7 de septiembre de 2026
Miles de niños en Catalunya se enfrentarán mañana a la vuelta al colegio después de semanas de vacaciones. Después de varios meses sin horarios, deberes y clases, los menores empiezan un nuevo curso, con las responsabilidades y retos que eso conlleva. Para algunos, este retorno a la rutina puede generar nervios, dificultades para dormir, irritabilidad o incluso molestias físicas. Pero, ¿cómo saber cuándo se trata de una reacción normal ante el cambio de rutina y cuándo hay que prestar más atención?
'Volver a poner en marcha toda la maquinaria familiar cuesta y puede generar incertidumbre', afirma Inma Parellada, psicóloga especializada en infancia y adolescencia y madre de cuatro hijos. Además, la especialista, que ha fundado su propio centro de psicología, señala en esta entrevista a La Vanguardia que la forma en que los padres afrontan estos días también puede influir en cómo los viven sus hijos. No se trata de evitar que sientan cualquier nervio, sino de ayudarles a asumir y adaptarse al cambio.
¿Por qué la vuelta al colegio puede generar ansiedad en algunos niños?
Quiero pensar que la mayoría de las familias han mantenido durante el verano cierto nivel de horarios y obligaciones, pero es evidente que las dinámicas cambian durante las vacaciones. Hay una mayor flexibilidad, más tiempo libre y, generalmente, menos exigencias. El retorno al colegio supone recuperar horarios, obligaciones y exigencias académicas. También debemos recordar que no solo regresan a la rutina académica, sino también a la social. Este aspecto cobra una importancia especial al inicio de la preadolescencia, cuando el grupo de iguales y el sentimiento de pertenencia ocupan un lugar cada vez más relevante. Por eso es completamente normal que, al acercarse septiembre, aparezcan ciertos nervios, no solo en menores, sino también en los padres.
¿Cómo podemos distinguir los nervios normales ante la vuelta a la rutina de una ansiedad más fuerte?
La clave está en valorar tres aspectos: la intensidad de los síntomas, cuánto duran y hasta qué punto interfieren en la vida cotidiana del niño o del adolescente. Es normal que durante los días previos estén algo más inquietos, hagan preguntas repetidas sobre el primer día, duerman peor o digan que no quieren volver. Generalmente, estas manifestaciones disminuyen cuando empieza el colegio y recuperan la rutina y la sensación de control. Deberíamos prestar más atención si el malestar es muy intenso, aparecen crisis de desasosiego, vómitos u otras molestias físicas persistentes.
La clave está en valorar tres aspectos: la intensidad de los síntomas, cuánto duran y hasta qué punto interfieren en la vida cotidiana del niño
Otro indicativo es que haya una negativa reiterada a acudir al colegio o el miedo les impide dormir, comer, separarse de sus padres o realizar sus actividades habituales. También debemos observar cambios significativos en su conducta. Muchas veces no expresan su malestar diciendo 'estoy preocupado', sino a través del cuerpo o de cambios en su comportamiento, como con irritabilidad, enfados, llanto, regresiones o una mayor necesidad de permanecer cerca de sus padres. Si el malestar no disminuye, aumenta o empieza a limitar significativamente su vida, conviene hablar con el centro educativo y consultar con un profesional.
¿Los síntomas son iguales en la adolescencia?
Puede resultar menos evidente. Es posible que no quieran hablar de lo que les ocurre o que incluso les cueste identificarlo. A veces se manifiesta mediante irritabilidad, respuestas desproporcionadas, aislamiento, apatía, dificultades para dormir, cambios en el apetito o un aumento del uso del móvil y de las pantallas como forma de evasión. Pueden seguir apareciendo dolores de cabeza o de barriga, falta de concentración, bloqueo ante las tareas, preocupación excesiva por el rendimiento académico o rechazo a participar en actividades sociales. Eso sí, no debemos interpretar automáticamente cualquier cambio de humor como un cuadro de estrés severo, porque cierta irritabilidad también forma parte de la adolescencia. Lo importante es observar si existe un cambio respecto a su manera habitual de comportarse, si se mantiene en el tiempo y si afecta a su vida académica, familiar o social.
¿Influye la etapa que empiezan, un cambio de clase o de compañeros?
