A las doce y media del mediodía, la caravana de coches que subía al Centro Asturiano de Oviedo llegaba prácticamente hasta la Pista Finlandesa. Sin duda ese era el mejor indicativo para anticipar lo que estaba ocurriendo arriba. El club de campo celebraba este martes el último y gran día de sus fiestas, coincidiendo con el Día de Asturias, y los socios acudieron en masa para cumplir con una de las citas más tradicionales del calendario de la entidad: la procesión de la Santina, misa, el reparto del bollo y el vino y la comida con familiares y amigos. El presidente del Centro Asturiano, Gerardo Martínez Quesada, lleva 27 años en la entidad y no recuerda algo semejante. «Son las fiestas con más participación que ha habido desde que estoy aquí», resume. Ya durante la víspera había sido necesario habilitar espacios extraordinarios para dejar los coches. «Nunca hubo tanta participación, tanto orden ni tantos coches», destacó. El Centro cuenta con unas 600 plazas habituales y se acabó aparcando incluso en lugares y pistas que normalmente no se utilizan. Pero la auténtica protagonista de la jornada fue, como manda la tradición, la Virgen de Covadonga. La Santina, vestida con su manto azul, recorrió el recinto en procesión antes de presidir la celebración religiosa. Y hasta el tiempo pareció respetarla. La lluvia terminó apareciendo para quedarse durante toda la jornada, pero lo hizo justo después de que la comitiva, con el alcalde de Oviedo y varios de sus concejales al frente, completase su recorrido. Para Canteli, socio y durante muchos años presidente de la entidad, el 8 de septiembre tiene además un componente especialmente personal. «El Día de Asturias, para mí, es el día del Centro Asturiano», asegura. «Estoy en mi casa, participando en esta fiesta entrañable, estando con los socios, estando con mis amigos». Incluso la comida quedaba en segundo plano: «Lo de menos es lo que te pongan en el plato: es la convivencia». Después comenzó a llover con ganas. Fue entonces cuando llegaron las carreras para recoger mesas, bolsas y comida. Nacho Gómez, Pablo Docampo, Maribel Alonso y Concha Alonso estaban entre quienes habían elegido una de las zonas exteriores para comer el bollo y tuvieron que desmontar rápidamente con las primeras gotas. La lluvia aguó parte de la sobremesa, aunque no el espíritu de la jornada: tocaba buscar refugio y seguir celebrando juntos. Mientras el tiempo lo permitió, hubo incluso quienes siguieron practicando deporte pese al ambiente festivo. El pebetero de las fiestas continuaba encendido y los niños tenían su particular celebración, con hinchables, tren de la bruja y pintacaras. Entre ellos estaba Vera Verdú junto a su madre, María Fernández, en una jornada en la que los más pequeños volvieron a ser una parte esencial del ambiente. «Se lo pasan en grande, sólo por ellos merece la pena estar aquí», decía la mamá mientras a la niña le acababan de retocar el rostro. Precisamente el aumento de niños, adolescentes y jóvenes es uno de los aspectos que más destaca Martínez Quesada de estas fiestas. «El salto fundamentalmente es de gente joven. Grupos de niños, grupos de adolescentes, grupos de jóvenes; el campo de fútbol lleno por todas partes de niños jugando», señala el presidente. Bajo la carpa, Oliver López, Manuel Velasco e Iván Lobato repetían una tradición. Socios de toda la vida, habían reservado sitio para reunir a su grupo habitual, más de diez familias que cada Día de Asturias convierten ese rincón en su particular comedor. Esta vez hubo que madrugar: uno de ellos subió a las ocho de la mañana para hacerse con espacio. Sobre las mesas no faltaba de nada: embutido, queso, tortilla y otros platos para acompañar el bollo y alargar la sobremesa. A pocos metros, Elena Menéndez, Patricia Nuño y Alfredo Cueva compartían la misma filosofía. También habían acudido con amigos y familiares para pasar el día entero en el Centro y sin dejar que la lluvia desluciese la celebración. Entre conversaciones, comida y alguna carrera para protegerse del agua, el grupo mantuvo el buen humor y el ambiente festivo. Elena Menéndez destacaba el buen ambiente y aseguraba que, pese al agua, seguía siendo uno de esos días que merece la pena pasar entero en el Centro. La lluvia obligó también a recortar parte del programa previsto para la tarde. No pudieron celebrarse la gran fiesta acuática de hinchables de las piscinas exteriores, la exhibición de esgrima histórica programada en el campo de fútbol ni la jornada de deporte rural junto a la marquesina. Sí siguieron adelante las actividades que podían desarrollarse a cubierto, entre ellas el tardeo musical de Manu García DJ en la carpa, el karaoke júnior y el concurso Dance, además del concierto de la Banda Sinfónica Juvenil del Principado. Hubo que cambiar de sitio las mesas, apretarse bajo techo y rehacer planes. Pero para entonces la Santina ya había recorrido el Centro sin una gota, los 12.300 bollos estaban repartidos y las familias habían vuelto a reunirse un año más. El último día de las fiestas terminó pasado por agua, pero también dejó una estampa difícil de superar: un Centro Asturiano desbordado de socios y repleto de asturianía.
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