraquíes, un grado de estabilidad y de libertad social y religiosa que en ciertos aspectos superó al de otras partes de Irak, y un papel en la protección de las minorías frente a la amenaza de exterminio durante el ascenso del Estado Islámico.En el norte y el este de Siria, las Fuerzas Democráticas Sirias desempeñaron un papel militar eficaz en el combate contra el Estado Islámico y pagaron por ello un alto precio en vidas. Hubo intentos de construir un modelo administrativo civil en condiciones de guerra y asedio, y se lograron avances relativos en la participación de las mujeres, algo poco frecuente en el contexto de la región.Frente a ello, organizaciones internacionales de derechos humanos han documentado violaciones graves y sistemáticas en la Región del Kurdistán: la detención y la tortura de periodistas y defensores de derechos humanos, la represión de protestas contra el desempleo, la corrupción y los salarios impagados, en ocasiones con munición real, y graves fallos en la protección de las mujeres frente a la violencia, a lo que se suman otros abusos documentados. En el norte y el este de Siria se han documentado igualmente numerosas violaciones cometidas por las Fuerzas Democráticas Sirias, entre ellas el reclutamiento de menores de dieciocho años en contradicción con sus reiterados compromisos, la detención arbitraria y la tortura y la represión de manifestaciones.Los informes de derechos humanos han documentado asimismo denuncias de abusos contra habitantes árabes y desplazamientos forzosos en algunas zonas, además del cierre de oficinas de medios de comunicación y de organizaciones de la sociedad civil. Desde la integración, los investigadores de las Naciones Unidas siguen recibiendo testimonios sobre asesinatos, desapariciones forzadas y detenciones arbitrarias en Hasaka, mientras que las consecuencias humanitarias de los combates han sido seguidas por las agencias de las Naciones Unidas, y la comisión internacional de investigación continúa siendo el órgano con mandato para determinar responsabilidades por tales crímenes.La brecha entre el discurso y la práctica, y la apuesta por el imperialismo estadounidenseLa izquierda, tanto local como internacional, afronta un desafío complejo: ¿cómo defender los derechos legítimos del pueblo kurdo manteniendo a la vez criterios críticos coherentes frente a todo poder sin excepción? Ese equilibrio es la condición misma de la credibilidad de la solidaridad internacionalista.La solidaridad con el pueblo kurdo oprimido y con todos los pueblos oprimidos es un principio básico de la izquierda, anclado en valores que rechazan el sometimiento nacional, la explotación de clase y toda forma de discriminación. El pueblo kurdo ha sufrido una opresión nacional histórica y persistente que ha incluido genocidio, desplazamientos forzosos, la negación de derechos culturales y lingüísticos y la represión política.Esa solidaridad, sin embargo, no descansa en un alineamiento incondicional. Debe trazar una línea clara entre el apoyo al derecho de los pueblos oprimidos a la dignidad, la igualdad y la autodeterminación, y el aval sin reservas a determinados partidos nacionalistas cuya implicación en violaciones graves y documentadas está acreditada, partidos que a lo largo de toda su historia han practicado el asesinato político, la detención arbitraria, la desaparición forzada y la tortura contra sus adversarios, muchos de ellos procedentes de las filas de la izquierda.Una gran parte de la izquierda se sintió atraída por el concepto de «confederalismo democrático» y por las ideas de Abdullah Öcalan que moldearon la Administración Autónoma como alternativa al Estado nación centralizado. La práctica sobre el terreno, en cambio, dejó al descubierto una contradicción aguda. Mientras el discurso hablaba de comunas y de democracia popular de base, las decisiones militares y financieras se concentraban en manos de cuadros partidarios y militares no elegidos, que actuaban con una mentalidad rígidamente centralista.En cuanto al uso del lenguaje de la ecología, el feminismo y la ausencia de Estado como envoltorio retórico, presentado ante la opinión occidental y en especial ante la