Durante varios años, Mónica Boada estuvo acostumbrada a construir y hacer crecer empresas desde el mundo corporativo. Su vida transcurría entre negocios, estrategias y proyectos empresariales, hasta que una situación familiar la llevó, casi sin proponérselo, por un camino completamente distinto: el de las plantas, los aceites esenciales y la agricultura. El punto de partida fue su hija Gabriela. Después de la pandemia, la menor atravesó un periodo complejo relacionado con síntomas respiratorios, alergias y ansiedad. En medio de esa situación, Boada comenzó a buscar alternativas que pudieran acompañar el proceso, sin dejar de lado la atención médica. Una amiga le recomendó probar aceite de lavanda. Boada, que hasta entonces tenía poco conocimiento sobre este tipo de productos, consiguió un difusor y comenzó a utilizarlo en casa. La experiencia despertó su curiosidad y la llevó a investigar sobre los aceites esenciales, sus características y las plantas de las que provenían. 'Yo no sabía que era ansiedad hasta que lo viví a través de ella', cuenta Boada al recordar aquellos años. Su hija también tuvo un papel determinante en lo que vendría después. En una conversación, le propuso crear una marca de aceites esenciales que pudiera llegar a otras familias. Aquella idea, que inicialmente quedó en segundo plano mientras Boada intentaba resolver las dificultades de su vida cotidiana, terminaría convirtiéndose en el origen de un proyecto empresarial. Boada empezó a preguntarse qué ocurría con los aceites esenciales en Colombia. Su búsqueda la llevó a conversar con diferentes sectores de la industria y a descubrir que el país tenía una participación limitada en la producción de estos productos. En ese recorrido llegó a la Universidad Industrial de Santander (UIS), donde conoció el trabajo de la científica Elena Stashenko y el Centro Nacional de Investigaciones para la Agroindustrialización de Especies Vegetales Aromáticas Medicinales Tropicales. La experiencia le permitió acercarse al estudio de los aceites desde una perspectiva científica y agrícola, más allá de los usos comerciales que había conocido inicialmente. A partir de entonces comenzó un largo proceso de ensayo y error. Buscó productores de plantas aromáticas, investigó qué ocurría con los excedentes que no podían ser destinados a la exportación y comenzó a trabajar con materias primas como romero, menta, albahaca y laurel. También llegaron los primeros experimentos de destilación. El primer equipo que utilizó fue un pequeño destilador que consiguió prestado. Con él comenzó a hacer pruebas que posteriormente fueron analizadas mediante estudios de laboratorio. El proceso no fue inmediato. Boada encontró dificultades para conseguir materias primas, producir aceites a escala y encontrar un mercado dispuesto a pagar por productos nacionales que buscaban mantener altos estándares de pureza. El proyecto, además, perdió en el camino a algunos de los aliados con los que había comenzado. Cada salida significaba volver a empezar. 'Por muchos años le entregué la credibilidad de mi proyecto a otras personas. Yo quería enamorar a todo el mundo que viniera y me ayudara, quería que creyeran en mi proyecto', recuerda. Con el tiempo, esas experiencias también cambiaron su manera de entender el emprendimiento. En medio de las dificultades, Boada encontró una oportunidad en la lavanda. Investigó sobre el cultivo y descubrió que la variedad Lavandula angustifolia, utilizada en diferentes productos de bienestar, no tenía una producción consolidada en Colombia. Decidió entonces traer semillas desde Estados Unidos y comenzar un proceso de adaptación del cultivo. La primera plantación no llegó de inmediato. Pasaron cerca de dos años entre la adquisición de las semillas y la posibilidad de establecer el cultivo, en un proceso marcado por pruebas para conseguir que la planta pudiera adaptarse a las condiciones locales. Mientras tanto, Boada continuaba trabajando en el mundo corporativo. En paralelo, empezó a transformar parte de las plantas que cultivaba. Lo que inicialmente había pensado como un proyecto centrado en aceites esenciales se amplió hacia infusiones, sales, exfoliantes y otros productos elaborados a partir de materias primas botánicas. Llegó a desarrollar cerca de 45 productos diferentes. Pero el verdadero cambio llegó cuando empezó a analizar el negocio desde otra perspectiva. Una empresa le compraba cinco kilos de lavanda al mes como materia prima para sus infusiones. Boada comenzó a calcular cuánto representaba esa cantidad dentro del producto final y entendió que existía una oportunidad para desarrollar directamente productos destinados al consumidor. 