El poeta trovador Silvio Rodríguez, y su inseparable guitarra, estimulan la urgencia del sentimiento que debe cultivarse en el mundo saturado de violencias y muerte
Fotos. / Yasset Llerena
Al verlo en el escenario, incluso sin escucharlo, alerta hacer memoria. Sin que nos lleguen los audios del sonido, vuelven con él textos y músicas, y los tarareamos bajito. Estimulan sensaciones de larga data arraigadas en el poeta trovador. La confesó hace años en La canción de la trova (1966): 'Pues siempre que se cante con el corazón /habrá un sentido atento para la emoción de ver / que la guitarra es la guitarra sin envejecer'
Silvio Rodríguez cultiva la herencia de la trova cubana. Fiel a ese legado lo asume en Cuba y el mundo. Es un acto de fe. Lo protagonizan el artista y el amor, sentimiento inmanente de su obra. Ambos impresionan desde fecha temprana, acunan la inspiración motriz y los propósitos revelados: 'Me interesa acercarme a los demás. Acercar los demás a mí. Esta necesidad crea nexos inevitables con generaciones. En su quehacer fluye el tiempo vinculado al amor. Es un arraigo de antaño. Quizás poco es recordada la hermosa pieza María (1967), en la que amansa los gozos inocentes de la adolescencia y la juventud: 'El tiempo pasará y no te importará seguir diciendo amor/frente al primer dolor/ pero los años van a desgarrarte a ti, como le pasó a él, como me pasa a mí'.
La madurez nutre la cultura enraizada. Son tantos sus hallazgos y búsquedas transformados en músicas de notable artisticidad. El arte deviene una dimensión social de largos caminos. Paulatinamente, redescubre las artes visuales y las incorpora a cada proceso creativo. Por ejemplo, poco evocada, o no tanto como lo merece, es su Óleo de mujer con sombrero (1970). Cálido y sensual entrega: 'Una mujer se ha perdido conocer el delirio y el polvo, se ha perdido esta bella locura, su breve cintura debajo de mí. Se ha perdido mi forma de amar, se ha perdido mi huella en su mar'.
La palabra, para él, continúa siendo un arma poderosa, rica en ideas y pensamientos.
Otra visión del encuentro fortuito ofrece en Supón (1980). El mismo la llamó 'la canción del torpe':
'Supón que en un trabajo productivo/ te encuentro en tu pañuelo singular/ y luego de ese instante decisivo/ supón que no te dejo de mirar'.
Los relatos construidos por Silvio 'miran' en distintas direcciones. Ese afán no es producto del azar, sino de la constancia y del estudio estimulados por un lector voraz. Ve lo que escapa a las 'miradas' comunes: en esa precepción aflora el detalle de lo cotidiano. Lo expresa de manera natural, incorpora la idea precisa plena de amor y la comparte ante grandes multitudes.
Ahora, las imágenes captadas por Yasset, durante un concierto en La Habana, muestran al poeta trovador mientras lee atento sus textos. Sin dudas, lo siente: la palabra es un arma de largo alcance. Nada sustituye verse cara a cara con sus públicos pendientes de temas conocidos. Inolvidable siempre vuelve al abrazo del encuentro Por quien merece amor (1981). Quién deja de suspirar mientras escucha: 'Te molesta mi amor/ mi amor de juventud/ y mi amor es un arte en virtud. Te molesta mi amor/ mi amor sin antifaz, y mi amor es un arte de paz'.
Este breve periplo al hacer memoria valida la estética del artista esperado en el mundo. ¿Por qué sigue convocando a la juventud? El bien humanista del amor emana de un discurrir atento a la sociedad. Lo interioriza y, a punto de cumplir 80 años en noviembre, transmite valores sin retóricas ni didácticas. En cualquier escenario da fe de su legítimo trovar. Lo ha reconocido sin ambages: 'La canción no debe dejar de ser audaz, profunda, sincera. Como todo arte debe proporcionar disfrute, goce, enriquecimiento. También diversión en el enorme cauce de las riquezas del espíritu. No hay nada más divertido que aprender'
Por eso da riendas sueltas a la curiosidad perenne y canta el amor sostenido en sueños, conflictos, desesperanzas y aspiraciones. En ese dar y recibir continúa siendo Silvio Rodríguez, el poeta trovador, pródigo en el amor.
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