Entre acantilados, viento y un Atlántico que se deja oír antes incluso de mostrarse a la vista, este enclave en la costa gallega preserva una belleza indómita
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En ciertos puntos de la costa gallega, el Atlántico aún marca sus propias reglas. A poca distancia del lugar que durante siglos se consideró el fin del mundo, surge una playa abierta al océano, alejada de la urbanización y rodeada por un escenario dominado por el viento, los acantilados y el constante rumor de las olas. Su estado salvaje lo convierte en uno de esos lugares de Finisterre especialmente valorados por quienes desean contemplar la costa gallega en un ambiente casi virgen.
Se trata de la playa de Mar de Fóra, en Fisterra (A Coruña), un arenal de cerca de 700 metros de longitud con arena fina, totalmente expuesto al mar abierto. Ubicada detrás del pueblo de Finisterre, se encuentra entre el cabo Fisterra y el cabo de A Nave, manteniendo un entorno aislado, sin desarrollos urbanísticos ni servicios. El acceso se realiza a través de una pasarela de madera que permite adentrarse en este paisaje de la Costa da Morte, donde el fuerte oleaje y el viento forman parte habitual de la vivencia. No es casualidad que se diga que las olas se escuchan mucho antes de ser vistas, un aspecto que obliga a extremar las precauciones al bañarse.
Una playa salvaje junto al Camino de los Faros
Más que un destino exclusivo para el baño, Mar de Fóra es un espacio para andar, admirar el paisaje y aproximarse a uno de los escenarios más emblemáticos del litoral coruñés. Las pasarelas conducen a un mirador ubicado al final del arenal, muy apreciado al atardecer, cuando el sol se oculta tras el Atlántico. La playa forma parte además del entorno del Camino de Fisterra-Muxía y aparece en la última etapa del Camiño dos Faros, un recorrido costero de aproximadamente 200 kilómetros entre Malpica y Finisterre que sigue antiguos senderos de pescadores.
Desde esta costa, el sendero sigue hacia otro de los grandes símbolos locales: el faro de Finisterre, erigido en 1853 a 138 metros sobre el nivel del mar. Antes de llegar, Mar de Fóra muestra una imagen bien distinta a la de playas urbanas: naturaleza abierta, arena fina, viento y un océano cuyo oleaje atrae también a los surfistas. Su ubicación, en una zona que durante siglos alimentó la idea de que más allá solo había mar, explica por qué esta playa salvaje sigue conservando una atmósfera profundamente ligada al paisaje, al Atlántico y al antiguo imaginario del fin del mundo.
En ciertos puntos de la costa gallega, el Atlántico aún marca sus propias reglas. A poca distancia del lugar que durante siglos se consideró el fin del mundo, surge una playa abierta al océano, alejada de la urbanización y rodeada por un escenario dominado por el viento, los acantilados y el constante rumor de las olas. Su estado salvaje lo convierte en uno de esos lugares de Finisterre especialmente valorados por quienes desean contemplar la costa gallega en un ambiente casi virgen.
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