Hay personas que llegan al Camino buscando Santiago. Otras buscan silencio, una promesa, naturaleza, tiempo para pensar o simplemente unos días diferentes. Y hay quienes empiezan a caminar sin saber exactamente qué necesitan encontrar. José Ramiro Vieira fue uno de ellos. Hoy está al otro lado, como hospitalero voluntario en el albergue de peregrinos de A Rúa perteneciente a AGACS, abriendo la puerta a quienes llegan después de una larga etapa y escuchando historias que, de alguna manera, se cruzan con la suya.
Un día pueden dormir allí doce peregrinos y al siguiente cinco, cuatro o seis. Italianos, peruanos, gallegos, cántabros… «Aquí hay de todo», cuenta. Durante una de las últimas jornadas coincidieron tres italianos, un peruano y un peregrino de Santander; días antes, todos eran españoles. Porque si algo ha aprendido José es que el Camino es tan variopinto como las personas que lo recorren. Sin embargo, para entender por qué él está ahora esperando a esos caminantes en A Rúa hay que regresar a 2013 y a un momento que cambió completamente su vida. De Portomarín al País Vasco
José es gallego y nació, precisamente, en uno de esos lugares cuyo nombre está inevitablemente unido al Camino de Santiago: Portomarín. Apenas pudo vivir allí su infancia porque con siete años emigró junto a sus padres y desde entonces ha pasado prácticamente toda su vida en el País Vasco. Quizá por eso resulta todavía más curioso que durante mucho tiempo contemplase el fenómeno jacobeo desde la distancia y sin comprender demasiado bien qué llevaba a tantas personas a echarse una mochila a la espalda y caminar durante días.
«Yo pensaba que los peregrinos estaban zumbados», recuerda ahora entre risas. Su percepción cambió cuando la vida lo colocó ante una situación para la que no encontraba respuesta. Su mujer falleció en 2013 y José atravesó entonces una profunda depresión. Fue una amiga quien, viendo el momento en el que se encontraba, le propuso algo que en principio no parecía encajar demasiado con él: «¿Por qué no te vas al Camino?». Y en 2014 decidió probar.
Comenzó a caminar por el Camino Francés y no necesitó llegar a Santiago para notar que algo estaba sucediendo. Conserva especialmente el recuerdo de una de aquellas primeras jornadas. Al terminar una etapa, la persona que lo acompañaba le preguntó: «¿Estás llorando?». Él respondió que no, hasta que se dio cuenta de que las lágrimas estaban allí. «Pues sí, me impactó bastante», reconoce doce años después al recordar una experiencia que terminó siendo mucho más importante de lo que jamás había imaginado. «Si antes había cien, ahora hay 101»
José no construye grandes teorías sobre lo que encontró caminando. Habla de aquello con naturalidad y explica simplemente que el Camino le ayudó en uno de los momentos más difíciles de su vida. Poco a poco, aquel hombre que observaba a los peregrinos desde fuera empezó a comprenderlos hasta terminar convirtiéndose en uno de ellos. Y tiene una anécdota que resume perfectamente aquella transformación.
Tiempo después fue invitado a una reunión relacionada con el Camino en la que participaron alrededor de 87 personas. Durante la cena, el presidente se levantó y anunció delante de todos: «Aquí hay uno que opina que los peregrinos estamos zumbados». La amiga que acompañaba a José le advirtió de que aquello iba por él, aunque no hacía falta: lo sabía perfectamente. Pidió la palabra y resolvió la polémica con una frase: «Yo soy el que opinaba que estaban zumbados. Si antes había cien, ahora hay 101».
Detrás de aquella broma había mucho más que una ocurrencia. José ya pertenecía a ese mundo que antes contemplaba con cierta incredulidad y, con el tiempo, sintió también la necesidad de corresponder a lo que había recibido. «Si el Camino a mí me ha facilitado algo, quiero devolvérselo como hospitalero voluntario», explica. Y esa es precisamente la razón por la que estos días se encuentra en A Rúa. Recibir, escuchar y volver a despedir
Ser hospitalero voluntario significa cambiar durante unos días la rutina propia para ponerse al servicio de personas a las que probablemente no se volverá a ver. José abre el albergue, recibe a los peregrinos, los orienta y comparte con ellos parte del final de su etapa. A la mañana siguiente los ve colocarse de nuevo la mochila y continuar hacia Santiago, mientras él se queda esperando a los siguientes. Es una sucesión de encuentros breves detrás de los cuales aparecen nacionalidades, edades y, sobre todo, historias muy diferentes.
