[ Publicamos aquí la traducción de la introducción del libro de los dos autores, titulado 'Russia's imperialism. Capital and Ideology', publicado en septiembre de 2026 por Stanford University Press. En esta introducción, los autores explican el marco teórico y empírico de su enfoque y los puntos principales -con ejemplos- de su trabajo. Esperamos que este libro se traduzca al francés. – Nota de Ed. A l'Encontre ] ***
La invasión rusa de Ucrania el 24 de febrero de 2022 fue un acto de agresión no provocado que sumió al pueblo ucraniano en una inmensa tragedia y exigió sacrificios increíbles a sus defensores y defensoras. Fue, y sigue siendo, un misterio. El plan inicial de Rusia se basaba en suposiciones descabelladas. El Kremlin esperaba que la guerra terminara en diez días y ni siquiera había considerado otros escenarios. Los soldados rusos habían empacado sus uniformes de gala, preparándose para un desfile inminente por la avenida Khreshchatyk en Kiev. Muchos viajaban en camiones sin blindaje, con solo una delgada lona como protección contra las emboscadas terrestres y aéreas ucranianas.
Al segundo día de la invasión, Putin se dirigió directamente a las tropas ucranianas, instándolas a derrocar al gobierno civil. Los mensajes recibidos por los altos mandos militares ucranianos, que los instaban a rendirse, confirman que este llamado era serio y no una mera figura retórica. En definitiva, está claro que el Kremlin esperaba que una demostración de fuerza rápida y decisiva bastara para derrotar y someter a Ucrania, uno de los países más grandes de Europa tanto en superficie como en población [si bien experimenta un fuerte descenso demográfico desde 2021].
Pero el misterio que rodea la decisión de invadir va mucho más allá de las ilusiones del Kremlin sobre Ucrania y los ucranianos y ucranianas. Incluso si Putin hubiera logrado instaurar un régimen títere en Ucrania, transformando el país en una nueva Bielorrusia, no está claro qué habría ganado Rusia. Los lazos políticos, económicos, culturales y académicos con Occidente se habrían roto igualmente, limitando así el potencial de desarrollo de Rusia. Y Rusia se habría encontrado de nuevo en el centro de una nueva guerra fría, con una posición geopolítica y geoeconómica mucho más débil que en la era soviética. ¿Por qué provocar un conflicto multidimensional con un conjunto cuyo PIB es veinte veces mayor que el suyo?
El error de cálculo del Kremlin resulta aún más desconcertante si se tiene en cuenta que una serie de consecuencias contraproducentes ya se habían materializado desde que Rusia lanzó su agresión contra Ucrania en 2014. La anexión rusa de Crimea y su participación encubierta en la guerra del Donbás ya habían provocado que muchos ucranianos se volvieran en contra de Rusia; sin embargo, Putin seguía creyendo que cambiarían de opinión si sus líderes -en sus palabras, 'un grupo de drogadictos y neonazis'- eran destituidos[1].Además, las acciones agresivas de Rusia desde 2014 ya habían fortalecido el flanco oriental de la OTAN (y no al revés, como afirmaba Putin), lo que hacía que las consecuencias estratégicas de la invasión de 2022, como la adhesión de Finlandia y Suecia a la OTAN, fueran totalmente predecibles. En otras palabras, el Kremlin ajustó su estrategia perdedora apostando aún más fuerte por ella.
En este trabajo, buscamos contextualizar y explicar la agresión externa de Rusia. Creemos que merece el término imperialismo , que definimos como una política sistémica de coerción en las relaciones internacionales bajo condiciones de distribución de poder altamente asimétrica. La coerción contra un Estado más débil puede adoptar muchas formas: política, económica y militar. Por ejemplo, las acciones coercitivas de Rusia hacia Ucrania en el período postsoviético incluyeron la interferencia en las elecciones de 2004-2005; los cortes en el suministro de gas y manipulación de los precios del gas; los actos de corrupción y adquisición de activos económicos para establecer una base política en el país; las restricciones comerciales relacionadas con el intento de Ucrania de firmar el Acuerdo de Asociación con la Unión Europea en 2013; y la anexión de Crimea; la instigación y coordinación de levantamientos separatistas en Donbás; las operaciones de inteligencia y 'medidas activas'; y, finalmente, su invasión a gran escala del país en 2022[2]. Elementos de este repertorio de coerción se pueden encontrar en las relaciones de Rusia con otros estados postsoviéticos, incluidos Bielorrusia, Moldavia, Georgia y Armenia[3].
