Si un cacereño no ha probado el cocido de los Burgos, no ha probado el mejor cocido de Cáceres. Cada 8 de septiembre, el Día de Extremadura se celebra desde hace décadas en San Francisco, barrio castizo donde los haya con este plato que sirve, a la vez, para despedir las fiestas de esta zona de Cáceres situada a los pies del puente de San Francisco. El suculento menú es obra de Juan Juan Burgos y de su hijo Juan Francisco. "A las cuatro de la tarde del lunes comenzamos a preparar los ingredientes y a poner en marcha unos calderos que siguen trabajando entrada la noche. A las once siguen cociendo los garbanzos, la ternera", explica Burgos, satisfecho, como si el tiempo, después de tantos años, no hubiera pasado.
Detrás, un trabajo de muchas horas. "Separamos las bandejas, incorporamos la patata, la hierbabuena..." y así se da a luz a este delicioso cocido que reúne a cientos de personas en la popular plazuela de San Francisco, donde no faltan caras conocidas de la política municipal como la concejala de Participación Ciudadana, Jacobi Ceballos, del PP, la portavoz del PSOE Belén Fernández (feliz tras su anuncio para repetir como candidata a las elecciones municipales) y ediles como David Holguín, Beatriz Cercas, Andrés Licerán, Jorge Villar o Alberto Serna.
Nada menos que 25 kilos de garbanzos. A ellos se suman pollo, ternera, chorizo, morcilla, tocino, patatas y el resto de ingredientes necesarios para que, llegado el mediodía, haya comida para unas 300 personas. No hay mantel de restaurante ni carta. Hay vecinos. Un plato caliente, pan y un cocido preparado para quienes forman parte de la asociación y para quienes simplemente se acercan. "Esto es una labor que hacemos todos los años para los socios y no socios, para Cáceres en sí", resume Burgos. "El vecino aquí tiene su platito, su pan, su choricito, su tocinillo".
Unas 300 personas alrededor del cocido
La escena se repite cada septiembre y funciona también como punto final de las fiestas vecinales. Durante cuatro días, San Francisco celebra sus festejos y reserva para la última jornada, coincidiendo con el Día de Extremadura, una de sus costumbres más reconocibles: sentar al barrio alrededor de la comida.
Benjamín Manuel Lava Calderón, presidente de la Asociación de Vecinos Puentes de San Francisco, calcula que el cocido se prepara para unas 300 personas. No duda al hablar de él. Es, sostiene entre risas, "el mejor cocido de Cáceres".
A las cuatro de la tarde del lunes, Juan Burgos y su hijo Juan Francisco empezaron con los preparativos. Veinticinco kilos de garbanzos y muchas horas después, San Francisco volvía a sentarse alrededor del cocido con el que despide sus fiestas
Y no es para menos. Dos generaciones cocinando juntas. En San Francisco, el apellido Burgos lleva décadas unido a la historia del entorno. Antes del cocido, antes de los grandes calderos y antes incluso de buena parte del barrio que hoy se conoce, hubo otro Burgos observándolo todo a través de una cámara fotográfica.
Era Andrés Burgos, padre de Juan y abuelo de Juan Francisco. Nació en 1907 y siendo todavía muy joven desarrolló una afición por la fotografía que acabaría convirtiéndose en oficio. Su padre buscó para él un lugar como aprendiz en el estudio que Javier García Téllez, uno de los fotógrafos más conocidos del Cáceres de entonces, tenía en la calle Pintores.
En los años veinte, Andrés ya trabajaba junto a García Téllez. Después desarrollaría una larga carrera como fotógrafo, vinculada también a EL PERIÓDICO EXTREMADURA y al diario Marca. Fotografió toros, fútbol, inauguraciones, visitas de personalidades y escenas de una ciudad que todavía tenía dimensiones y ritmos muy diferentes a los actuales.
Los Burgos y aquel San Francisco
Andrés Burgos se casó con Leandra Álvarez y tuvo seis hijos: Cecilio, Luis, Antonio, Eloy, Juan y Julia. La familia vivió primero en la calle Hornillo y después se trasladó a San Ildefonso, junto a Las Candelas, en un entorno inseparable del viejo San Francisco.
En la imagen, Juan Burgos. / Miguel Ángel Muñoz
Era otro Cáceres. Los niños jugaban a los bolindres y a la billorda y el puente de San Francisco era mucho más que un elemento urbano. A su alrededor estaban los pilares, el Fielato, las pequeñas tiendas, las fábricas y un tránsito continuo de carros, autobuses, trabajadores y vecinos. Los muchachos improvisaban allí campos de fútbol y las familias paseaban al caer la tarde.
Había fábricas de harina, de aceite, carbonerías, pequeños comercios y corralones. Cuando terminaba el trabajo en el Herradero de la calle Hernández Pacheco, los jóvenes pedían el espacio para organizar bailes. El señor Manolo, un vendedor de la ONCE que había perdido la vista, tocaba el acordeón para amenizar aquellas reuniones.
Las historias familiares se mezclaban inevitablemente con las del barrio. En Navidad, por ejemplo, los Burgos compartían mesa con algunas familias gitanas que vivían en los alrededores de San Ildefonso. Unos preparaban una liebre; otros, el gallo que habían criado durante el año. El día terminaba compartiendo comida.
Décadas después, otro plato vuelve a cumplir una función parecida.
De las fotografías de Andrés a los platos de Juan
Andrés revelaba parte de sus fotografías en casa. Con ayuda de sus hijos secaba las copias junto al brasero antes de llevarlas a la redacción del periódico. También fotografiaba a los cacereños que necesitaban una imagen para el antiguo carnet de identidad: colocaba un atril, una tela como fondo y utilizaba alguna de las varias cámaras que guardaba en su vivienda.
Su hijo Juan creció en ese ambiente. Estudió en la Universidad Laboral de Sevilla y, al regresar a Cáceres, comenzó a trabajar en el servicio Seat que gestionaban los Mirat en Gómez Becerra. Muchos años después, su nombre vuelve a estar ligado al barrio por algo mucho más cotidiano: un cocido popular.
Vecinos disfrutando de la fiesta. / Miguel Ángel Muñoz Rubio
La cámara de Andrés y el cucharón de Juan pertenecen a mundos diferentes, pero comparten algo difícil de medir. Los dos cuentan, a su manera, la vida de un barrio. Uno la fue dejando fijada en imágenes. El otro contribuye ahora a mantener una tradición que necesita personas dispuestas a invertir horas para que no desaparezca.
Y Juan Francisco representa el siguiente paso. Ya no es solo el hijo que ayuda a su padre, sino quien asume buena parte de la elaboración y recibe una receta que, como tantas costumbres vecinales, difícilmente sobreviviría si cada generación no se la entregara a la siguiente.
La fiesta termina, las necesidades permanecen
El ambiente festivo no impide que la asociación vecinal recuerde que San Francisco también tiene asuntos pendientes. Benjamín Manuel Lava señala entre las necesidades del barrio el repintado de calles y algunas actuaciones sobre el arbolado. "Muchas", responde cuando se le pregunta directamente qué mejoras necesita San Francisco, aunque reconoce que algunas intervenciones se van realizando poco a poco.
Las fiestas proporcionan durante cuatro días otra imagen del barrio. Reúnen a vecinos que llevan décadas allí, a familias que regresan para las celebraciones y a quienes se acercan desde otras zonas de Cáceres. El cocido es la mesa común. No falta la música ni una barra para las bebidas. El año que viene, más.
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