Dieciséis de septiembre: día de brujas para cazar peronistas. El pensamiento brotó de la boca de María Claudia Falcone en la cocina de un departamento de La Plata. La escuchaba su tía abuela, Rosa Matera, y sintió que un escalofrío le recorría el cuerpo. La chica hablaba de la proximidad del 21° aniversario del golpe que había derrocado a Juan Domingo Perón. No podía imaginar que esa fecha, en otra dictadura, iba a quedar asociada a otra tragedia de la cual ella y sus compañeros serían protagonistas.
María Claudia había cumplido 16 años el 16 de agosto de 1976. Por esos días, no tenía mucho que celebrar. La represión se condensaba en el aire. Y los pibes y las pibas como ella que militaban intuían el riesgo que pesaba sobre sus vidas. Para muchos de ellos, estaba fresco lo que había pasado la Navidad anterior con Ricardo 'Patulo' Rave, un militante de la Unión Estudiantil Secundaria (UES) que había sido secuestrado desde la casa de sus padres, torturado y colgado de un puente en las afueras de La Plata.
El 15 de septiembre de 1976, María Claudia fue al Bachillerato de Bellas Artes, donde cursaba sus estudios. Al salir, pasó a ver a su mamá, Nelva Falcone, para pedirle dinero. No se estaba quedando en su casa, que estaba a pocas cuadras de la escuela: un poco por seguridad y un poco para cuidar a la tía que tenía problemas respiratorios.
El departamento de Tata estaba en un sexto piso de la calle 56. Allí vivía otra amiga de Claudia, María Clara Ciocchini, que era dos años mayor. María Clara había venido escapando de Bahía Blanca. En noviembre de 1975, una patota había irrumpido en su casa familiar. La buscaban a ella, que era estudiante del Colegio Normal. El intento de secuestro convenció a la familia de instalarse en La Plata, donde el peligro no se disipó.
A María Clara le decían 'Cieguita' porque no veía mucho si se sacaba los anteojos. Militaba en la UES y en Montoneros. Activaba en las villas y era profundamente católica. Tenía muchos planes para el futuro: quería ser médica.
LA CACERÍA
A las 0.30 de la madrugada del 16 de septiembre, una patota armada irrumpió en el departamento de Rosa para llevarse a María Claudia y María Clara. Les pusieron una venda en los ojos y les ataron las manos. A golpes, las condujeron hasta la puerta. La tía corrió hasta la ventana: vio cómo subían a las chicas a un camión verde del Ejército.
En otro departamento de La Plata dormían otros dos militantes de la UES. Daniel Racero había decidido quedarse ese día en la casa de su amigo Horacio Ungaro. Se habían conocido en el Colegio Normal 3 y se habían vuelto casi inseparables.
Daniel se jactaba de haber sido quien convenció a Horacio de sumarse a una agrupación peronista. Horacio venía de una familia de izquierda. Como el menor de cuatro hermanos, era muy mimado: compartía lecturas con sus hermanas mayores, estudiaba francés y jugaba al ajedrez en el Club Estudiantes. Como María Clara, él también quería ser médico.
Daniel y Horacio estaban preocupados. El mes había arrancado con cuatro compañeros siendo interrogados por personal civil dentro del Colegio Nacional de La Plata. Tres de ellos después habían sido secuestrados y llevados a un centro clandestino de detención. El 8 de septiembre, se llevaron a Gustavo Calotti, otro estudiante del Nacional que militaba en la Juventud Guevarista (JG). Dos días después, una patota irrumpió en la casa de Víctor Treviño.
La inquietud había ido cediendo esa noche con algunos juegos, la televisión y unos panqueques con dulce de leche que habían comido con ganas. Se despertaron cuando unos hombres –con unos gorros de lana rojos y blancos– entraron en la casa.
Olga Ferdman fue quien abrió la puerta cuando escuchó los golpes. La patota la encerró en la cocina. Antes, uno de los hombres le dijo que iban a llevarse a su hijo Horacio porque estaba 'vinculado a la subversión en las escuelas'. A los chicos se los llevaron a la rastra por las escaleras.
Por esas horas también fue secuestrado Claudio de Acha en su casa de la diagonal 73. Claudio tenía 17 años y estudiaba en el Nacional de La Plata, donde militaba en la UES.