También diferentes son las razones que llevan a cada persona hasta el Camino. José huye de las discusiones sobre quién es más o menos peregrino y de etiquetas como la de los llamados «turigrinos». «Cada uno hace el Camino como puede, como quiere», sostiene. Aunque eso no significa que no defienda el espíritu de los albergues de peregrinos y el esfuerzo que, a su juicio, forma parte de esta experiencia.
Todavía recuerda el día en que un taxi se detuvo prácticamente delante del albergue. De él bajaron cuatro personas y el conductor abrió el maletero para sacar sus mochilas. Había camas libres, pero José decidió que allí no dormirían. Cuenta la anécdota con su particular sentido del humor y reconoce que quizá hubiese sido diferente si el taxi los hubiese dejado un poco más lejos y él no lo hubiese visto. Es también su manera de explicar que la hospitalidad no está reñida con preservar el sentido de unos alojamientos concebidos para quienes recorren el Camino. Las pequeñas historias que deja un albergue
Estos días, además, José tiene un compañero inesperado en el albergue. Una amiga se ha ido de vacaciones y durante quince días le ha dejado a su perro. Andy que así se llama el can, parece haberse adaptado perfectamente a la particular rutina del lugar: permanece tranquila mientras llegan los caminantes y recibe encantado las caricias de los peregrinos. José siempre pregunta antes si alguien tiene alergia y, si existe algún inconveniente, la perra se retira a otra habitación.
Es una historia pequeña, pero encaja perfectamente con lo que ocurre cada día en un albergue. Personas que ayer no se conocían comparten durante unas horas un mismo techo; las mochilas descansan apoyadas en una pared; se habla de la etapa que acaba de terminar y de la que espera al día siguiente; alguien cuenta de dónde viene y quizá también por qué está allí. Después llega la mañana, cada peregrino continúa su camino y el hospitalero vuelve a preparar la casa para quienes aparecerán unas horas más tarde.
José sabe bien que detrás de cada mochila puede existir una historia que no se ve. Hay quien camina por una promesa, quien busca naturaleza, quien necesita unos días de silencio, quien quiere ponerse a prueba y quien, como le ocurrió a él, llega al Camino después de que la vida le haya obligado a detenerse. Por eso tampoco pretende explicar a los demás qué deben encontrar. Él mismo necesitó ponerse a caminar para comprender aquello que durante años había observado desde fuera. De peregrino a hospitalero, el viaje de vuelta
Han pasado doce años desde aquel primer Camino y ahora José Ramiro Vieira contempla la experiencia desde otro lugar. Ya no es únicamente el peregrino que necesita encontrar algo mientras camina, sino la persona que espera al final de una etapa para facilitar el camino de otros. Y quizá ahí se encuentre también una de las esencias del voluntariado que sostiene tantos albergues: personas que un día fueron acogidas y que deciden regresar para acoger.
En A Rúa seguirá viendo pasar durante estos días a peregrinos de lugares muy diferentes. Algunos hablarán mucho y otros poco; unos llegarán agotados y otros todavía con ganas de conversación; probablemente algunos recordarán durante años lo vivido en el Camino y otros simplemente guardarán pequeños momentos. José tampoco sabe qué se llevará cada uno cuando vuelva a casa. Lo único que tiene claro es por qué él está allí.
Lo resume sin solemnidad, casi como si fuese la cosa más sencilla del mundo: «Esto es el Camino. Devolver lo que te dan y ya está». Y después de escuchar su historia, resulta difícil encontrar una definición mejor para explicar el Camino, al peregrino y, sobre todo, a quienes deciden convertirse en hospitaleros voluntarios.
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