Desde el análisis fundamental de Lenin, el imperialismo se ha considerado a menudo en la literatura crítica como una etapa o período en el desarrollo del sistema capitalista global. Sin embargo, si bien Lenin definió el imperialismo la fase supeior del capitalismo', también reconoció la existencia de múltiples imperialismos en su época. En 1916, por ejemplo, describió el imperialismo ruso como 'mucho más tosco, medieval, económicamente atrasado y militarmente burocrático' que el imperialismo occidental. De manera similar, Trotsky formuló la 'ley' del desarrollo desigual y combinado basándose en el caso ruso, según la cual los Estados con diferentes niveles de desarrollo capitalista coexisten e interactúan dentro del mismo sistema internacional, lo que también influye en sus políticas imperialistas. Tanto Lenin como Trotsky sugieren que es de esperar que diferentes formas de imperialismo coexistan en un mismo período, desafiando así la idea de una única 'esencia' del imperialismo. Además, las dimensiones ideológicas y subjetivas del imperialismo obedecen a su propia lógica y causalidad, diversificando aún más sus formas y prácticas. En el caso del imperialismo ruso postsoviético, como veremos, la consolidación ideológica reviste especial importancia.
Un perspicaz editorial de la revista de tendencia izquierdista Salvage , publicado el 22 de abril de 2022, dos meses después del inicio de la invasión, afirmaba: 'La izquierda se ha burlado en gran medida de la insistencia estadounidense en la inminencia de un ataque ruso; por lo tanto, es hora de reevaluar la multiplicidad de actores imperialistas contemporáneos'. ['¿Alguien dijo imperialismo?: Ucrania entre analogías'] Sin embargo, el editorial continuó describiendo el imperialismo ruso como, en gran medida, un reflejo del imperialismo occidental. En este libro, pretendemos resaltar la especificidad del imperialismo ruso, así como sus implicaciones globales.
¿Lenin o Schumpeter?
En la década de 1910 tuvo lugar un importante debate, aunque indirecto, entre el pensador marxista Vladimir Lenin y el pensador liberal Joseph Schumpeter. En *El imperialismo, fase superior del capitalismo* , Lenin retomó el argumento del economista británico John Hobson (1858-1940), afirmando que la agresión imperialista y las rivalidades interimperialistas eran un subproducto necesario del capitalismo monopolista y sus contradicciones (a saber, la necesidad de encontrar salidas rentables para el capital excedente). Para Lenin, el imperialismo era un fenómeno esencialmente moderno vinculado al desarrollo del capitalismo. Además, radicalizó la postura de Hobson al afirmar que el capitalismo era irreformable y que, por lo tanto, las guerras interimperialistas eran inevitables.
En un extenso ensayo titulado Imperialismo y clases sociales [bajo este título se recopilan tres ensayos, escritos entre 1919 y 1927, y publicados en español por Tecnos en 1996], Schumpeter respondió a Lenin y a los demás marxistas de la Segunda Internacional proponiendo una reformulación de la tesis del doux commerce (comercio suave), característica del pensamiento liberal. Afirmó que el imperialismo no surge orgánicamente del desarrollo capitalista. El capitalismo canaliza las energías sociales hacia la industria, no hacia la guerra, y, en consecuencia, 'un mundo puramente capitalista […] no puede ofrecer un terreno fértil para los impulsos imperialistas'. Según Schumpeter, el imperialismo sobrevive en las sociedades capitalistas como un producto atávico de las estructuras sociales y las ideologías precapitalistas que persisten[4].
Tanto Lenin como Schumpeter admitieron cierto grado de flexibilidad en sus teorías. Como hemos visto, Lenin reconoció la importancia del legado de un Estado absolutista para el imperialismo, particularmente en el caso de Rusia. Schumpeter, por otro lado, reconoció que el imperialismo -si bien ajeno al capitalismo en su forma 'pura'- permitía una relación mutuamente beneficiosa entre los intereses del Estado y los del capital. De hecho, en su análisis de los monopolios capitalistas bajo el imperialismo, se acercó notablemente a los argumentos de los marxistas de la Segunda Internacional. Sin embargo, fundamentalmente, las posturas de Lenin y Schumpeter sobre la relación entre capitalismo e imperialismo seguían siendo diametralmente opuestas.