opinión de izquierdas, en nombre de un poder militar unilateral que trabajaba estrechamente con instituciones militares y de seguridad estadounidenses y recibía financiación de ellas, mi opinión es que eso no le hace ningún favor al pensamiento de izquierda. Lo vacía de contenido y lo convierte en una fuerza que opera por cuenta de esas mismas instituciones.Cuando movimientos que se presentan como revolucionarios o liberadores acaban dependiendo de recursos financieros y militares estadounidenses, no se trata de una cuestión táctica pasajera, ya que ello va remodelando poco a poco su naturaleza interna. A medida que el centro de gravedad se desplaza de la movilización popular hacia la financiación externa, un movimiento pasa de ser una fuerza social arraigada en una base popular a convertirse en una fuerza militar dependiente de fondos externos, y su supervivencia queda ligada a la continuidad del apoyo internacional más que a la base de masas que en última instancia decidirá su futuro.En el momento en que cambian las prioridades del patrocinador, la fragilidad estructural queda expuesta de golpe. Eso es exactamente lo que ocurrió, y es lo que yo señalaba en artículos anteriores, ya en 2018.Washington levantó las sanciones contra Damasco en mayo de 2025, recibió a Ahmed al Sharaa en la Casa Blanca en noviembre de 2025 e incorporó a Siria a la coalición internacional contra el Estado Islámico. La campaña de enero de 2026 se desarrolló después en el marco de entendimientos estadounidenses y turcos. El enviado estadounidense Tom Barrack declaró abiertamente que su país no apoya el federalismo en Siria y que el propósito original de esas fuerzas había concluido en la práctica, mientras que un antiguo enviado estadounidense se negó a calificar lo sucedido de traición y explicó que Washington siempre había considerado la alianza como algo temporal, táctico y transaccional. El testimonio de los propios responsables de las decisiones vuelve innecesario cualquier análisis adicional de la apuesta por las grandes potencias capitalistas.La estructura presentada como una alianza entre las comunidades de la región también se deshizo en la primera prueba seria. Antes de eso, su dirección había aceptado, como un hecho sobre el terreno, el papel del Partido Democrático del Kurdistán (los Barzani) como referencia nacional primordial de los kurdos, pese a su gobierno familiar y tribal, su corrupción y su transmisión hereditaria del poder. Ello quedó patente cuando las negociaciones se trasladaron a Erbil y Masud Barzani asumió el papel de mediador y garante.Esta no es una conclusión que plantee hoy, una vez concluida la experiencia de las FDS, ya que escribí en esa dirección hace años.En un artículo titulado «¿El Estado nación? ¿O el Estado de la ciudadanía y los derechos?», publicado en 2018,escribí lo siguiente sobre la experiencia de la izquierda nacionalista kurda en Siria:«A mi juicio, la experiencia de la izquierda nacionalista kurda a través del Partido de la Unión Democrática y sus organizaciones afines en Siria, por lejos que llegue a desarrollarse, se reducirá a reformas de carácter civil, izquierdista y radical, semejantes al gobierno del partido Baaz en Irak y en Siria durante los años setenta, que figuró entre las experiencias históricas más significativas de gobierno de izquierda nacionalista en Oriente Medio; y cada una de esas experiencias se transformó en un régimen dictatorial y autoritario corrupto».En ese mismo artículo advertí también sobre la naturaleza de la alianza con Estados Unidos, cuando escribí:«Estados Unidos, como mayor potencia capitalista, respalda a la mayoría de los regímenes reaccionarios y racistas del mundo, y ni una sola vez se ha situado del lado de los pueblos oprimidos ni de los valores humanos y liberadores. Está presente en Siria únicamente para asegurar sus intereses estratégicos allí y en la región y para contrarrestar la influencia rusa. A mi juicio, la alianza de Estados Unidos con las Fuerzas Democráticas Sirias sirve para cubrir un vacío estadounidense, esto es, la ausencia de grandes fuerzas terrestres propias en territorio sirio, ya se trate de tropas regulares o de compañías