Kevin Warsh frente al dilema Trump: deuda récord, guerra en Irán y una Fed bajo sospecha

Kevin Warsh frente al dilema Trump: deuda récord, guerra en Irán y una Fed bajo sospecha
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Category: Financial
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La economía de Estados Unidos avanza con fuerza, pero los mercados miran cada vez con mayor recelo al corazón del sistema financiero: la deuda del Tesoro y la Reserva Federal que conduce Kevin Warsh, sometida a una presión política sin precedentes por parte de Donald Trump. El contexto internacional agrega combustible. La guerra en Irán se intensifica, el estrecho de Ormuz sigue parcialmente bloqueado y el barril de Brent ronda los 96 dólares. El encarecimiento de la energía alimenta la inflación y reaviva los temores sobre la sostenibilidad de unas cuentas públicas que se han disparado: la deuda federal pasó de 14,8 billones de dólares hace quince años a más de 40 billones en la actualidad, sin que aparezca un plan creíble de corrección. La desconfianza no se limita al valor futuro del dólar. También alcanza a la seguridad física de los activos. El Banco Central de Holanda decidió trasladar a Londres 86 toneladas de oro que mantenía bajo custodia en Estados Unidos y Canadá, en previsión explícita de 'una situación de crisis'. La operación se ejecutó entre marzo y agosto, en paralelo al estallido del conflicto en Irán y al rechazo europeo a acompañar la estrategia de Washington. El mensaje es claro: ya no se cuestiona solo la solvencia, sino también la fiabilidad del custodio, incluso cuando se trata de un socio de la OTAN. En los mercados de bonos, el clima es de nerviosismo contenido. Las tasas largas han empezado a moverse al alza, pero sin el estallido abrupto que muchos temían. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, que participa de las decisiones sobre Irán, intervino de manera preventiva con una promesa implícita de apoyo al estilo del 'whatever it takes' de Mario Draghi. El resultado fue un aumento moderado de la tasa a diez años, de apenas 7 puntos básicos en la semana, suficiente para reflejar inquietud, pero no para provocar un derrumbe. Mientras tanto, Wall Street sigue en su propio universo. Las acciones continúan marcando máximos, impulsadas por un ciclo de inversión excepcional asociado al desarrollo de la inteligencia artificial (IA). La economía real también se muestra sólida: el PBI creció 1,8% anualizado en el primer semestre y las compras finales del sector privado avanzaron 3%. Para el tercer trimestre, el consenso espera una expansión superior al 2%, y el modelo en tiempo real de la Reserva Federal de Atlanta incluso proyecta un 4,7%, aunque con alta volatilidad. La inversión, habitualmente muy sensible a las tasas largas, se mantiene firme. La carrera por desplegar infraestructura para la IA sostiene un boom de gasto de capital que no será eterno y podría desembocar en un ajuste brusco, pero que hoy domina el panorama. Lo que se ve en el horizonte inmediato es más bien una bonanza prolongada que una recesión inminente. El mercado laboral refuerza esa imagen. En agosto se esperaban 55.000 nuevos puestos de trabajo y el informe oficial reportó 162.000, una cifra que deberá tomarse con cautela a la luz de las fuertes revisiones de meses anteriores. Sin embargo, el promedio de creación de empleo de los últimos seis meses, 106.000, duplica al de los últimos doce, de 50.000, lo que marca una mejora clara tras la debilidad que obligó a la Fed a recortar tasas tres veces entre septiembre y diciembre de 2025. La tasa de desempleo, que había subido de 4,0% a 4,5% entre febrero y noviembre de 2025, volvió a descender de manera sostenida durante 2026 y se estabilizó en 4,1% en julio y agosto. La economía opera en niveles cercanos al pleno empleo y las vacantes siguen superando a la cantidad de desocupados. El punto de quiebre es la inflación. En julio se ubicó en 3,7% interanual y permanece por encima de la meta del 2% desde 2021. El proceso de convergencia que se insinuaba a comienzos de 2025 quedó interrumpido por los shocks provocados por la propia Casa Blanca: primero, la