Comparar a Lenin y Schumpeter puede ayudarnos a reflexionar sobre el imperialismo ruso contemporáneo. ¿Son las tendencias imperialistas de Rusia un subproducto inevitable del desarrollo de su economía capitalista postsoviética? ¿O, por el contrario, son un legado perjudicial del pasado soviético e imperial, un fantasma ahora visible precisamente debido a la debilidad del desarrollo capitalista postsoviético de Rusia? Guiados por estas preguntas, examinamos fuentes tan diversas como estadísticas económicas y militares, discursos de Putin, escritos de intelectuales marginales de convicciones imperialistas-nacionalistas, encuestas de opinión y entrevistas con ciudadanos rusos comunes. También combinamos enfoques de la economía política y la teoría social. Las respuestas no son sencillas.
La tesis de Lenin contribuye significativamente a explicar el resurgimiento del imperialismo en la Rusia postsoviética. En la década de 2000, surgieron indicios de una crisis de sobreacumulación en la economía rusa. Los países postsoviéticos representaban un mercado particularmente atractivo para la inversión rusa, ya que ofrecían la oportunidad de reconstruir las cadenas de suministro de la era soviética bajo el control de empresas rusas. Además, constituían un territorio familiar para los líderes rusos y presentaban un gran potencial de crecimiento de mercado. De hecho, el imperativo de la expansión económica llevó al Estado ruso a adoptar una postura más agresiva hacia su 'extranjero próximo'. El Kremlin consideraba la coerción, en forma de medidas económicas, injerencia política y operaciones de inteligencia, como un medio para promover los intereses de las empresas rusas (muchas de ellas estatales). Incluso una intervención militar limitada podía enmarcarse dentro de estos objetivos económicos, como ocurrió durante la guerra de 2008 entre Rusia y Georgia, que, entre otras cosas, afectó a la participación de Georgia en el gasoducto Nabucco, que rodeaba a Rusia.
La explicación leninista, sin embargo, presenta limitaciones evidentes. Estas se derivan del lugar específico que ocupa la economía rusa dentro del sistema capitalista global. Desde su auge a principios de la década de 2000, el capital ruso ha ocupado una posición intermedia en las redes capitalistas globales. Si bien fue influyente y, en algunos casos, como en Bielorrusia y Armenia, dominante en los países postsoviéticos, también dependía de los centros capitalistas occidentales. Rusia desempeñó el papel de nodo regional en el proceso de acumulación globalizada. Cuando Gazprom recurrió a los cortes de suministro de gas para obligar a Moldavia y Ucrania a renunciar a su infraestructura gasística, los inversores occidentales en la cartera de la empresa, como BlackRock, obtuvieron tantos beneficios como los accionistas rusos, incluido el Estado ruso.
Al mismo tiempo, empresas como Gazprom adquirieron activos en Occidente, y sus propietarios y ejecutivos compraron lujosas residencias en Londres y enviaron a sus hijos a prestigiosas escuelas privadas. Esta combinación de poder y dependencia se resume en la noción de 'subimperialismo', desarrollada inicialmente por el economista brasileño Ruy Mauro Marini para definir el lugar de Brasil en el sistema capitalista global. No se refiere tanto a un conflicto de suma cero entre capitales nacionales en el sentido leninista, sino más bien a una jerarquía de las formaciones capitalistas.
La posición subimperialista de Rusia implica que los factores económicos por sí solos no pueden explicar (y, en realidad, se oponían) la ruptura abrupta con Occidente que se produjo tras la anexión rusa de Crimea en 2014. El impulso para abandonar esta posición subimperialista y entablar una confrontación total con Occidente solo pudo provenir de otro lugar, no de los imperativos de la acumulación de capital. ¿Qué ocurre entonces con la explicación alternativa schumpeteriana?
La obsesión del Kremlin con Ucrania sin duda lleva el sello de la antigua retórica imperial, revelando una continuidad entre pasado y presente. En un artículo publicado en 2021, pocos meses antes de la invasión, Putin describió a rusos y ucranianos como 'un solo pueblo' dividido por la hostilidad de los enemigos geopolíticos de Rusia. La representación de la identidad ucraniana como una invención de los servicios de inteligencia extranjeros fue, de hecho, un rasgo distintivo de la política de la Rusia imperial hacia Ucrania a principios del siglo XX. Los mitos y las obsesiones históricas parecen repetirse.
Pero la pregunta persiste: ¿cómo llegó esta forma particular de nacionalismo imperial a ejercer un dominio tan poderoso sobre un segmento influyente de la élite rusa, incluido el propio Putin? Surge aquí otro enigma. Si el pasado se manifiesta en el presente como una ideología imperial, ¿cómo es que su megalomanía y fanatismo reemplazaron al cinismo extremo característico de la élite rusa postsoviética? Después de todo, el marco analítico dominante para comprender la Rusia de Putin se ha centrado durante mucho tiempo en las nociones de corrupción y cleptocracia. Sin embargo, la secuencia de eventos que comenzó con la anexión de Crimea no encaja con esta concepción del Kremlin como una entidad estrictamente cleptocrática o interesada únicamente en losasuntos económicos. ¿Cómo ha llegado el mundo de las ideas a ser tan importante para el régimen ruso?
