El Hombre que Tapó el Pozo 8 Sep. 2026
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Verónica Malo Guzmán / CAMBIO 22
Octavio Romero Oropeza encontró finalmente un hoyo que sí supo cerrar: el de su declaración patrimonial. Después de seis años al frente de Pemex, donde los agujeros se multiplicaron con admirable disciplina, llegó al Infonavit y pidió que sus bienes, ingresos, cuentas, vehículos, inversiones, joyas, obras de arte y hasta su sueldo quedaran lejos del escrutinio público. El Comité de Transparencia de la 4T, siempre dispuesto a transparentar la obediencia, aceptó.
No sé qué esconde Romero Oropeza. Tal vez nada… Precisamente para no tener que adivinar se inventaron las declaraciones patrimoniales. En 2024, la última vez que permitió mirarlas, reportó 3.2 millones de pesos de salario, otros 846 mil 828 pesos por actividades empresariales, una casa, departamentos, terrenos e inversiones. Ahora no podemos saber qué conserva, qué vendió, qué nuevo adquirió ni cuánto gana. La austeridad republicana también tiene menaje de casa, pero esta se cubre con una sábana.
La reserva posee, además, dos exquisitas sincronías. El 4 de agosto, Claudia Sheinbaum firmó un decreto para transparentar la información del gobierno federal. Romero Oropeza había solicitado ocultar la suya y el Infonavit decidió mantenerla bajo llave. Así funciona la transparencia en la 4T: la presidenta abre las ventanas mientras sus funcionarios bajan las persianas.
El patrimonio privado de Oropeza quedó oculto; su patrimonio público, por desgracia, está a la vista de todos. Se llama la quiebra de Pemex.
Al finalizar 2024, último año de la gestión que él encabezó, la petrolera reportó una pérdida auditada de 780 mil 587 millones de pesos.
Primero había informado una pérdida de 620 mil millones; después aparecieron otros 160 mil millones en el sótano de la contabilidad. Vaya, hasta el quebranto tenía quebranto. La empresa que prometía extraer petróleo consiguió algo más novedoso: extraer pérdidas de pérdidas ya de por sí declaradas.
La cifra tiene una simetría casi literaria: aquellos 780 mil millones equivalían aproximadamente a TODO el Fondo de Vivienda acumulado entonces por el Infonavit. El hombre bajo cuya dirección Pemex perdió en un solo año una cantidad semejante al ahorro habitacional de millones de trabajadores no fue enviado a su casa. Fue enviado, justamente, a administrar 'la casa de los trabajadores'. En la 4T el fracaso no se sanciona: se muda de oficina.
Y Pemex no cayó por falta de auxilio. Entre 2019 y 2026, según el cálculo de Gabriela Siller con información financiera de la propia empresa, recibió apoyos efectivos y verificables por 2.043 billones de pesos. Si se incorpora la renta petrolera que el Estado dejó de captar mediante la reducción de la carga fiscal, el respaldo asciende a 2.75 billones. No fue un salvavidas: fue el trasplante del océano entero.
A cambio, Pemex terminó el sexenio anterior en quiebra técnica, con pasivos superiores al valor de sus activos, producción menguante, refinerías que pierden al transformar crudo y proveedores convertidos en prestamistas involuntarios. Al 30 de junio de 2026 todavía les debía 374 mil 334 millones de pesos, aunque Sheinbaum aseguró que ya se había pagado 95% de los adeudos. Parte de lo pendiente tampoco se pagó: se empujó hasta 2033 y se le cambió el nombre… Por lo visto, en Palacio Nacional, si una deuda cambia de cajón, deja de existir.
Mientras ese incendio consume dinero presente, la presidenta prefirió señalar las cenizas de hace treinta años, de allí que al principio de esta columna yo hablara de una segunda sincronía. Ella aseguró que el Fobaproa es una deuda 'impagable' que 'nunca se va a acabar de pagar'. La primera palabra es falsa; la segunda, una profecía que ella misma podría encargarse de cumplir.
El Fobaproa fue costoso, opaco, corrupto en partes de su ejecución y moralmente indefendible en muchas de sus decisiones. No seré yo quien lo absuelva. Pero su deuda no es matemáticamente impagable ni crece por generación espontánea: tiene un saldo identificable, recibe cuotas de los bancos y recursos presupuestales, y se refinancia porque los sucesivos gobiernos han preferido administrar el pasivo en lugar de amortizarlo de golpe. Su peso pasó de 10.78% del PIB en 1999 a alrededor de 3% en 2024. Muy cara, sí. Eterna por naturaleza, no. Para nada.
El saldo actual del IPAB ronda 1.165 billones de pesos. Repito para entender la maniobra: Sheinbaum llama impagable a una deuda de 1.165 billones, mientras los gobiernos de la 4T han destinado más de dos billones a sostener a Pemex (casi el doble que lo de Fobaproa). No comparo aquí pesos de épocas distintas ni pretendo que ambos rescates sean contablemente idénticos; comparo la indignación selectiva. Para el pasado hay condena moral. Para el presente, 'transferencias'…
Y existe una diferencia que vuelve aún más incómodo el contraste. El Fobaproa evitó, con algunos abusos y beneficiarios injustificables, el colapso del sistema bancario y protegió los depósitos de millones de ahorradores. El rescate petrolero de la 4T ha protegido, ante todo, a un individuo —Romero Oropeza— y a una superstición ideológica: que una empresa es soberana aunque viva de dilapidar como nunca los impuestos de quienes asegura enriquecer.
Por eso Claudia necesita hablar del Fobaproa. No para explicarlo, sino para usarlo como cortina de humo sobre el 'Fobaproa bis' que su movimiento construye gota a gota, barril a barril, deuda sobre deuda. El truco consiste en denunciar que hace treinta años se privatizaron pérdidas mientras hoy se nacionaliza el fracaso.
Romero Oropeza hizo en pequeño lo mismo que el gobierno hace en grande: ocultó el balance que le incomoda y exhibió únicamente el que podía convertir en propaganda. Su patrimonio quedó protegido por la confidencialidad; el desastre de Pemex, por la amnesia. Pero Borges tenía razón: solo una cosa no hay. Es el olvido. Y la memoria volverá un día a cobrarles la deuda.
Giro de la Perinola
La declaración de Oropeza es confidencial, su sueldo invisible y su administración de Pemex incosteable. La 4T sí consiguió separar escrupulosamente lo público de lo privado: las pérdidas son públicas; el patrimonio, privado.
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GPC/RCM
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