La mediación penitenciaria: recuperar la palabra para reconstruir vidas

La mediación penitenciaria: recuperar la palabra para reconstruir vidas
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Category: Politics
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Desde la República Dominicana debemos comenzar a mirar la prisión no solamente como el lugar donde se cumple una condena, sino también como un espacio desde el cual puede reconstruirse ciudadanía. Esta reflexión trasciende nuestras fronteras. Las experiencias desarrolladas en Argentina, México e Italia demuestran que la mediación penitenciaria puede abrir caminos para humanizar la convivencia, prevenir la violencia y preparar a las personas privadas de libertad para su retorno a la convivencia pacífica dentro de la sociedad. Recientemente concluí la asignatura Derechos Humanos y Mediación, cursada en el marco del Doctorado en Negociación y Mediación del Instituto de Mediación de México, bajo la orientación académica del doctor Alejandro Nató. Esta experiencia representó para mí un recorrido de particular relevancia intelectual y humana. Más que incorporar nuevos conceptos, me llevó a revisar convicciones construidas durante años de ejercicio profesional vinculado con la justicia, la mediación, el Ministerio Público, la comunicación, la docencia y el servicio público. Una de las experiencias que más llamó mi atención fue 'Probemos Hablando', desarrollada en Argentina. Su premisa parece sencilla: recuperar el valor de la palabra dentro de espacios donde las relaciones humanas están marcadas por el encierro, las tensiones y los conflictos derivados de la convivencia forzada. La mediación introduce allí una posibilidad distinta. Mediante talleres de comunicación, negociación y resolución pacífica de conflictos, las personas privadas de libertad desarrollan capacidades para escuchar, reconocer al otro y gestionar diferencias sin recurrir inmediatamente a la violencia. Pero existe un elemento todavía más transformador: los internos pueden convertirse también en facilitadores del diálogo entre sus compañeros. Ya no son considerados exclusivamente receptores de una sanción, sino personas capaces de asumir responsabilidades y participar en la construcción de una convivencia diferente. De Argentina a Sonora: Esta idea adquirió para mí una dimensión concreta durante una experiencia vivida en México. Del 27 al 31 de octubre de 2025 participé en el XX Congreso Mundial y XXV Congreso Nacional de Mediación, celebrado en Hermosillo, Sonora, México. Allí, gracias al doctor Jorge Pesqueira Leal, tres doctorantes tuvimos la oportunidad de visitar un centro penitenciario. Entrar en una prisión después de estudiar durante años conceptos como dignidad, justicia, conflicto y reinserción produce inevitablemente otra mirada. La teoría adquiere rostro humano. La experiencia observada en Sonora me permitió posteriormente reflexionar sobre una concepción especialmente interesante: personas privadas de libertad que reciben formación para intervenir como facilitadores o mediadores entre pares. La idea cuestiona el paradigma exclusivamente punitivo. Quien cumple una condena también puede aprender, responsabilizarse, transformar su manera de relacionarse y contribuir a reducir la conflictividad violenta de su entorno. No pretendo comparar mecánicamente aquel contexto con el dominicano ni afirmar que un modelo extranjero pueda importarse sin considerar nuestras particularidades. Mi experiencia me condujo, más bien, a una pregunta: ¿por qué no estudiar seriamente estas prácticas para construir un modelo dominicano de mediación penitenciaria? Italia y una lección latinoamericana: Las experiencias estudiadas de Italia aportan otra dimensión al debate. La mediación y las prácticas restaurativas recuerdan que detrás del expediente penal existen personas, responsabilidades, daños y relaciones sociales que requieren respuestas que no siempre se agotan con la imposición de una pena. Argentina, Sonora e Italia poseen sistemas jurídicos, penitenciarios y realidades sociales diferentes. Precisamente por eso resultan valiosos para América Latina: no como modelos para copiar, sino como laboratorios de aprendizaje. La enseñanza común es poderosa: la dignidad humana no termina donde comienza la prisión. Una persona puede perder legítimamente su libertad como consecuencia de una sentencia, pero no pierde por ello su condición humana. Tampoco desaparece su capacidad de aprender, reconocer responsabilidades, dialogar y cambiar. Este principio conecta directamente con los derechos humanos y con el Objetivo de Desarrollo Sostenible 16 de la Agenda 2030, orientado hacia sociedades pacíficas, justas e inclusivas. Si hablamos de inclusión y repetimos el compromiso de 'no dejar a nadie atrás', las personas privadas de libertad no pueden quedar fuera de esa aspiración. República Dominicana debe abrir el debate: Nuestro país ha avanzado en la transformación de su sistema penitenciario y posee experiencias en mediación, métodos alternativos de resolución de conflictos, atención psicosocial y reinserción. Sin embargo, debemos preguntarnos si ha llegado el momento de avanzar hacia programas estructurados de mediación penitenciaria entre pares, con formación especializada, protocolos claros y evaluación permanente. Podríamos comenzar con proyectos piloto en determinados centros, incorporando autoridades penitenciarias, universidades, mediadores, psicólogos, trabajadores sociales, juristas y organizaciones vinculadas a los derechos humanos. No todo conflicto puede ni debe ser mediado. La mediación penitenciaria exige voluntariedad, formación profesional, evaluación de riesgos y garantías contra la intimidación y la revictimización. Tampoco sustituye la autoridad legítima del Estado ni las responsabilidades propias del sistema de justicia. Pero entre imponer el silencio y permitir la violencia existe un territorio que las sociedades latinoamericanas todavía podemos explorar: enseñar a gestionar el conflicto mediante la palabra. Mi experiencia académica y aquella visita de octubre en Hermosillo terminaron reforzando una convicción que hoy considero esencial: la reinserción no comienza cuando se abre la puerta de la prisión; debe comenzar durante el cumplimiento de la pena. Preparar para la libertad significa también enseñar a convivir en libertad. Una persona que durante su encarcelamiento aprende a escuchar, controlar una reacción, reconocer el daño, asumir responsabilidades, negociar diferencias y resolver conflictos pacíficamente no solo mejora la convivencia penitenciaria. Está adquiriendo herramientas que podrá llevar mañana a su familia, su comunidad y su vida laboral. América Latina necesita cárceles más seguras, ciertamente. Pero seguridad y dignidad no son conceptos incompatibles. La verdadera transformación penitenciaria exige ambas. Argentina nos invita a 'probar hablando'. La experiencia observada en Sonora muestra el potencial de formar facilitadores o mediadores entre pares. Italia aporta experiencias para pensar la justicia desde perspectivas restaurativas. Y la República Dominicana tiene ante sí la oportunidad de estudiar esas lecciones y construir su propio camino. Quizás una de las transformaciones más profundas del sistema penitenciario latinoamericano pueda comenzar con algo aparentemente sencillo: devolverle valor a la palabra a la persona en conflicto con la ley. Como sostengo de manera constante en los cursos de oratoria que imparto, una persona que sabe dialogar es menos propensa a generar conflictos violentos. Porque donde el conflicto puede hablarse, también puede transformarse. Y donde una persona conserva la posibilidad de transformarse, la sociedad conserva la posibilidad de recuperarla. El autor es fundador del Instituto de Formación, Gerencia y Liderazgo Americano (IFGLA). Es periodista, abogado, mediador, fiscal conciliador e investigador doctoral en Negociación y Mediación. Por Alcedo Magarín Presidente-Rector

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