En este libro, sostenemos que la ideologización no ha sustituido simplemente al cinismo. Por el contrario, la nueva ideología imperial del Kremlin se basa precisamente en llevar al límite su visión cínica del mundo. Los años formativos de Putin como político coincidieron con un periodo en el que las ideologías estaban ampliamente desacreditadas y los 'ideales' se consideraban una broma. En este mundo de capitalismo aventurero, imperaba la ley de la selva.
Con el tiempo, Putin y algunos de sus allegados comenzaron a proyectar la experiencia rusa de acumulación primitiva en el escenario mundial. Tras haber vivido el 'capitalismo piraña' de la década de 1990 (la era de Yeltsin, presidente de 1991 a 1999), empezaron a presentar las relaciones internacionales como una lucha despiadada por la supervivencia, en la que solo una rápida demostración de fuerza podía evitar que un actor fuera aplastado por otro. El farol era sinónimo de debilidad, y la debilidad significaba la muerte.
Esta visión del mundo se radicalizó aún más tras la Primavera Árabe, las revoluciones de colores (Georgia, Kirguistán, Azerbaiyán, Armenia) en los antiguos estados soviéticos, las protestas de la oposición rusa de 2011-2012 y el levantamiento del Maidán en Ucrania. Al negarse a considerar que estos movimientos pudieran ser auténticas luchas populares, el Kremlin interpretó todas estas movilizaciones como un arma utilizada por Occidente contra sus adversarios, incluida Rusia. Siguiendo esta lógica, el Kremlin equiparó la supervivencia del régimen político con los intereses de seguridad del propio país.
El resultado fue que el cinismo generalizado del Kremlin ha adquirido un marco intelectual compuesto por nacionalismo imperial, estatismo conservador y teorías conspirativas. Estos tópicos ideológicos se han utilizado en la propaganda gubernamental, pero -en un fenómeno que el estudioso de las relaciones internacionales Jack Snyder [autor, entre otras obras, de Myts of Empire: Domestic Politics and Internayional Ambition , Cornell University Press, 1991] denominó 'efecto boomerang'- Putin y sus allegados han llegado a creerlos. Esto proporcionó la consolidación ideológica necesaria para llevar a cabo acciones tan audaces como la anexión de Crimea y la participación encubierta de Rusia en la guerra del Donbás.
Los acontecimientos de 2014 encaminaron a Rusia hacia una trayectoria completamente nueva, que finalmente condujo a la invasión de 2022, a la desvinculación económica de Occidente y a una transformación interna multifacética. En estos dos puntos de inflexión -2014 y 2022- los factores ideológicos han sido decisivos. En efecto, si bien no compartimos plenamente la explicación schumpeteriana, algunos de sus elementos resultan acertados: el imperialismo ruso desde 2014 ha demostrado ser contraproducente, en gran medida irracional y arraigado en los mitos históricos del imperio. Sin embargo, es la experiencia moderna de acumulación primitiva, así como los acontecimientos recientes como la Primavera Árabe (la presencia militar rusa en Siria desde 2015), los que han posibilitado la consolidación ideológica del régimen de Putin.
Rusia, entre otros
Existe, por supuesto, una tercera explicación posible, ni leninista ni schumpeteriana, sino 'realista ofensiva', de la cual el experto en relaciones internacionales John Mearsheimer es el defensor más (tristemente)famoso. Según esta perspectiva, el expansionismo ruso no es producto de acontecimientos internos (económicos o ideológicos), sino más bien una respuesta a la presión externa: una reacción perfectamente predecible que no depende de factores nacionales. Casualmente, esta es la propia opinión de Putin. En una entrevista con Tucker Carlson [un nacionalista libertario; la entrevista con Putin tuvo lugar el 6 de febrero de 2024], describió la política estadounidense hacia Rusia desde 1991 como 'presión, presión, presión'. ¿Qué se puede concluir de este argumento?
