Agricultura Mundial Enfrenta Seis Grandes Retos durante 2026 7 Sep. 2026
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Conflictos, cambio climático, envejecimiento del campo, desperdicio de alimentos y avances biotecnológicos marcan el rumbo del sector.
Redacción/CAMBIO 22
Aunque rara vez alcanza la primera plana en los periódicos y prácticamente nunca ha sido tendencia en redes sociales, la producción de alimentos es el epicentro de la seguridad nacional, la estabilidad política y la supervivencia ecológica de las naciones. Sin alimentos o con alimentos caros; ninguna sociedad sobrevive a largo plazo.
Para el año 2026, la columna más fuerte de la seguridad alimentaria, que es la agricultura; encara seis grandes desafíos que han sido descritos por científicos, organizaciones no gubernamentales y autoridades de los cinco continentes. Son retos que definirán el futuro de la humanidad:
1) Frenar el alza de precios por conflictos bélicos;
2) Incentivar el relevo generacional en un campo envejecido;
3) Reducir el exceso de nitrógeno en suelos y agua, así como recortar el uso de pesticidas;
4) Eliminar el desperdicio de comida,
5) Lograr una coexistencia entre la producción orgánica y la tradicional, y
6) Actualizar el marco regulatorio sobre biotecnología y transgénicos.
Este diagnóstico, fue difundido hace tres años, en septiembre de 2023 y sigue vigente. El análisis fue presentado durante un encuentro internacional celebrado en Berlín y organizado por el Ministerio Alemán de Asuntos Exteriores que reunió a especialistas y periodistas de 18 países, el Ministerio de Alimentación y Agricultura Germano (BMEL), la Sociedad Alemana de Cooperación Internacional (GIZ) y la organización Pan para el Mundo. Este reportero de La Jornada Morelos estuvo presente en ese encuentro.
Al arribar al año 2026, ninguno de esos seis nudos se ha desatado del todo y, por el contrario, se han amalgamado con nuevas presiones geopolíticas, tensiones comerciales transfronterizas y la intensificación irreversible de la crisis climática.
1. De las guerras a la fractura de mercados
En el inicio de esta década, la irrupción del conflicto entre Rusia y Ucrania alteró drásticamente el flujo de granos y fertilizantes procedentes de la cuenca del Mar Negro. En este 2026, las secuelas de la inestabilidad geopolítica no solo persisten, sino que se han extendido a nuevos conflictos armados que elevan el precio de los combustibles; sumados a la imposición de barreras comerciales y guerras arancelarias bilaterales entre países y bloques económicos.
El costo de producción agrícola se ha elevado. Aunque los precios internacionales del gas natural se han estabilizado de forma parcial en comparación con los picos de años anteriores, la producción de fertilizantes sintéticos derivados del nitrógeno registra precios muy elevados. A esto se suma la volatilidad en las cotizaciones del diésel y la energía eléctrica, indispensables para mover la maquinaria de arado y los sistemas de bombeo de agua en las zonas de riego. Aunque un campesino no está involucrado en las guerras, siente en su bolsillo los efectos.
Para el pequeño y mediano productor de regiones en desarrollo, la consecuencia inmediata es la reducción de su ganancia. Producir una tonelada de maíz, trigo o hortalizas cuesta hoy sustancialmente más que hace cinco años, pero el precio pagado en el mercado mayorista no compensa el alza de los insumos.
Hay disparidad entre los altos costos y la incertidumbre de los precios de venta. Esto obliga a muchos agricultores a endeudarse con casas comerciales de agroquímicos, acelerando la quiebra de unidades familiares de producción.
2. El envejecimiento del surco sin relevo
El segundo gran reto identificado por las instituciones académicas y gubernamentales internacionales es la falta de jóvenes dispuestos a dedicarse al trabajo agrícola. En 2026, este problema demográfico ha alcanzado niveles críticos. En América Latina, Norteamérica y el continente europeo, la edad promedio de las personas que poseen o gestionan unidades de producción agropecuaria supera ampliamente los 55 a 60 años.