escalada arancelaria de la guerra comercial; ahora, el impacto del conflicto en Irán sobre la energía y otros insumos clave. Con una economía robusta, pleno empleo y un auge inversor asociado a la IA, varios analistas consideran que el sistema podría absorber sin problemas un ciclo moderado de subas preventivas de la tasa de referencia. Tres incrementos de 0,25 puntos devolverían el costo del dinero a los niveles de hace un año y contribuirían a reanclar expectativas. Un aumento de la tasa neutral también sería coherente con una economía que demanda más capital, incluso si la propia IA termina actuando como fuerza desinflacionaria en el largo plazo. Bessent y el ex gobernador Stephen Miran sostienen que el repunte de las tasas largas refleja más el vigor de la actividad que el miedo a la inflación. Pero, justamente por eso, advierten que la política monetaria debería volverse más restrictiva para evitar que ese dinamismo derive en un nuevo desborde de precios. La curva de rendimiento del Tesoro ya se ajustó al alza en al menos 75 puntos básicos desde el inicio de la guerra en Irán, mientras la Fed se mantiene inmóvil. Trump, en cambio, exige lo opuesto. Su visión es que las tasas cortas deben bajar siempre y que Estados Unidos debería tener el costo de financiamiento más bajo del mundo, 'como en los viejos tiempos'. Tras conocerse el último dato de empleo, reclamó públicamente al directorio de la Fed que reduzca las tasas, su forma de bloquear cualquier intento de suba. El vicepresidente JD Vance se alineó un día antes, calificando el recorte como 'lo responsable'. El presidente fue más lejos y ofreció un trueque inédito: o la Fed baja las tasas o él dejará de comerciar con los países con los que Estados Unidos mantiene déficit. Bessent, que asegura estar 'en la misma página que Warsh' en materia de bonos, recordó que lo habitual es que la Fed no suba tasas frente a shocks de oferta negativos. Pero el boom de la IA funciona como un shock de oferta positivo, y también de demanda, que complica esa lógica. En este marco, la credibilidad de Warsh entra en juego. En Jackson Hole advirtió que la Fed podría verse obligada a subir tasas si la inflación no se desacelera pronto. Sin embargo, los mercados descuentan que encontrará argumentos para no hacerlo y utilizan la inflación como vara para medir su determinación. La pérdida de confianza en la deuda del Tesoro, combinada con la erosión de la palabra del chairman, es un cóctel explosivo. El contraste con el gobernador Chris Waller es elocuente. Waller repitió recientemente, casi con las mismas palabras, la posición de Warsh: mantener las tasas si la inflación cede y subirlas si no lo hace. A él, sin embargo, los inversores le creyeron. El impacto de sus declaraciones sobre el tramo largo de la curva fue mucho menor que el que provocó Warsh en julio, que obligó luego a la intervención de Bessent. Dentro de la Fed, Warsh cuenta con apoyos clave. Michael Barr se alineó con el enfoque de Waller; John Williams, al frente de la influyente mesa de operaciones de Nueva York, respalda la necesidad de una postura coherente; y la sombra de Jerome Powell, que ya dejó la presidencia pero conserva un prestigio de independencia, se perfila como el aliado tácito más valioso. Nadie duda de que conoce al detalle el desafío que enfrenta su sucesor. La próxima reunión del banco central, prevista para el 15 y 16 de este mes, se presenta como un punto de inflexión. Bessent podría ganar tiempo si logra convencer a Trump de anunciar o escenificar una distensión en el Golfo que alivie el tránsito por Ormuz y reduzca los precios de la energía, dándole a Warsh una coartada para postergar decisiones drásticas al menos hasta las elecciones de noviembre. Si ese margen no aparece, Warsh deberá atravesar su primera gran prueba de fuego: definir si prioriza la paz con la administración que lo promovió o con los mercados que ya empiezan a dudar de él, y al mismo tiempo mantener cohesionada a una mayoría de la Junta de Gobernadores. De ese equilibrio dependerá no solo su liderazgo, sino también la confianza en la principal economía del mundo.

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