Es innegable que las tensiones entre Rusia y Estados Unidos no son exclusivamente atribuibles a Rusia. En 2002, por ejemplo, Estados Unidos se retiró unilateralmente del Tratado sobre los misiles antibalísticos, obligando a Rusia a desarrollar nuevas armas capaces de eludir las defensas antimisiles para mantener el equilibrio nuclear. La retirada estadounidense de este tratado tuvo profundas consecuencias estratégicas; además, coincidió con un período de acercamiento entre Rusia y Estados Unidos. En 2019, Bryce Farabaugh y Deverrick Holmes, del Centro para el Control de Armas y la No Proliferación, afirmaron: 'En retrospectiva, el abandono del tratado hace 17 años puede considerarse el punto de partida del colapso del sistema de control de armas y de las relaciones entre Estados Unidos y Rusia que seguimos presenciando hoy'.
En el ámbito de la estabilidad estratégica, como en otros, la política general de Estados Unidos hacia Rusia difícilmente puede caracterizarse como una de 'presión, presión, presión'. De hecho, Estados Unidos y la Rusia de Putin negociaron con éxito dos tratados nucleares: el Tratado de reducción de armas ofensivas estratégicas (2003) y el nuevo tratado START (2011). Además, Estados Unidos canceló la parte del plan europeo de defensa antimisiles que, en teoría, podría haber puesto en peligro el equilibrio nuclear al reducir la capacidad de ataque ofensivo de Rusia. En efecto, Estados Unidos -al igual que Rusia, hasta cierto punto- ha demostrado tener capacidad para negociar y hacer concesiones.
La espinosa cuestión de la expansión de la OTAN hacia el Este, que ha generado tanta controversia entre diversos autores que su huella es ahora visible desde el espacio, también debe examinarse sin recurrir a una retórica simplista. Es cierto que ningún gobierno ruso, y no solo el de Putin, habría acogido con beneplácito la ampliación de la OTAN, especialmente dado que las posibilidades de que Rusia se uniera a la OTAN siempre han sido prácticamente nulas.
Sin embargo, deben considerarse tanto las declaraciones públicas como los acontecimientos concretos sobre el terreno. En cuanto a las declaraciones públicas, la OTAN no declaró a Rusia adversaria hasta abril de 2014, tras la anexión de Crimea. En cuanto a los acontecimientos sobre el terreno, la OTAN no desplegó tropas de forma permanente en sus nuevos Estados miembros orientales hasta 2017, de nuevo, solo después de la agresión rusa contra Ucrania. Además, estas nuevas tropas sumaban apenas 4.500 soldados. Y mientras la OTAN se expandía hacia el Este, Estados Unidos retiraba gradualmente sus tropas de Europa, y los ejércitos europeos veían disminuir sus efectivos. Desde que Rusia lanzó su programa de rearme a finales de la década de 2000, el equilibrio militar convencional se ha inclinado a favor de Rusia, a pesar de la expansión de la OTAN hacia el este [1999: Polonia, Hungría, República Checa; 2004: Rumania, Bulgaria, Eslovaquia, Eslovenia y los Estados bálticos]. Esta tendencia solo se ha revertido tras la invasión de Ucrania por parte de Putin en 2022, pero difícilmente se puede culpar a la OTAN por ello[5].
En resumen, la evolución de las relaciones entre Estados Unidos y Rusia por sí sola no puede explicar las políticas imperialistas rusas. Para el Kremlin, sin embargo, estas políticas forman parte de una construcción ideológica específica, según la cual la antigua hostilidad occidental hacia Rusia ha resurgido en la determinación estadounidense (o 'anglosajona') de aplastar y desmantelar Rusia utilizando a Ucrania como ariete. Como bien señala Vladislav Zubok [de la London School of Economics], 'los mitos rusos no son solo una colección de mentiras y engaños. Un mito es una poderosa síntesis de hechos reales, pero sesgados. Los mitos de Putin, como todos los mitos, contienen fragmentos de verdad envueltos en interpretaciones interesadas y profecías autocumplidas'. La clave del misterio del imperialismo ruso, sobre todo después de 2014, reside en el funcionamiento interno del mito, aunque los acontecimientos concretos sin duda influyen al interactuar con la mitología del Kremlin.
Estabilidad y cambio
En su contundente análisis de las causas de la Primera Guerra Mundial, Christopher Clark ha escrito sobre la decisión de Austria de emitir un ultimátum a Serbia el 23 de julio de 1914: 'Decisiones de este tipo pueden adquirir una dimensión existencial, ya que prometen reinventar la entidad decisoria, moldeándola en algo que no era antes'. De manera similar, la fatídica decisión de Putin de invadir Ucrania el 24 de febrero de 2022 ha refundado Rusia.