de seguridad; por eso se apoya en la capacidad militar humana de las Fuerzas Democráticas Sirias para llevar a cabo su agenda dentro de Siria.Esta alianza se asemeja a la que sectores de la oposición iraquí, a través del Congreso Nacional Iraquí, establecieron con Estados Unidos en los planos político y militar en vísperas del derrocamiento de la dictadura baazista en Irak. Considero que es una alianza temporal y frágil, que sigue los intereses estadounidenses, que otorga legitimidad a la intervención y a las prácticas estadounidenses en Siria y que además contribuye a maquillar el rostro feo y sombrío de Estados Unidos en los planos local, regional y global. Estados Unidos es conocido por abandonar a sus aliados una vez cumplidas sus tareas, o cuando entran en conflicto con su agenda, y de ello tenemos otros muchos ejemplos. Sus intereses estratégicos con Turquía siguen siendo los más importantes y los decisivos, y el asunto es una cuestión de tiempo, nada más».Camarillas nacionalistas que se parecen y hablan lenguas distintasHe señalado en textos anteriores que no existen diferencias fundamentales entre las camarillas nacionalistas gobernantes, ni en la Región del Kurdistán de Irak ni entre quienes gobernaron el norte y el este de Siria, ni tampoco entre ellas y los regímenes y las burguesías nacionalistas que gobiernan en la región, en Bagdad, Damasco o Ankara.Hay hondas semejanzas en la naturaleza de su poder y en sus intereses de clase. Lo que las divide tiene que ver con cuotas, influencia, recursos y reparto del poder, más que con el carácter del gobierno o con los intereses de las clases trabajadoras. Todas participan, en distinto grado, en el empobrecimiento de las masas, en la asfixia de las libertades y en la vulneración de los derechos económicos, sociales y políticos, cualquiera que sea su punto de partida nacional o religioso. Los acontecimientos y las realidades, tanto en la Región del Kurdistán de Irak como en Siria, han confirmado en gran medida esta lectura.No basta, por tanto, con que la izquierda declare su solidaridad con «el pueblo kurdo» en abstracto. Los pueblos no son bloques homogéneos. Son formaciones de clase en las que las contradicciones nacionales se cruzan con las contradicciones de clase, y no existe pueblo ni etnia en estado puro, libre de lucha de clases interna.La izquierda tiene que resolver su posición: ¿con qué clase del pueblo kurdo se sitúa? ¿Con una burguesía rentista y unas élites partidarias que monopolizan el poder y la riqueza, o con las trabajadoras y los trabajadores kurdos, árabes, turcomanos y de las demás nacionalidades que viven en esas zonas, gentes que padecen el poder autoritario, la pobreza, el desempleo, la marginación y el desmoronamiento de los servicios, cuyo derecho a la organización sindical y política independiente está restringido, y que son las únicas que pagan el precio de las guerras nacionalistas con su sangre y con el futuro de sus hijos?Lo ocurrido en Siria y lo que ocurre en la Región del Kurdistán hacen esta reevaluación aún más urgente, y no atañe solo a los nacionalistas kurdos. Una parte de la izquierda en el mundo árabe defendió durante años a regímenes dictatoriales, entre ellos los regímenes nacionalistas baazistas de Irak y Siria, mientras otra parte defendía otros modelos y partidos nacionalistas. Lo que se requiere, pues, no es abandonar la solidaridad con los pueblos y con su derecho a decidir su propio futuro.Lo que se requiere es reconsiderar la relación entre la izquierda y los partidos y regímenes nacionalistas autoritarios, y liberar esa solidaridad de la justificación acrítica de las violaciones y de los poderes y las fuerzas políticas que las cometen, cualquiera que sea su identidad nacional o ideológica.La alternativa: un Estado de ciudadanía democrática y justicia socialAun con mi plena convicción del derecho de todos los pueblos oprimidos a la autodeterminación, las condiciones locales, regionales e internacionales y las realidades presentes no permiten la formación de un Estado nación kurdo independiente en un futuro previsible, y no existe ningún apoyo internacional serio para semejante vía.Los acontecimientos