Destruir la palabra: la otra ofensiva rusa

Destruir la palabra: la otra ofensiva rusa
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Category: Politics
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Por Bohdana Batsko, asistente de proyectos del Programa de Cooperación para España y Latinoamérica en el Transatlantic Dialogue Center 'No me quedan fuerzas para un mensaje de aliento. Sobrevivamos'. Con esas palabras cerró Yuliia Orlova, directora general de la editorial Vivat, su publicación sobre uno de los últimos ataques rusos, el del 28 de agosto. Ese día ardieron más de 60 mil libros de más de diez editoriales y librerías ucranianas almacenados en un solo depósito. Son acciones dirigidas contra la palabra ucraniana. Y contra las condiciones que hacen posible la libertad de ser ucraniano. A fines del verano, Rusia cambió su táctica de ataques con drones contra las ciudades y los pueblos de Ucrania. La última semana de agosto trajo bombardeos diarios que buscan agotar la defensa antiaérea ucraniana, dañar la infraestructura crítica y presionar la economía y la psiquis de la población civil. Con más de 2800 drones lanzados en un mes, la probabilidad de sufrir una explosión o su onda expansiva creció de forma tangible. En esas circunstancias, cada uno busca de dónde agarrarse: estar informado y saber qué hacer en caso de peligro, o sostener la rutina, el trabajo querido, el estudio, el tiempo con los suyos. Esa sensación de control es frágil. La vida se mantiene relativamente predecible hasta que llega la noticia de que los conocidos de unos conocidos quedaron bajo un bombardeo en su propio departamento, porque justo esa noche decidieron no bajar al refugio después de tantas noches sin dormir. O hasta que se sabe que un ataque alcanzó un depósito en la región de Kyiv donde se guardaban miles de libros ucranianos. Ese hecho tiene efectos de largo plazo. El lector notará precios más altos y menos títulos en las librerías. El librero o la directora de una editorial perderá su trabajo o deberá tomar decisiones difíciles para permanecer en la industria. Hasta aquí, son problemas económicos que muchos países conocen. Lo que vuelve particular el caso ucraniano son los niveles estratégicos y de visión de mundo, donde lo que está bajo presión es la soberanía y el derecho mismo a existir. Primero, la escala. Según Artem Bidenko, presidente de la Asociación Ucraniana de Editores, durante el verano de 2026 los ataques rusos destruyeron cerca de 13 millones de libros, incluidos cientos de miles de manuales escolares. Las pérdidas superan los 20 millones de dólares. Aquí lo comercial determina directamente la existencia de lo valórico: en medio de una guerra que también es existencial, muchas editoriales cumplen una función cultural para el Estado, sostienen la identidad nacional y publican los libros que fueron prohibidos o desplazados por los rusos cuando los territorios de la Ucrania actual formaban parte del imperio ruso o de la Unión Soviética. Y este es el punto clave: incluso después de la independencia de 1991, Rusia no renunció a su estrategia de expansión económica, política y cultural sobre Ucrania y el resto del llamado espacio postsoviético. Los estantes de las librerías ucranianas estaban llenos de autores rusos; las radios, de canciones rusas; la televisión, de series rusas. Los escépticos dirán: multiculturalidad y pluralismo. Sería una observación justa si detrás de esa diversidad no se escondieran estructuras imperiales y una estrategia de influencia planificada a largo plazo. En esa realidad Ucrania entró al siglo XXI. Los artistas ucranianos pintaban su mural cada noche esperando que el mundo lo viera, y cada mañana descubrían que alguien había cambiado sus pinceles por ramas, sus pinturas por agua, y que el muro era de arena que la lluvia deshacía: el capital ruso, su influencia y sus sentidos, donde la identidad ucraniana era un error o un chiste. En 2026, en el quinto año de la guerra a gran escala, el panorama es otro. La influencia rusa en el espacio cultural ucraniano es mínima; la cultura ucraniana se desarrolla, se redescubre y circula por el mundo. Para los estrategas rusos ese statu quo resulta inaceptable. Como el poder blando de Rusia fracasó, la guerra activa permite disfrazar los ataques directos contra la infraestructura cultural ucraniana de intentos de alcanzar blancos militares. La intención real apunta a destruir la cultura que guarda la memoria y forma los valores, la identidad y el modo de pensar de los ucranianos. Mientras la responsabilidad por estos actos siga siendo un concepto ético y no una norma jurídica con un mecanismo real de castigo, los ataques continuarán y el mundo terminará percibiéndolos como norma.

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