Tres años después del inicio de la guerra, la economía rusa opera en modo de guerra total: el gasto militar en 2024 se estima en 149 mil millones de dólares, o el 7,1% del PIB. Contra todo pronóstico, el desacoplamiento económico de Rusia respecto a Occidente ha resultado posible. Si bien el comercio con la UE y Estados Unidos se ha desplomado, el comercio con China, India y otras importantes economías en desarrollo ha experimentado un auge. El desempleo se encuentra en su nivel más bajo en la historia de la Rusia postsoviética; de hecho, la escasez generalizada de mano de obra está ejerciendo presión al alza sobre los salarios. Al mismo tiempo, toda forma imaginable de disidencia está criminalizada, y el aparato represivo del régimen opera con monótona regularidad, imponiendo multas y encarcelando a personas por delitos como arrancar carteles de propaganda o criticar la guerra en conversaciones privadas denunciadas a la policía. Además, la ideología del nacionalismo imperial ruso se basa en una agenda extremadamente conservadora, que incluye la prohibición total de cualquier tratamiento de afirmación de género, así como cualquier mención pública de las cuestiones LGBTQ+. Si bien no son del todo nuevas, todas estas tendencias han alcanzado su punto álgido después del 24 de febrero de 2022.
Los acontecimientos observados en Rusia sugieren algo duradero: no se trata simplemente de una emergencia bélica, sino de los cimientos de un nuevo sistema político, una nueva economía y una nueva sociedad. Con el tiempo, estos cambios han cobrado impulso propio y podrían volverse irreversibles. Cuanto más se acostumbran los oligarcas a vivir ostentosamente en Dubái en lugar de Londres y a comerciar con Asia en vez de con Europa, menos incentivos tienen para intentar revertir las políticas antioccidentales del Kremlin. Y si bien los ciudadanos de a pie aún no han interiorizado por completo la ideología imperialista del Kremlin, se están sentando las bases para adoctrinar a una nueva generación de jóvenes rusos y rusas mediante cambios radicales en el sistema educativo. Cientos de miles de los individuos más comprometidos políticamente y opositores al régimen han abandonado el país; ya no representan un problema para el régimen. En cuanto a las y los miembros de la oposición que no se han marchado, son impotentes ante el vasto aparato represivo del régimen.
Sin embargo, la inestabilidad se vislumbra bajo la superficie. La economía sufre una inflación persistente. Solo los sectores relacionados con la guerra muestran crecimiento; las industrias civiles están estancadas o en declive. El gasto militar, al menos tres veces superior a los niveles de antes de la guerra, supone una pesada carga para las finanzas públicas. El levantamiento de Yevgeny Prigozhin en junio de 2023 también puso de manifiesto la fragilidad del modelo de gobierno en la sombra de Putin: lejos de ser un monolito perfecto, el sistema estatal ruso está plagado de alianzas corporativas, regionales y personales. En un contexto de gran agitación política o económica, es inevitable que surjan fisuras. No deseamos especular sobre el futuro de Rusia, pero tampoco creemos que esté predeterminado.
El imperialismo y la opinión pública rusa
Entre 2022 y 2024, el Laboratorio de Sociología Pública -un colectivo de investigación que incluye a uno de los autores de este libro- recopiló cientos de entrevistas con ciudadanos rusos comunes para reconstruir la actitud de la sociedad rusa hacia la guerra. Respecto a los 'nuevos territorios' de Rusia -es decir, las regiones ocupadas de Ucrania anexionadas por Rusia-, un entrevistado enfatizó: 'No soy ciudadano de estos territorios, no puedo considerarlos mi gente; no lo son. No son mis parientes, ni mi familia, no son mi gente'. Otro entrevistado, al ser preguntado sobre el servicio militar obligatorio, respondió: '¿Entonces ellos [la población de las 'repúblicas populares' del Donbás] vendrán aquí y yo iré a luchar en su lugar? No quiero'. Y una enfermera de un pequeño pueblo de los Urales afirmó: 'Los ucranianos son un pueblo aparte. ¿Por qué estamos luchando?'.
Estos resultados demuestran claramente que el Kremlin ha superado con creces a la mayoría de la sociedad rusa en su radicalización imperialista y nacionalista. La idea, expresada en el artículo de Putin de 2021, de que rusos y ucranianos constituyen 'un solo pueblo' aún no está muy extendida en la sociedad rusa, y los 'nuevos territorios' -con la excepción de Crimea- no son considerados por la mayoría como parte de Rusia. Por supuesto, también existen posturas decididamente nacionalistas e imperialistas. Para uno de los entrevistados, la guerra se trataba de 'restablecer el orden en nuestra provincia rebelde, que, por alguna razón, se cree un Estado'.
