La inflación dejó de ser el único termómetro del malestar argentino, pero eso no significa que haya sido derrotada. La suba anual sigue siendo elevada, los precios acumulados continúan pesando sobre los ingresos y en el almacén, la carnicería o la farmacia muchas familias no perciben la tranquilidad que muestran algunos indicadores macroeconómicos. A ese problema se suma ahora uno todavía más angustiante: el desempleo. El último relevamiento de AtlasIntel/Bloomberg muestra que la preocupación por la falta de trabajo escaló hasta prácticamente empatar con la corrupción entre los principales problemas del país. Cuando una familia está endeudada, no llega a fin de mes y teme perder su empleo, la discusión sobre la inflación pierde centralidad frente a una pregunta mucho más urgente: ¿cómo se come mañana?
El cambio en las preocupaciones sociales desnuda una falla profunda del discurso oficial. El Gobierno puede exhibir desaceleración inflacionaria y control de algunas variables, pero la economía cotidiana sigue castigando a millones de hogares. Los precios dejaron de acelerar al ritmo de los peores meses, pero no volvieron atrás. El costo acumulado de alimentos, servicios, alquileres, medicamentos y transporte permanece muy por encima de los ingresos de amplios sectores. Por eso, aunque la inflación mensual se modere, el daño ya hecho sigue presente. El argentino no vive de porcentajes: vive de lo que puede comprar con su salario.
A ese deterioro se le suma el mercado laboral. El desempleo aparece cada vez más arriba entre las preocupaciones y la pérdida de puestos formales, el cierre de comercios, la retracción pyme y la informalidad generan una sensación de fragilidad permanente. El problema ya no es solamente cuánto aumentan los precios, sino si habrá salario para pagarlos. Endeudamiento y desempleo forman hoy una combinación explosiva: familias que usan crédito para cubrir comida y servicios mientras al mismo tiempo sienten que el ingreso puede desaparecer en cualquier momento.
Ese es el verdadero desafío político de Milei. Mientras el Gobierno insista en celebrar la baja de la inflación como prueba suficiente de éxito, corre el riesgo de no escuchar que la sociedad ya cambió de preocupación. A quien no tiene para comer, a quien debe hasta el supermercado o a quien teme quedarse sin trabajo, la inflación le preocupa, sí, pero le preocupa mucho más no tener ingresos. La estabilidad macroeconómica sólo tendrá valor político cuando llegue a la mesa, al empleo y al bolsillo. Hasta entonces, el Gobierno podrá decir que ordenó algunos números, pero una parte creciente de la sociedad seguirá sintiendo que su propia economía está completamente desordenada.
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