Hijos de la noche

Hijos de la noche
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Category: Politics
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Cristalizados en una adolescencia tan eterna como trágica, acaso nos interrogan con la mirada. Son ellos, y a la vez, son el símbolo de una generación marcada a fuego por las luchas históricas que los precedieron. Hija de un intendente peronista de su ciudad, La Plata (1949-1950), y de una maestra de una escuela de bajos recursos, María Claudia Falcone cursaba estudios en el Bachillerato de Bellas Artes, dependiente de la universidad platense. Había cumplido recientemente los 16 años, pero ya cargaba con una decisiva militancia social por el boleto estudiantil en las manifestaciones de 1975 y un activismo político de superficie en la Unión de Estudiantes Secundarios (UES) y clandestino en la organización Montoneros, donde aún era aspirante, al momento de su secuestro. Su apodo 'Nucha', por la célebre locutora Nucha Amengual, era una ironía y un contrasentido, porque María Claudia tenía una voz fuerte y estridente. Muy inteligente y solidaria, era común verla en actividades sanitarias en barrios populares y trasladaba ese compromiso a su propio hogar, donde solían merendar o cenar compañeros de condición humilde, que a veces se llevaban su ropa de abrigo de regalo. Su amiga María Clara Ciocchini era de origen bahiense, donde inició tempranamente su militancia contra la dictadura de la Revolución Argentina, entonces presidida por Agustín Lanusse. Como girl scout de la Pequeña Obra de la ciudad, se integró a un grupo de monjas tercermundistas que organizaban tareas de apoyo escolar en villas de emergencia. Soñaba con estudiar Medicina y se le daba muy bien la música: tocaba en guitarra clásicos de folklore y rock nacional. Admiraba a Evita, el Che Guevara y el cura Camilo Torres. Su apodo, la 'Cieguita', se lo endilgaron a sus dificultades de visión, que corregía con el uso de indispensables lentes. Cuando la situación en Bahía Blanca se hizo insostenible y aun antes del golpe de 1976, su familia se mudó a La Plata, donde María Clara tomó contacto con sus compañeros de la UES, con el grado de oficial montonera. El sobrenombre de 'Mao' le venía a Claudio de Acha por sus ojos achinados, pero no sería ajeno a la formación marxista de sus padres. Esa influencia decantó en una sólida base teórica, que lo volcó a la militancia en el peronismo revolucionario cuando se afilió a la UES. El fallecimiento de su padre implicó una optimización de sus tiempos. Por la mañana iba al Normal. Por la tarde repartía encomiendas y paquetes para aportar a la economía doméstica. La noche la dedicaba a las actividades militantes de la UES. En una ciudad dividida en dos patrias futboleras, Claudio era hincha de Estudiantes. En música, elegía a Sui Generis y Los Beatles, aunque no descartaba el folklore latinoamericano. Pero, sobre todo, era un lector voraz, empedernido, que no se separaba de los libros ni al andar en bicicleta o caminar, lo cual generaba más de una situación absurda. De familia numerosa y peronista, Francisco López Muntaner era morocho y dejó registro en sus cuadernos de dibujo de indios, negros y mulatos en combate, un rasgo artístico de su inquietud social. En paralelo, le fascinaban la filosofía griega y el ajedrez. Elegido recurrentemente como 'mejor compañero' en la primaria, se las ingeniaba para organizar jornadas de pesca para los chicos del barrio. Era hincha de Gimnasia y practicaba rugby en el Albatros. Llegó al Bellas Artes becado por su origen humilde, y allí conoció a María Claudia Falcone, de quien se hizo amigo y compañero de militancia. Vinculado inicialmente al comunismo por herencia familiar, Horacio Ángel Ungaro encontró su lugar en el mundo militando en las villas de Berisso, donde toda la gente era peronista. A pesar de las exigencias de la militancia, nunca relegó los estudios, terreno en el que se destacaba en el cuadro de honor. Planeaba ser médico, como una continuidad natural de su preocupación por los desposeídos. Su destino se funde con el de su amigo Daniel Alberto Racero, nacido en Punta Alta y mudado a La Plata a instancias de su padre, un exsuboficial de Marina cuestionado por sus simpatías peronistas. En su ciudad de adopción, se hizo hincha del Lobo y se insertó en la UES, mientras cursaba en el Normal N° 3. Desde siempre le gustaban los fierros: tenía facilidad para la mecánica y soñaba con ser corredor de autos. Su ídolo en la especialidad era Luis Di Palma. Como parte de sus actividades militantes, integró los equipos que organizaban visitas de chicos carenciados a la República de los Niños, y hasta viajó a Salta en el marco del operativo 'Don Martín Miguel de Güemes', de alfabetización, vacunación y reconstrucción de viviendas, que llevó a cabo un contingente de medio millar de jóvenes de todo el país. VIVIR PARA CONTARLO Padecieron los mismos horrores, pero en esa ruleta rusa de la represión, sobrevivieron para contarlo y poder transmitir aquella experiencia a las nuevas generaciones. Gustavo Calotti tenía 18 años y fue secuestrado una semana antes que el resto. Tras su liberación, vivió largo tiempo exiliado en Grenoble (Francia), donde se desempeñó como profesor de Castellano. Patricia Miranda era una estudiante de 16 años cuando cursaba Bellas Artes y, a diferencia de sus compañeros, no tenía militancia política alguna; ni siquiera había participado de las marchas por el boleto estudiantil del año anterior. Continuó viviendo en La Plata. Los casos de Pablo Díaz y Emilce Moler son especialmente significativos desde lo testimonial, aun cuando difieren en su derrotero mediático. Aunque con un paso previo por la UES, Díaz militaba entonces en la Juventud Guevarista, expresión estudiantil del PRT-ERP. Su presentación en el Juicio a las Juntas Militares resultó clave para la amplia difusión del episodio, que decantó en el libro y luego en la película homónima. Con el tiempo, se convirtió en referente de los derechos humanos, invitado a exponer frente a jóvenes, incluso aquellos privados de su libertad por delitos comunes. Alguno todavía le pregunta por su relación con María Claudia. Emilce Moler tenía 17 años al momento de su secuestro, pero era de contextura física tan chica que aparentaba menos. En su vida cotidiana estudiaba dibujo (cursaba el quinto año de Bellas Artes), le gustaba el grabado y todavía no había decidido qué carrera universitaria iba a seguir. Radicada largamente en Mar del Plata, donde se casó y tuvo a sus tres hijos, se recuerda como una muchacha alegre y llena de ideales, encolumnada en un proyecto político. Recuerdos que arden aún sobre los años. Etiquetado La Noche de los Lápices

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