Las razones del desinterés de las nuevas generaciones no responden a la falta de amor hacia la tierra, sino al estancamiento económico y social de las comunidades rurales. En la mayoría de los países del mundo, la rentabilidad del campo es baja; esto se une a la falta de cobertura de servicios básicos, la limitada conectividad digital en los campos agrícolas y la altísima exposición al riesgo climático. Todo junto convierte a la agricultura en una opción poco atractiva frente a la migración urbana o las opciones de trabajo informal en las ciudades. Cualquier puesto callejero ofrece más certeza de ingresos que una parcela campesina.
La irrupción de la agricultura con alta tecnología, que usa drones para monitoreo de plagas, sensores de humedad conectados a la Internet de las Cosas e Inteligencia Artificial para la predicción de cosechas, ha comenzado a atraer a un sector joven de técnicos y especialistas. Sin embargo, existe una brecha de acceso abismal: mientras la agricultura corporativa de gran escala automatiza sus procesos con estas tecnologías de vanguardia, la pequeña agricultura campesina carece del capital inicial y de la infraestructura de conectividad para adoptar tales herramientas, profundizando la brecha de productividad intergeneracional.
3. Nitrógeno y pesticidas
El impacto de la agricultura industrial sobre los ecosistemas ya no se puede negar. Las investigaciones del Ministerio Alemán de Alimentación y la GIZ han demostrado consistentemente que la aplicación desmedida de fertilizantes nitrogenados ha sobrepasado los límites planetarios de absorción del suelo, provocando la lixiviación de nitratos hacia las aguas subterráneas y la eutrofización de ríos y costas continentales.
A la par, la pérdida acelerada de insectos polinizadores, que es atribuida al uso intensivo de plaguicidas, amenaza directamente la reproducción del 75% de las especies de cultivos alimentarios a nivel mundial.
4. Cambio climático
En este 2026, la regulación internacional para restringir los insumos agroquímicos choca con la realidad del cambio climático. El aumento global de las temperaturas medias ha provocado olas de calor extremo durante las etapas críticas de floración y llenado de grano en cereales, el calor extremo aborta las cosechas antes de su maduración.
Otros dos efectos negativos del calor extremo han sido la alteración de patrones de lluvia, con inundaciones atípicas concentradas en pocas semanas se alternan con periodos prolongados de sequía severa en regiones tradicionalmente templadas. Así como el incremento de plagas ya que el aumento de temperaturas expande el rango geográfico de hongos, bacterias e insectos fitófagos hacia zonas de mayor altitud y latitud, obligando a los productores a decidir entre perder la cosecha o incrementar el uso de defensivos agrícolas.
5. Desperdicio de alimentos
Un dato que indigna y moviliza a la comunidad científica internacional es que, mientras más de 700 millones de personas sufren desnutrición en el mundo, cerca de un tercio de todos los alimentos producidos para consumo humano se pierde o desperdicia a lo largo de la cadena logística. En las naciones desarrolladas, el desperdicio ocurre principalmente en el punto de venta y en el plato del consumidor final; en los países en desarrollo, las pérdidas ocurren en la fase poscosecha debido a la falta de bodegas frías, caminos rurales deficientes y empaques inadecuados.
Ante la fragilidad de las cadenas globales de suministro evidenciada desde la pandemia y profundizada por las tensiones geopolíticas de esta década, en 2026 se impulsa la idea de establecer cadenas cortas de agroalimentación.
Como planteó el especialista Thomas Breuer durante las sesiones de análisis en Berlín, la producción alimentaria local no siempre resulta la más barata frente a la importación masiva de granos subsidiados por grandes potencias, pero sí es la única que ofrece garantías reales de soberanía, bioseguridad y resistencia ante contingencias globales.