Cerca de las 5.30 del 16 de septiembre, una patota llegó a la casa de la familia López Muntaner. Francisco, de 16 años, estaba durmiendo en una vivienda lindera con su hermano Víctor. Panchito estudiaba Bellas Artes, como María Claudia. Después de interrogarlo, decidieron llevárselo. La cacería había terminado. Al menos, por un rato.
Emilce Moler no era ajena a la persecución que se estaba viviendo, pero ese 16 de septiembre había ido al colegio como siempre. Tenía 17 años y estaba en quinto año de Bellas Artes. Estaba discutiendo con unos compañeros acerca de si, en medio de ese contexto, debían organizar la fiesta del Día de la Primavera cuando le llegó la noticia de los secuestros. Le dijeron que se habían llevado a María Claudia y a María Clara. Compartía con ellas su ámbito de militancia y habían estado juntas el día anterior.
Desesperada, buscó un teléfono público y llamó a su padre para contarle lo que había pasado. Oscar Moler era comisario inspector retirado. Él le preguntó si había tenido alguna actividad comprometida. Ella le contestó que no había pasado de volantear. En el colegio, un preceptor la había enganchado hacía unos meses colgando un cartel y la había amenazado con un arma. El padre la convenció de que quedarse en su casa sería la mejor forma de demostrar que no tenía nada para ocultar.
Esa noche Emilce durmió en su cama hasta que irrumpió una patota. En la casa, estaban sus padres y su hermana. Los hombres, que se presentaron como pertenecientes al Ejército, buscaban a una estudiante de Bellas Artes. No sabían el nombre siquiera. Emilce era muy menuda para su edad, lo que los hizo dudar hasta que decidieron meterla en uno de los autos que esperaban.
La travesía de los represores continuó. Pasaron por la casa de otra compañera, Alejandra Pérsico, pero se salvó del secuestro porque no estaba. Luego continuaron hasta la casa de Patricia Miranda en Ringuelet.
Pablo Alejandro Díaz pasó unos días durmiendo en la estación de servicio de 13 y 520. Ahí trabajaba uno de sus amigos del barrio. Había improvisado una cama en la congeladora donde se guardaban las bolsas de hielo. Tendió diarios y una frazada y se acostó. Bromeaba que era Walt Disney.
Había cumplido 18 años en junio. Estudiaba en la Escuela de Educación Media 2 de La Plata, conocida como La Legión. Había militado un tiempo en la UES, pero había decidido sumarse a la JG.
En la tarde del 20 de septiembre, Pablo juntó coraje: volvió a su casa y le habló a su padre de los secuestros de sus compañeros secundarios. El consejo paternal fue que se quedara porque no había hecho nada malo.
Cerca de las cuatro de la mañana del 21 de septiembre, llegó la patota a su casa. 'Me buscan a mí', dijo Pablo mientras bajaba las escaleras poniéndose un pantalón. A los empujones, y después de saquear la casa, lo metieron en uno de los autos.
–¿Adónde me llevan? –alcanzó a gritar él.
EL INFIERNO
El primer destino de los chicos fue el campo de Arana, que funcionaba como un espacio de tortura. O el lugar donde una persona se desintegra, como dirá Emilce muchos años después.
A ella la encerraron en una celda con otras cinco mujeres. Dos eran María Claudia y María Clara. Todas sufrieron tormentos. Todas fueron privadas de alimentación o de ir al baño.
El 21 de septiembre, los captores las sacaron, vendadas como estaban, a un patio. Querían que festejaran el Día de la Primavera cantando. Emilce alcanzó a sentir el calor del sol sobre su rostro, pero se desmayó. Cuando volvió en sí, estaba en la celda.
Pablo pasaba sus primeras horas en Arana: los momentos iniciales de la tortura y los simulacros de fusilamiento.
El 23 de septiembre hubo un traslado. Varias personas fueron subidas a un camión. En determinado momento del recorrido, el vehículo se frenó e hicieron bajar, entre otros, a Claudio, Horacio, Panchito, Daniel, María Claudia y María Clara.
Emilce no lo sabía, pero, en ese momento, los represores estaban decidiendo la vida y la muerte de esos chicos cuyas edades oscilaban entre los 16 y los 18 años. Ella siguió viaje hacia el Pozo de Quilmes. Allí la esperaba una bienvenida con golpes.
