BULLYING VECINAL: CUANDO EL BARRIO SE CONVIERTE EN EL PRIMER ENEMIGO

BULLYING VECINAL: CUANDO EL BARRIO SE CONVIERTE EN EL PRIMER ENEMIGO
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Por: Rogelio Camarillo Carrillio ¿Recuerdas cómo, en el barrio, a algunas personas y familias se les nombraba? No con el apellido oficial, sino con un apodo que se pegaba como una etiqueta permanente. A mí me tocó conocer a 'los feos', que con el tiempo mutaron al sobrenombre de 'Los federales'. Estaban 'los puerqueros'. María 'la tortillera', llamada así por su orientación sexual. 'El puñal', por la misma razón. Y 'las pirus', producto de un chisme que nadie se molestó en verificar. Esos nombres no eran simples bromas de esquina: eran declaraciones públicas de exclusión. Se pronunciaban en voz alta cuando pasabas frente a su casa, se repetían en las reuniones de vecinos y se transmitían a los niños como si fueran parte del mapa del barrio. En los años 70 esa práctica tenía un componente aún más explícito. Si alguien era panista en un entorno priista, si profesaba una religión cristiana distinta a la mayoritaria o si pertenecía a la diversidad sexual, el barrio se encargaba de avisárselo. No hacía falta un decreto oficial: bastaba la mirada de reojo, el silencio calculado, el apodo hiriente o el aislamiento social. La intolerancia no necesitaba megáfonos; se ejercía en la acera de enfrente. Ese mismo mecanismo, con variaciones contemporáneas, sigue vivo. El bullying vecinal no siempre grita. A veces solo estaciona el coche ocupando el espacio que sabe que también necesitas, y lo deja ahí el día entero. Otras veces llena de vehículos toda la cuadra como si fuera propiedad privada. Pone la música a un volumen que obliga a cerrar ventanas. Deja bolsas de basura justo frente a tu puerta. Te lanza una mala cara cuando pasas. O sigue usando apodos que convierten la diferencia en estigma. Es la misma lógica de antaño: marcar al otro, recordarle que no pertenece del todo, y hacerlo desde la cotidianidad del mismo territorio que se supone compartimos. No todo ha sido así, y conviene no idealizar ni demonizar por completo. En medio de esas prácticas existían —y existen— vecinos que optaban por lo contrario. Mi madre era una de ellas. Cuando alguien pasaba necesidad, ella veía la oportunidad de solidarizarse y bendecía a todos los que pasaban por su lado. Los vecinos lo sabían y lo correspondían. Había un intercambio silencioso pero constante: se mandaba al hijo a pedir unas tortillas, unos frijoles o un poco de agua, y se devolvía el favor cuando tocaba. No era caridad institucional; era la idea básica de que el barrio funcionaba como una extensión de la familia. Ese tejido se ha adelgazado. En algunas zonas de Guadalajara se han documentado casos en los que una mudanza se convertía en saqueo completo de una casa y los vecinos no intervenían, ya sea por desconocimiento o, peor, por ausencia de solidaridad. El silencio colectivo termina siendo cómplice. La diferencia entre un barrio que castiga y uno que sostiene no es una cuestión de nostalgia. Es una cuestión de elección cotidiana. Recuperar valores no significa volver a un pasado idealizado que nunca existió del todo; significa decidir que el espacio compartido no se gobierna por la exclusión, el ruido o el desprecio, sino por una mínima condescendencia y una disposición a tratarse como parte de algo más grande que la propia casa. Compartir un poco más. Mantener un tono amistoso. Intervenir cuando alguien está siendo marcado injustamente. Dejar de usar el apodo como arma. Entender que el coche, la basura, la música y la mirada también son formas de ocupar o de invadir el espacio del otro. El bullying vecinal persiste porque es fácil y porque, en muchos casos, se ha normalizado. Pero también persiste la posibilidad de lo contrario. Los barrios no se mejoran solo con reglamentos de condominio o con cámaras de seguridad. Se mejoran cuando la gente decide que el vecino no es un rival ni un blanco de chismes, sino alguien con quien se puede construir, aunque sea a partir de un favor pequeño y cotidiano. Ojalá volvamos a ese punto. No por romanticismo, sino porque la alternativa —el barrio como campo de hostilidad permanente— termina empobreciendo a todos los que lo habitan. *Las opiniones expresadas en este texto de opinión, son responsabilidad exclusiva del autor y no son atribuibles a CN COLIMANOTICIAS.

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