Acercar el productor agrícola directamente al consumidor urbano reduce la huella de carbono asociada al transporte transcontinental, elimina intermediarios que encarecen el producto y garantiza alimentos de mayor frescura y calidad nutrimental.
6. Biotecnología y transgénicos
El debate entre la agricultura industrial intensiva y las corrientes orgánicas y agroecológicas ha entrado en una fase de redefinición en 2026. Tras décadas de disputa en torno a los Organismos Genéticamente Modificados (OGMs) o transgénicos tradicionales, la ciencia agrícola se enfoca hoy en las nuevas técnicas de edición genética, como el sistema CRISPR-Cas9.
A diferencia de los transgénicos de primera generación, la edición genómica permite realizar modificaciones precisas en el propio ADN de la planta sin introducir material genético foráneo, acelerando la obtención de variedades resistentes a la sequía, con mayor eficiencia en el uso del nitrógeno o con tolerancia a la salinidad del suelo.
Esta innovación reaviva la discusión ética, legal y económica sobre temas como las patentes y la independencia alimentaria futura de cada país. ¿Serán estas nuevas semillas una herramienta accesible para el campesinado mundial o quedarán concentradas en el portafolio de patentes de cuatro o cinco corporaciones transnacionales?
Como lo ha señalado la investigadora Cornelia Bernds, la meta no debe ser la erradicación violenta de un modelo sobre otro, sino construir un sistema híbrido donde la agricultura de conservación y los principios agroecológicos (que restauran la salud del suelo a través de compostas, coberturas vegetales y rotación de cultivos) utilicen el conocimiento biotecnológico para reducir la dependencia de insumos tóxicos.
Soberanía alimentaria con rostro humano
Cada 9 de septiembre se celebra el Día Internacional de la Agricultura, como aniversario de la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO por sus siglas en inglés). En este año 2026 la fecha sirve como invitación para superar los discursos románticos sobre el campo y asumir los desafíos técnicos, económicos y políticos que condicionan la producción de comida en el planeta.
La experiencia internacional demuestra que la alta eficiencia productiva de una nación no garantiza por sí sola la erradicación del hambre si no va acompañada de políticas de distribución justa, alimentos de calidad libres de contaminantes y la protección del ingreso de los agricultores.
Las soluciones no vendrán de la imposición de recetas neocoloniales ni de la fe ciega en paquetes tecnológicos estandarizados, sino del fortalecimiento de las capacidades locales, la inversión pública en infraestructura de riego sustentable y el reconocimiento de las comunidades rurales como las verdaderas guardianas de la biodiversidad y la vida.
En medio de las disputas comerciales y la presión del calentamiento global, colocar la producción agrícola al centro de las prioridades del desarrollo no es una opción técnica: es la única vía para asegurar que, en las décadas por venir, la humanidad mantenga la capacidad de alimentar a su población en un planeta en profunda transformación.
Morelos. Primer estado agroecológico en México Frente a la encrucijada global de insumos costosos y cambio climático, el estado de Morelos puso en marcha una estrategia inédita: convertirse en la primera entidad agroecológica de México, mediante una alianza entre sabiduría campesina e investigación científica de frontera. }
La secretaria de Desarrollo Agropecuario estatal, Margarita Galeana, ha explicado que un hito decisivo de este esfuerzo fue la entrega del primer Mapa de Fertilidad de Suelos a nivel estatal; elaborado en convenio con el Centro Internacional para el Mejoramiento del Maíz y el Trigo (CIMMYT).
Esta herramienta digital permite a los campesinos conocer la nutrición exacta de sus parcelas y reducir el uso innecesario de fertilizantes sintéticos. A la par, la estrategia se apoya en la UAEM, la UNAM, el IPN, el INIFAP y universidades tecnológicas para desarrollar bioinsumos, manejo de drones y bancos de germoplasma, así como el incremento presupuestal histórico impulsado por la gobernadora Margarita González Saravia, al elevar la inversión anual rural de 80 a 700 millones de pesos.
Fuente: La Jornada
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RHM/MA
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