Sí, debemos tener en cuenta la etapa educativa en la que se encuentra cada estudiante, porque algunas transiciones implican cambios especialmente importantes. El paso de Infantil a Primaria, por ejemplo, supone una transformación clara en las dinámicas, el espacio físico y el nivel de autonomía y exigencia. El cambio de Primaria a la ESO también representa una pequeña revolución, ya que cambia la manera de aprender, aumenta el número de profesores y el alumno debe asumir un papel mucho más activo en su organización. En Bachillerato, además, aparece con frecuencia la presión de saber que al final del camino habrá que tomar decisiones importantes y afrontar las pruebas de acceso a la universidad. Todos estos factores deben tenerse en cuenta para poder acompañar adecuadamente a nuestros hijos.
¿Hay niños más predispuestos que otros a vivir con ansiedad la vuelta al colegio?
Sí, puede resultar más difícil para aquellos con un temperamento más sensible o preocupado, con baja tolerancia a la incertidumbre, dificultades para adaptarse a los cambios, problemas de aprendizaje, TDAH, autismo o experiencias escolares negativas anteriores. Sin embargo, cada niño es diferente. Por eso, lo más importante es conocer bien a nuestros hijos y tratar de anticipar cómo pueden sentirse ante el inicio del curso.
¿Esta ansiedad puede durar más allá de los días previos o de la primera semana?
Sí, puede prolongarse durante las primeras semanas, especialmente cuando hay un cambio de colegio, de compañeros o de etapa. Cada menor tiene su propio ritmo de adaptación y no debemos esperar que todos se sientan cómodos desde el primer día. Por ejemplo, en el caso de los niños que empiezan educación infantil, es normal que lloren en la despedida días o semanas y eso no debe preocuparnos. No podemos transmitir a nuestro hijo ansiedad antes de dejarle porque eso sí que le provoca más sentimiento de inseguridad.
¿Cuál es la mejor forma de gestionar estos cambios?
Los niños los manejan mejor cuando pueden anticiparlos. En realidad, esto no solo les ocurre a ellos; todas las personas nos sentimos más inseguras ante aquello que desconocemos. Por tanto, se trata de ofrecerles información concreta y adecuada a su edad para que puedan entender qué va a suceder y ganar seguridad. Por ejemplo, ayuda preparar juntos la mochila, el material o el uniforme, mirar el horario, recordar a qué hora entrará y explicarle quién lo acompañará o lo recogerá.
Cada menor tiene su propio ritmo de adaptación y no debemos esperar que todos se sientan cómodos desde el primer día
Estas acciones aparentemente pequeñas aumentan su sensación de control. Preparar no significa alimentar la angustia, sino convertir algo incierto en algo más predecible. Eso sí, aunque es positivo hablar del colegio, no hay que convertirlo en el único tema de conversación ni preguntar continuamente si está nervioso. También, como padres, es importante no minimizar estas preocupaciones, pero tampoco dramatizar, es decir, es una oportunidad maravillosa para acompañar a nuestros hijos y enseñarles a desarrollar capacidad de adaptación.
Entonces, ¿volver a la rutina los días previos al inicio del colegio puede ser útil?
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Yo recomiendo que puedan seguir disfrutando de las vacaciones y en familia el máximo que se pueda. A pesar de ello, hay que intentar recuperar gradualmente los horarios. No podemos pretender que un chico que lleva semanas acostándose tarde se duerma de repente a las nueve y media porque al día siguiente empieza el colegio. Es mejor adelantar progresivamente la hora de dormir, de levantarse y de las comidas durante los días anteriores. Pero sin agobiarnos especialmente. La adaptación emocional empieza también por el cuerpo: un alumno cansado tiene menos recursos para gestionar la frustración, los nervios y las exigencias del primer día.
¿Esto cambia si nuestro hijo tiene necesidades educativas especiales o dificultades específicas?
Cuando sabemos esto, es importante coordinarnos previamente con el colegio y pedir su colaboración para preparar la incorporación. En algunos casos muy concretos, puede ser una buena estrategia que nuestro hijo visite el centro antes de empezar, conozca a su nuevo tutor o vea cuál será su aula. Anticipar estos elementos puede reducir considerablemente la incertidumbre y ayudarlo a iniciar el curso con mayor seguridad. No obstante, estas medidas deben reservarse para aquellos casos en los que realmente exista una dificultad de adaptación o una necesidad concreta.