A Pablo lo trasladaron más tarde hacia el Pozo de Banfield. Cuando llegó, se encontró con sus compañeros de los colegios secundarios de La Plata. El Pozo de Banfield estaba enclavado en una zona urbana, un barrio que combinaba casas bajas y monoblocs. Estaba a unas pocas cuadras del Camino Negro. El centro clandestino compartía una medianera con una escuela primaria.
Las celdas, de cemento, estaban en el segundo piso. No entra casi luz. Era difícil saber si era de día o de noche. A pesar del frío, los secuestrados estaban con harapos. 'Asquerosos', les gritaban los guardiacárceles cada vez que abrían la puerta de la celda donde debían hacer sus necesidades porque ir al baño era un lujo que no se les permitía a menudo. La visita a las duchas era para las chicas un infierno particular: era el ámbito propicio para que sus captores intentaran todo tipo de abuso: desde manoseos hasta violaciones.
–¿Alguien quiere más comida? –preguntó uno de los guardias.
–Yo –contestaron varios al unísono.
–¿Quién tiene el tacho verde? –preguntó.
–Yo –respondió Pablo, que se había aflojado la venda que cegaba sus ojos.
Daniel –o Calibre, como lo llamaban sus compañeros– también cayó en la trampa. Los dos fueron castigados con saña. Los pibes y las pibas pasaron la Navidad en el Pozo de Banfield.
Pablo recuerda que cantaron después de una pelea sobre la existencia de Dios. A los tres días, lo sacaron de una celda y le dijeron que iba a pasar al PEN. No sabía qué significaba la sigla.
–Poder Ejecutivo Nacional. Te blanquean –le explicaron sus compañeros.
Antes de irse, pidió despedirse de Claudia, con quien conversaban a través de golpes en la celda. Ella le pidió que le avisara a su familia y que brindara cada fin de año por ella.
Pablo no podía sostenerse en pie cuando llegó al Pozo de Quilmes. Lo llevaron allí para 'mejorarlo' antes de trasladarlo a la comisaría 3° de Valentín Alsina, Lanús. Ese fue su salvoconducto hacia la Unidad 9 de La Plata, donde estuvo preso hasta 1980.
Emilce también pasó de Quilmes –donde había podido ser visitada por su padre– a Valentín Alsina. De allí, fue a la cárcel de Devoto. Entró con 17 años; salió con 19. Cada vez que abrían las rejas del penal, ella esperaba que entraran María Claudia o María Clara. No supo hasta mucho después lo que había pasado con ellas.
Pablo tuvo noticias mientras estaba preso. En la U9 solía entrevistarlo el teniente coronel Carlos Sánchez Toranzo, que oficiaba de enlace entre el Primer Cuerpo de Ejército y el Ministerio del Interior.
–Te voy a decir la verdad: los chicos fueron fusilados en la primera semana de enero, no bien te fuiste –recuerda que le dijo.
Según la versión del militar, el lugar del asesinato fue el mismo sótano del Pozo de Banfield. Sus cuerpos nunca aparecieron.
MEMORIA, VERDAD, JUSTICIA
El 15 de diciembre de 1983, Raúl Alfonsín firmó el decreto 187 a través del cual creó la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (Conadep).
Pablo Díaz estaba inquieto. Hacía tiempo que había empezado a participar en marchas de organismos de derechos humanos. Quería contar su historia. Por eso, se acercó a la Legislatura provincial para radicar una denuncia. Empezó a contar, como pudo. Los ojos de sus interlocutores se iban ensanchando hasta que decidieron llamar al Centro Cultural General San Martín, donde la Conadep tenía sus oficinas centrales.
En Plaza Italia de La Plata se tomó el micro hasta Capital. Sabía que debía buscar el lugar por la avenida Corrientes y que debía encontrar a Gerardo Taratuto. Las declaraciones de Pablo ante la Conadep fueron varias. La primera tiene fecha del 16 de marzo de 1984; la última, del 30 de agosto de ese año, cuando ya casi debía presentarse el informe final que llevaría por título Nunca Más .
Desde la Conadep, la saga de secuestros de septiembre de 1976 se conoció como la Noche de los Lápices y se la asoció con la lucha por el boleto estudiantil secundario, tal como surge de la denuncia que firmó el escritor Ernesto Sabato, presidente de la comisión. 'Con motivo de una campaña realizada por estudiantes de la ciudad de La Plata en favor del boleto escolar en el transporte, para la enseñanza media, campaña calificada por las Fuerzas Armadas como 'subversión en las escuelas', la Jefatura de la Policía de la Provincia de Buenos Aires dispuso la realización de un 'escarmiento' contra alumnos secundarios de esa ciudad', puede leerse en el escrito.