Sin embargo, estas opiniones son minoritarias. La mayoría de los rusos se muestran cínicos ante la retórica oficial del Kremlin y a menudo ven la guerra como un conflicto geopolítico en el que ninguna de las partes puede reclamar superioridad moral. Esta lógica, sin embargo, no excluye una aceptación pasiva de la guerra, que muchos han llegado a considerar inevitable. Además, una parte significativa de la población apoya la guerra, independientemente de los motivos de Rusia. Un entrevistado resumió esta postura de la siguiente manera: 'Es extraño estar del otro lado [a favor de Ucrania]. Bueno, porque estamos de este lado. Aquí es donde mueren nuestros seres queridos'.
A corto plazo, el Kremlin ha aceptado el escepticismo y la pasividad del pueblo ruso. De hecho, estos fueron precisamente los factores que inicialmente ayudaron a Putin a consolidar su poder en Rusia. El régimen de Putin gobierna mediante incentivos materiales, como altos salarios para quienes se unen al ejército y severas penas para la disidencia. Sin embargo, a largo plazo, el proyecto del Kremlin para Rusia -al igual que su proyecto para Ucrania- es profundamente ideológico. Putin ahora considera que su misión es 'reeducar' al pueblo ruso según principios conservadores y nacionalistas; en esencia, crear una nueva sociedad. La vasta maquinaria del Estado ruso se está reorientando progresivamente para lograr este objetivo.
En Rusia existe oposición al imperialismo, la cual se ha manifestado en acciones que van desde grafitis antibélicos hasta la quema de oficinas de reclutamiento. Sin embargo, hasta ahora, el Estado ha demostrado ser sumamente eficaz para desorganizarla, aislarla y reprimirla. La mayoría de los grupos de oposición organizados se han exiliado y atraviesan una profunda crisis. Cabe esperar que esta crisis interna de la oposición conduzca a una transformación y no sea su último aliento.
Implicaciones mundiales
El resurgimiento del imperialismo ruso está reconfigurando el mapa geopolítico y geoeconómico mundial. Con su primer ataque a Ucrania en 2014, el Kremlin puso en entredicho el proceso de desmilitarización en Europa iniciado después de 1989. Tras años de declive, el gasto militar de los miembros europeos de la OTAN ha aumentado de 235.000 millones de dólares en 2014 a 380.000 millones en 2024, alcanzando finalmente el objetivo del 2% del PIB largamente exigido por Estados Unidos. Durante el mismo periodo, el personal militar del bloque europeo de la OTAN pasó de 1,8 millones a 2 millones. Además, Alemania acordó en 2024 el despliegue de misiles estadounidenses de largo alcance no nucleares en su territorio. Otros países europeos, como Francia, Italia, Dinamarca, los Países Bajos, Finlandia y Polonia, planean adquirir o desarrollar sus propias capacidades de ataque en profundidad. El sistema de misiles estadounidense más avanzado que se desplegará en Alemania, el Arma Hipersónica de Largo Alcance (LRHW), tiene un alcance de más de 3.000 kilómetros y puede alcanzar no solo Moscú, sino también la mayor parte de la Rusia europea. La OTAN también está desarrollando nuevos corredores terrestres para desplegar rápidamente 300.000 soldados en su flanco oriental en caso de un conflicto militar con Rusia. En resumen, desde una perspectiva geoestratégica, la nueva guerra fría entre Rusia y Occidente está en pleno apogeo.
La diferencia evidente con respecto a la situación anterior a 1989 es que Rusia y sus aliados (a saber, Bielorrusia, Eritrea, Corea del Norte y, antes de la caída de Assad, Siria) representan solo el 3,5% del PIB mundial en paridad de poder adquisitivo, en comparación con el 10,5% del 'bloque soviético'. Además, la OTAN ahora tiene presencia en las inmediaciones de Rusia, en Finlandia, Suecia y los Estados bálticos.