de 2026 ofrecieron una prueba clara de ello, cuando una entidad cuasiestatal, la Administración Autónoma en Siria, respaldada por la mayor potencia militar imperialista del mundo, llegó a su fin en la práctica en cuestión de meses, en cuanto cambiaron los cálculos de quienes la financiaban y se modificó la correlación de fuerzas regional e internacional. Estos desarrollos podrían reflejarse también en la Región del Kurdistán de Irak, en consonancia con los desplazamientos de los intereses y las alianzas estadounidenses y de los equilibrios de poder regionales e internacionales.Al mismo tiempo, creo que el desarrollo intelectual y jurídico de la humanidad, y el peso creciente de los valores de los derechos humanos, la justicia social y la ciudadanía, obligan a repensar los proyectos de Estado nación construidos sobre lealtades étnicas y religiosas. La lucha que más merece la pena, a mi entender, es una lucha común del pueblo kurdo junto con los demás pueblos de la región y sus masas trabajadoras, orientada a superar el Estado nación excluyente y a impedir que los trabajadores y los pobres que viven de su trabajo se conviertan en combustible de guerras nacionalistas destructivas que en última instancia sirven a los intereses de las burguesías y las élites nacionalistas.La alternativa, tal como yo la veo, atañe a más que a la cuestión kurda por sí sola y ofrece un marco para abordar los diversos problemas nacionales y religiosos de la región: el Estado de ciudadanía democrática, asentado en una constitución fundada en los convenios internacionales de derechos humanos, en la neutralización de la nacionalidad y la religión dentro del Estado, en garantías de igualdad nacional y cultural para todas las comunidades y en el rechazo de toda forma de dominación nacional.Se asienta asimismo en un sistema federal democrático y descentralizado, con bases geográficas y administrativas equitativas, que permita un amplio autogobierno dentro de un Estado unificado, junto con elecciones limpias, pluralismo de partidos, separación de poderes, independencia judicial, libertad de prensa y de organización sindical y política, y una ruptura completa con el autoritarismo, la herencia del poder y el gobierno de familias y tribus.Un Estado así no puede completarse sin una justicia social que garantice los derechos de las masas trabajadoras de toda nacionalidad y religión, proteja el sector público y rechace la privatización y las políticas neoliberales que empobrecen a las masas y enriquecen a las élites. Dentro de este marco pueden asegurarse los derechos nacionales y culturales de todas las nacionalidades, religiones y comunidades, sin colocar a ninguna nacionalidad ni a ningún grupo religioso por encima de otro.La causa kurda es una causa justa que merece una solidaridad genuina y de principios. La solidaridad genuina, con todo, no significa conceder a los partidos y a las élites nacionalistas inmunidad política o moral. Significa apoyar la lucha del pueblo kurdo y de todos los pueblos de la región por sus derechos, sus libertades, su dignidad y la justicia social, y negarse a que la cuestión nacional se convierta en un instrumento para afianzar el poder de las élites y proteger sus privilegios de clase.No escribo estas palabras desde la posición de un observador externo. Soy de origen kurdo y, en mi juventud, formé parte de esta lucha. Viví de cerca sus aspiraciones, sus esperanzas y sus contradicciones.Criticar a las FDS no es, por tanto, criticar los derechos de los kurdos; criticar a los partidos gobernantes en la Región del Kurdistán no es criticar la causa kurda; y rechazar el Estado nación no es rechazar la identidad nacional ni los derechos nacionales. Es un alegato en favor de una alternativa de izquierda y humanista que supere el nacionalismo excluyente para avanzar hacia un Estado de ciudadanía democrática, la justicia social y un horizonte socialista.
https://satorzulogorria.org/la-promesa-de-rojava-y-la-disolucion-del-fds/
https://www.nuevatribuna.es/articulo/global/geopolitica-disolucion-fuerzas-democraticas-sirias-donde-va-cuestion-kurda/20260907183902253911.html
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