'Me puse a sacar costos por encima y dije: yo estoy dejando un montón de plata por el camino', cuenta. Ese ejercicio terminó llevándola a estructurar un portafolio mucho más pequeño y concreto. De decenas de productos pasó a concentrarse en 13. Entre finales de 2025 y comienzos de 2026, Boada comenzó a estructurar formalmente la empresa. Diseñó la marca, revisó las fórmulas, construyó un modelo financiero y empezó a organizar el proyecto como un negocio. Así nació Papiro Salud Botánica, una marca que actualmente trabaja con productos derivados de plantas aromáticas y que mantiene como uno de sus ejes la producción y transformación de materias primas. Su portafolio incluye aceites esenciales, sales de lavanda, vinagre de lavanda, un repelente natural, un exfoliante, tres referencias de roll-on, miel y una línea de infusiones que, según Boada, se ha convertido en uno de los productos con mayor movimiento. La empresa también busca avanzar hacia un modelo de producción circular. En el cultivo, Boada ha trabajado en el desarrollo de bioinsumos a partir de materiales provenientes del propio ecosistema. La idea es reducir la dependencia de productos químicos y aprovechar elementos que de otra manera serían descartados. Es un proyecto que todavía se encuentra en proceso de investigación y desarrollo, con pruebas de laboratorio encaminadas a determinar su viabilidad comercial. Actualmente, la marca avanza además en su proceso de formalización y comercialización. Boada señala que sus productos ya cuentan con registro sanitario del Invima cuando corresponde y que trabaja para ampliar su presencia en canales de comercio electrónico y tiendas de retail. También adelanta acercamientos comerciales con mercados como Chile y México. La historia de Papiro no se construyó de manera lineal. Antes de llegar a la empresa que hoy dirige, Boada tuvo que atravesar varios momentos en los que el proyecto estuvo cerca de detenerse. Socios que se retiraron, investigaciones que no pudieron continuar, dificultades para conseguir financiación y años de trabajo mientras mantenía su actividad corporativa hicieron parte del proceso. Durante mucho tiempo, incluso ella misma dudó de que el proyecto pudiera funcionar. Sin embargo, hubo algo que permaneció: la curiosidad. 'Creo que para uno emprender y para uno ser empresario nunca debe perder la curiosidad. Siempre que dé curiosidad, va a haber manera de salir de la situación, del problema, del inconveniente', afirma. Esa mirada también modificó su relación con los fracasos. Lo que en su momento interpretó como una pérdida terminó siendo, con los años, una forma de redefinir el proyecto. Desde marzo de este año, Boada está dedicada completamente a Papiro. Su objetivo ya no es solamente vender aceites esenciales. La apuesta es construir una marca alrededor del conocimiento de las plantas, recuperar saberes relacionados con sus usos tradicionales y desarrollar productos que puedan incorporarse a las rutinas de bienestar de las personas. Eso sí, Boada hace una precisión que considera fundamental: su propuesta no pretende reemplazar la medicina ni los tratamientos indicados por profesionales de la salud. 'Esto acompaña los temas de salud, más no los quita', explica. Para ella, recuperar el conocimiento sobre las plantas también significa volver a prácticas que durante generaciones hicieron parte de la vida cotidiana: las infusiones, las plantas aromáticas y otras formas tradicionales de aprovechar los recursos naturales. Entre los planes que Boada tiene para el futuro está abrir una tienda física. Pero no imagina un establecimiento convencional. Su sueño es crear una especie de botica contemporánea en la que las personas puedan encontrar productos terminados, pero también aceites esenciales y materias primas con las que puedan elaborar sus propias mezclas según sus necesidades. 'Me sueño una botica, volver a lo básico y a lo esencial', dice. Por ahora, Papiro continúa creciendo mientras busca consolidar su operación y ampliar su presencia dentro y fuera de Colombia. La historia de Boada, sin embargo, comenzó mucho antes de que existiera una marca, un cultivo o un portafolio de productos. Comenzó con una pregunta que nació en su propia casa y con una hija que le propuso mirar hacia las plantas. Años después, aquella pregunta se convirtió en una empresa. Y en el camino, Mónica Boada pasó de dirigir negocios desde una oficina a aprender sobre cultivos, semillas, destilación, infusiones y bioinsumos. Un cambio que resume su propia manera de entender el emprendimiento: insistir, aprender de los tropiezos y seguir buscando cuando todavía no existe una respuesta. 'Me tocó golpear miles de puertas para vender software de tecnología a personas que no conocía hasta que por fin lo lograba. Como no voy a golpear millones de puertas para vender mis propios productos?', concluye. Hoy, Papiro representa para Boada mucho más que un emprendimiento. Es el resultado de un proceso que comenzó con una preocupación familiar y que terminó llevándola a terrenos que nunca había imaginado explorar. Mientras la marca busca consolidarse en Colombia y abrirse paso en otros mercados, la emprendedora mantiene una idea que ha acompañado todo el camino: que cada tropiezo puede ser también una oportunidad para volver a empezar, aprender y encontrar un nuevo camino. LAURA DANIELA GUZMÁN IG: daanielaguzman__
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