El 9 de mayo de 1985, Pablo Díaz tomó solo el micro en La Plata hacia la ciudad de Buenos Aires. Ese día tenía que declarar en el Juicio a las Juntas. El proceso, que había comenzado el 22 de abril, solía estar en las portadas de los diarios. En Clarín contaban que el excapellán de la Bonaerense Christian Federico Von Wernich había negado saber sobre torturas y desapariciones.
Pablo había estado yendo a la fiscalía de Julio Strassera y Luis Moreno Ocampo para aportar información. En una de esas oportunidades, Strassera se le había acercado y le había dicho: 'Pibe, vas a hacer historia'.
De traje gris claro, Pablo se sentó ante el juez Andrés D'Alessio, que condujo la audiencia el día de su declaración. Su testimonio se centró más que en su experiencia personal en contar lo que había pasado con los estudiantes secundarios de La Plata. Cuando hablaba del Pozo de Banfield, ponía los brazos hacia atrás, como si todavía una soga uniera sus miembros superiores con su cuello, como en aquellos días.
Con esfuerzo, fue recordando los nombres de sus compañeros de los que se había despedido en esa brigada de investigaciones. Horacio Ungaro, Claudia Falcone, Francisco López Muntaner, Daniel Racero, Claudio de Acha, María Clara Ciocchini. 'Espero no olvidarme de ninguno', les dijo a los integrantes de la Cámara Federal porteña, que lo escuchaban desde el salón del Palacio de Justicia de la calle Talcahuano.
Al salir, Pablo se encontró con Nora Ungaro, hermana de Horacio y también sobreviviente de los campos de concentración de la dictadura. Con lágrimas en los ojos, le dijo: 'Lo nombré'.
Con la sensación de deber cumplido, Pablo volvió a su casa en La Plata. Su madre y su hermana lo esperaban para abrazarlo entre lágrimas. Su padre aguardaba en su escritorio. Cuando entró a verlo, le preguntó si no había pensado que ponía a toda la familia en peligro.
Al día siguiente, la declaración de Pablo estaba en la tapa de Clarín : 'Testimonio de un menor sobreviviente'. El recorrido no terminaría allí. Lo que se había escuchado en esa sala de los Tribunales sería la base para el libro que al año siguiente publicarían María Seoane y Héctor Ruiz Núñez y para la película de Héctor Olivera. Tanto el libro como la película se convertirían en dos artefactos culturales poderosísimos –y no exentos de controversias– para contar la historia de los secundarios desaparecidos por la dictadura.
La Noche de los Lápices se convirtió en un caso emblemático del terrorismo de Estado. De tan insoportable que era esa violencia desatada sobre cuerpos casi infantiles –con todo un futuro por delante–, era un caso que se volvía soportable para la sociedad posdictadura que veía con desconfianza todo lo que tuviera una rémora de militancia y activismo. Durante años, los chicos y las chicas fueron asociados únicamente al reclamo por el boleto estudiantil secundario, que fue una de las tantas acciones que llevaron adelante. Su pertenencia a organizaciones políticas, sus lecturas, su vínculo –cercano o distante– con la lucha armada quedaron ocluidos en las memorias más hegemónicas. Es por eso quizá que la historiadora Sandra Raggio sostiene que este caso funcionó durante décadas como una metonimia del terrorismo de Estado.
La declaración de Pablo, que ni siquiera pudo escucharse en la televisión o en la radio, desbordó los canales judiciales; el libro y la película fueron, como señala Federico Lorenz, los vehículos con los que se contó la historia en las escuelas. Las conmemoraciones sobre la Noche de los Lápices comenzaron en septiembre de ese mismo año.
El 16 de septiembre, esa fecha que Claudia Falcone definía como un día de brujas para cazar peronistas, fue, de alguna manera, exorcizada en las calles por cientos de estudiantes que salen a recordar a los pibes y a las pibas secuestrados en La Plata. En cada marcha se reafirma que tienen derechos: a vivir, a pensar y a soñar en colores con un mundo mejor. Etiquetado La Noche de los Lápices
(0)Comments