Por lo tanto, el colegio y la familia tienen que ser un equipo.
Sí. Los padres deben confiar en el colegio y deben transmitir esa confianza a los hijos. Confiar en el colegio implica confiar en los profesores, en sus decisiones y su forma de hacer. Si estamos cuestionando todo el rato su proceder, eso los alumnos lo perciben y se traduce en una gran inseguridad en algunos casos y problemas de conducta en otros. Así, debemos transmitir que el colegio y la etapa escolar forman parte de la evolución natural de su crecimiento, sin estigmatizar lo que en realidad es un regalo: el derecho y el acceso a la educación. En otros países no todos los niños tienen este privilegio.
Por lo que dices, los padres tienen un papel esencial en esta regulación, ¿no?
Claro. Los padres solemos saber qué situaciones les generan mayor inseguridad, qué cambios les cuestan especialmente o qué recursos les ayudan a recuperar la calma. Ese conocimiento debe servirnos para acompañarlos de una manera ajustada, sin minimizar sus preocupaciones, pero tampoco aumentando innecesariamente su miedo. Conviene ofrecer información concreta y evitar las anticipaciones negativas. Frases adultas como 'ahora en la ESO ya verás', 'este año se acabó lo bueno' o 'vas a tener que ponerte las pilas' pueden transformar una transición normal en una amenaza antes incluso de que el curso haya comenzado.
¿Hasta qué punto los padres podemos transmitirles nuestros nervios?
Los niños captan mucho más de lo que los adultos creemos. Nuestro tono, nuestras conversaciones, nuestros gestos y la manera en que hablamos del nuevo curso. Si nos mostramos excesivamente preocupados, hacemos muchas advertencias o presentamos septiembre como un momento decisivo, pueden interpretar que realmente hay algo que temer. Muchas veces transmitimos sin querer que deben empezar bien: 'Este año tienes que organizarte', 'tienes que sacar mejores notas' o 'ya eres mayor y debes ser más responsable'. El niño puede comenzar el curso sintiendo que tiene que demostrar algo antes incluso de haber empezado. En lugar de eso, propongo un seguimiento más cercano, un acompañamiento, saber lo que han hecho, cómo se lo han pasado, con quién han estado, qué asignaturas les han gustado más… Las expectativas deben ajustarse al niño real, con sus capacidades, dificultades y ritmo de maduración, no al alumno que los adultos desearíamos que fuera.
Los niños captan mucho más de lo que los adultos creemos. Nuestro tono, nuestras conversaciones, nuestros gestos y la manera en que hablamos del nuevo curso
¿Hasta qué punto, en nuestro intento de evitar que nuestros hijos sufran, podemos estar haciendo justo lo contrario y dificultando que aprendan a gestionar la incertidumbre?
En ocasiones intentamos evitar cualquier malestar a nuestros hijos y, aunque lo hacemos con la mejor intención, podemos transmitirles indirectamente que no confiamos en su capacidad para afrontar las dificultades. No tenemos que eliminar toda la tensión de nuestros hijos, sino proporcionarles la seguridad y las herramientas necesarias para sobrellevarla y avanzar. El objetivo no debería ser conseguir que un menor nunca sienta nervios, sino ayudarlo a comprobar que puede sentirlos y, aun así, afrontar la situación.
¿Crees que hoy los niños viven la vuelta al colegio con más ansiedad que hace unos años?
No sé si podemos afirmar de manera general que todos viven ahora la vuelta al colegio con más ansiedad. También ocurre que las familias y los colegios reconocen y expresan mejor el malestar emocional que hace unos años. Sin embargo, sí observamos algunos factores que pueden aumentar la presión.
¿Cómo cuáles?
Hay una mayor exigencia académica y social, más comparación entre iguales, una agenda frecuentemente sobrecargada y una menor tolerancia al aburrimiento, a la espera y a la frustración. Las redes sociales también hacen que determinados conflictos o comparaciones no terminen al salir del colegio, sino que continúen en casa. A esto se suma que los adultos podemos transmitir una preocupación excesiva por el rendimiento, la adaptación social o el futuro.
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