Washington empuja a Corea del Sur a la trampa de Ormuz

Washington empuja a Corea del Sur a la trampa de Ormuz
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Category: Politics
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– Por PIA Global* La vieja máxima atribuida al estratega Henry Kissinger resuena hoy con una crudeza inapelable en los pasillos del poder en Seúl: «Ser enemigo de Estados Unidos es peligroso, pero ser su aliado es fatal». Lo que durante décadas la propaganda occidental vendió a la opinión pública internacional como un «pacto inquebrantable de seguridad mutua» se revela una vez más en su verdadera naturaleza, una relación asimétrica de vasallaje donde los supuestos socios de Washington son tratados como simples peones descartables, destinados a ser sacrificados en el altar de los intereses geopolíticos estadounidenses. Bajo una asfixiante y creciente presión de la Casa Blanca, el gobierno surcoreano se encuentra al borde de consumar un paso de consecuencias imprevisibles: el despliegue de activos militares en el convulsivo Estrecho de Ormuz. De concretarse, se trataría del primer envío de tropas al extranjero a petición directa de Estados Unidos en 22 años, desde que Seúl despachó la División Zaitun a la invasión de Irak en 2004. Aquella aventura, cimentada sobre mentiras imperiales, vuelve como un eco siniestro sobre una nación a la que hoy se le exige ofrendar recursos y vidas humanas en un conflicto que no le pertenece. Corea del Sur y Estados Unidos chocan por la interpretación de la 'amenaza' norcoreana Los planes que evalúa la oficina presidencial de Cheongwadae contemplan el envío de un buque de apoyo logístico naval, aviones de patrulla marítima P-8A Poseidon e incluso personal especializado en desactivación de explosivos, con un contingente preliminar de unos 150 efectivos militares. Pese a los intentos oficiales por matizar la operación bajo el eufemismo técnico de «actividades no combativas para la libertad de navegación», la maniobra no resiste el menor análisis táctico: colocar aeronaves y buques en una zona de hostilidades abiertas contra Irán convierte automáticamente a los soldados surcoreanos en blancos legítimos y carne de cañón para blindar el desgaste militar estadounidense en Medio Oriente. Detrás de este movimiento no existe una genuina preocupación por la seguridad regional, sino el chantaje descarnado del presidente Donald Trump. Fiel a su doctrina transaccional, el mandatario estadounidense ha recriminado públicamente a Seúl su negativa a sumarse a la confrontación directa contra Teherán. Quejándose de haber gastado «miles de millones de dólares ayudando a otros países» sin recibir sumisión automática a cambio, Trump no dudó en utilizar como mecanismo de extorsión la presencia de las tropas estadounidenses en suelo peninsular: «Tenemos miles y miles; en Corea del Sur tenemos 40.000 soldados allí… y les pedí una pequeña mano con Irán», sentenció, distorsionando incluso la cifra real del contingente norteamericano (aproximadamente 28.500 efectivos) para inflar la factura del protectorado. El entramado de la coacción va mucho más allá de las aguas del Golfo Pérsico. Como advierten investigadores estratégicos regionales, el envío de tropas a Ormuz ha sido impuesto por el Pentágono como la «única salida» para destrabar una agenda bilateral completamente condicionada por los intereses de Washington. Seúl se encuentra bajo permanente coerción para concretar su multimillonaria promesa de inversión de 350.000 millones de dólares en territorio estadounidense. La pretendida construcción de los primeros submarinos de propulsión nuclear surcoreanos continúa atada al consentimiento explícito y a los vetos jurídicos de Washington. Las negociaciones para la restitución del control operativo (OPCON) en tiempos de guerra —que mantiene a las fuerzas armadas de Corea del Sur subordinadas a mandos estadounidenses en caso de conflicto— siguen deliberadamente empantanadas. En paralelo a sus exigencias bélicas, Washington amaga con reanudar contactos directos con la República Popular Democrática de Corea (RPDC), dejando a Seúl al margen de las negociaciones y obligando al gobierno de Lee Jae-myung a sobreactuar lealtad militar para no quedar completamente aislado en su propio tablero vecinal. El regreso de Corea del Sur al oro es una grave señal para EE.UU. Este sometimiento ha encendido las alarmas en el parlamento y la academia surcoreana. Desde el gobernante Partido Democrático, voces legislativas han denunciado que el Ejecutivo padece una presión sin precedentes dictada desde el exterior, cuestionando con dureza por qué deberían enviarse jóvenes soldados a una guerra ilegal no iniciada por su país. Asimismo, analistas del ámbito universitario rechazan que la vida de las nuevas generaciones sea utilizada como ficha de cambio para aplacar el malestar de un imperio en decadencia. El caso de Ormuz desnuda la trampa estructural que encierra la tutela militar de Washington. Mientras exige a sus aliados financiar sus aventuras bélicas, desviar recursos estratégicos y asumir el costo de represalias asimétricas, Estados Unidos demuestra que en su tablero hegemónico no existen socios de pleno derecho ni garantías recíprocas, sino piezas descartables al servicio de su propia supervivencia imperial. *Foto de la portada: Yonhap

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