Gritar al perro cuando ladra, rociarlo con agua cuando hace algo mal o pegarle un tirón de la correa son reacciones habituales de muchos dueños que, sin saberlo, pueden estar consiguiendo justo lo contrario de lo que buscan. Así lo advierte el adiestrador canino Álvaro López, que resume el problema en una frase contundente: "El castigo mal usado no te quita el problema. Te lo fabrica".
En uno de los episodios de su pódcast, dedicado a cómo corregir al perro, el especialista desmonta uno de los errores más extendidos entre los propietarios de mascotas: recurrir al castigo creyendo que así educan a su animal, cuando en realidad, mal aplicado, solo genera miedo y nuevos problemas de conducta.
Su explicación parte de una idea que a muchos les sorprenderá: castigar y educar no son lo mismo, y confundirlos es la raíz de buena parte de los conflictos entre las personas y sus perros. Frenar una conducta, viene a decir, no es enseñarle al animal lo que sí debe hacer, y ahí es donde la mayoría se equivoca.
Cuando el castigo construye el problema en lugar de quitarlo
El punto de partida de Álvaro López es una observación que muchos dueños reconocerán. "Si tu perro ladra más desde que le gritas, se esconde cuando sacas el rociador o tira más fuerte cada vez que le pegas un tirón, no es que sea cabezón", explica el adiestrador.
La razón, según detalla, es que el castigo, tal y como se está aplicando, está construyendo justamente aquello que se pretendía eliminar. En lugar de corregir la conducta, la refuerza o la sustituye por otra peor, como el miedo o la desconfianza hacia el propio dueño.
De ahí su advertencia principal, la que da título a su reflexión: el castigo mal empleado no elimina el problema, sino que lo fabrica. Una idea que obliga a replantearse por completo la forma en que muchas personas intentan educar a sus animales.
Qué es castigar de verdad y por qué no enseña nada
Para entender el error, el adiestrador empieza por aclarar qué es realmente castigar, un concepto que, asegura, casi nadie maneja bien. "No es lo contrario del premio", puntualiza, sino "añadir algo desagradable o quitar algo bueno".
Y ahí está, precisamente, la clave de su crítica. En ninguna de esas dos definiciones, subraya, aparece la palabra enseñar. "El castigo, solo, no enseña nada. Solo frena", sentencia el especialista, que insiste en que impedir una conducta no equivale, ni de lejos, a enseñarle al perro lo que sí debe hacer.
Ese matiz es fundamental, porque explica por qué un animal castigado una y otra vez no mejora su comportamiento: se le está frenando, pero no se le está mostrando ninguna alternativa. El perro sabe lo que no puede hacer, pero se queda sin saber qué se espera de él.
La diferencia entre un castigo y un límite
Frente al castigo, Álvaro López reivindica el concepto de límite, que considera algo muy distinto y mucho más útil. "Un límite es información con una salida: por aquí no, pero por aquí sí", explica, resumiéndolo en una imagen muy gráfica.
El adiestrador lo compara con la conducción: mientras el castigo es solo el freno, el límite es "freno y volante". Es decir, no se trata únicamente de detener al perro, sino de indicarle a la vez hacia dónde puede ir, ofreciéndole una conducta alternativa que sí sea aceptable.
El problema, según su diagnóstico, es que la mayoría de la gente se queda en la primera parte. "Solo frena y deja al perro plantado en mitad del problema, sin saber qué se supone que tiene que hacer", advierte. Sin esa segunda pieza, la de la salida, la corrección queda coja y el animal, desorientado.
Las tres condiciones que casi nadie cumple
Aun cuando se decide corregir, López señala que existen tres condiciones que deben darse a la vez para que la corrección tenga sentido, y que casi nadie respeta. La corrección, enumera, tiene que ser "inmediato, consistente y proporcionado. Las tres a la vez".
El adiestrador advierte de lo que ocurre cuando falla alguna de ellas, algo mucho más grave de lo que parece. "El perro no asocia el castigo con lo que hizo, te asocia a ti o al contexto", explica. Dicho de otro modo, el animal no relaciona la reprimenda con su conducta, sino con la persona que se la aplica o con la situación en la que se encuentra.
Ese es, según su experiencia, el origen de dos de los problemas más difíciles de tratar en un perro. "Ahí es donde aparecen el miedo y la reactividad", sostiene el especialista, que sitúa muchas conductas problemáticas no en el carácter del animal, sino en correcciones mal aplicadas por parte de sus dueños.
Por qué castigar el gruñido sale tan caro
Dentro de esos errores, Álvaro López pone el foco en uno especialmente delicado y frecuente: castigar al perro cuando gruñe. Es una reacción instintiva en muchos dueños, que interpretan el gruñido como una amenaza que hay que cortar de raíz, pero que el adiestrador considera un grave error.
La razón es que el gruñido cumple una función esencial: es un aviso. "No quitas el problema, quitas el aviso", resume el especialista. Al castigar ese gruñido, el perro aprende a no avisar, pero la incomodidad o el malestar que lo provocaban siguen ahí, con el riesgo de que el animal pase directamente a la mordida sin previo aviso.
Es, por tanto, uno de esos casos en los que el castigo no solo no resuelve nada, sino que agrava el problema y lo vuelve más peligroso, al privar al dueño de la señal que le permitía anticiparse.
Cómo debe ser un "no" para que signifique algo
Al final de su reflexión, el adiestrador explica cómo debería ser una corrección para que realmente funcione. Un "no", según describe, tiene que ser "tranquilo, firme, casi aburrido y siempre el mismo", muy lejos de los gritos y la tensión con los que muchos reaccionan.
La clave de esa serenidad la resume en una idea que apela directamente al comportamiento del dueño. "Tu perro no lee las palabras, lee tu estado", afirma, recordando que el animal percibe sobre todo la actitud y la energía de quien lo corrige, más que el término concreto que emplee.
De ahí su conclusión de fondo, que traslada la responsabilidad del cambio del perro a la persona. "El cambio siempre empieza por el guía", zanja el adiestrador, dejando claro que, antes de pretender modificar la conducta del animal, conviene revisar la propia forma de actuar.
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