Luego está la cuestión de China. Algunos observadores, incluido el presidente francés Emmanuel Macron, han calificado a Rusia de 'estado vasallo' de China. Cuestionamos esta afirmación. Si bien las opciones de comercio exterior de Rusia se ven ahora muy limitadas, China sin duda tiene ventaja en algunas negociaciones, por ejemplo, en lo que respecta al gasoducto ' Power of Siberia 2 '. Sin embargo, la relación general entre China y Rusia es de interdependencia, no de control y subyugación. Para China, que mantiene un conflicto latente con Occidente, permitir que Rusia flaquee significaría enfrentarse sola al bloque político y económico más poderoso del mundo. Solo por esta razón, un mínimo de apoyo económico y diplomático al Kremlin está prácticamente garantizado. Al mismo tiempo, un acercamiento excesivo a Rusia -por ejemplo, mediante una alianza militar formal- exacerbaría su propio conflicto con Estados Unidos. China prefiere gestionar este conflicto con cautela en lugar de arriesgarse a que se intensifique de forma imprudente
Estos cálculos determinan la política de China hacia Rusia, que incluye, por un lado, una intensa cooperación económica y la declaración de apoyo de Xi Jinping a Putin tras las elecciones presidenciales rusas de 2024, y, por otro lado, un cumplimiento parcial de las sanciones occidentales contra Rusia, particularmente en el ámbito financiero, así como la negativa a comprometerse con cualquier alianza militar. La cuestión principal aquí, que no se aborda en este libro, es la probabilidad de un conflicto más amplio -o incluso una escalada militar- entre China y Estados Unidos. ¿Acaso factores estructurales, como el choque entre dos poderosos centros de acumulación de capital, hacen inevitable tal escenario? ¿O su posibilidad depende de las acciones de actores específicos? Lo que está claro es que la invasión rusa de Ucrania en 2022 es un factor ligado a la acción humana que ejerce una presión adicional sobre las relaciones chino-estadounidenses.
Más allá del cambio en las posiciones estratégicas de las potencias mundiales, la invasión rusa de Ucrania ha puesto de relieve varias realidades geoeconómicas. En primer lugar, las sanciones occidentales, incluida la congelación de aproximadamente 300.000 millones de dólares en reservas del banco central ruso, han demostrado cómo las relaciones económicas pueden instrumentalizarse en el contexto de una economía moderna e integrada globalmente. En segundo lugar, la reacción de Rusia ha demostrado que un importante exportador de materias primas puede, de hecho, sobrevivir a una rápida desvinculación de Occidente redirigiendo su comercio hacia países no occidentales y adoptando una forma clásica de capitalismo de Estado. Estos dos hechos no han pasado desapercibidos para otras economías semiperiféricas importantes. Gita Gopinath, primera subdirectora gerente del FMI, ha afirmado recientemente que 'los flujos comerciales y de inversión se están redirigiendo según líneas geopolíticas'. La invasión rusa de Ucrania ha contribuido a este proceso tanto directamente como al mostrar a otros países lo que era posible.
El ataque a Ucrania no solo ha costado la vida a centenares de miles de personas, sembrando el caos y la devastación, sino que también ha impulsado una espiral de militarización y la creación de bloques dentro del sistema internacional. Por supuesto, el Kremlin por sí solo no podría haber provocado tal resultado; es consecuencia tanto de factores estructurales como de decisiones circunstanciales tomadas por otros gobiernos. Sin embargo, la contribución de Rusia a esta situación es real y sustancial. La intensa competencia entre imperialismos rivales es ahora un hecho innegable que exige tanto una reflexión teórica como una respuesta concreta por parte de los movimientos progresistas e internacionalistas.
Nuestra posición intelectual y política
Escribimos este libro como investigadores y activistas internacionalistas contra la guerra. Las preguntas que planteamos (¿Cuál es la naturaleza del imperialismo ruso moderno? y ¿Cuáles son sus fuerzas motrices? están sin duda vinculadas a los debates académicos en relaciones internacionales y en estudios rusos. Pero también son profundamente políticas. Nuestro interés en estas preguntas surge no solo de su lugar en el debate académico, sino también de su relevancia para nuestro compromiso político personal. Es precisamente porque estamos comprometidos políticamente con estos temas que deseamos profundizar nuestra comprensión del imperialismo ruso a través de la investigación empírica y la reflexión teórica. Ciertamente tenemos sesgos políticos, pero nos esforzamos por separar la observación objetiva del juicio subjetivo, de acuerdo con la máxima de Weber. En nuestra investigación para este libro, no teníamos respuestas preestablecidas. Seguimos el camino indicado por la teoría y los datos empíricos. Al mismo tiempo, creemos que nuestro compromiso político ha refinado nuestro juicio académico.
En este trabajo, nos centramos en los acontecimientos políticos, económicos, sociales e ideológicos de Rusia. Esto no se debe a que consideremos insignificantes los acontecimientos en otros países. Al contrario, nuestro énfasis en Rusia está directamente vinculado a nuestra concepción del imperialismo ruso como un fenómeno con causas internas propias, y no como una mera respuesta a las acciones de otros Estados y a los cambios en el sistema internacional, como proponía Mearsheimer. Además, al abordar Rusia, prestamos especial atención a la integración de fuentes ucranianas, ya que creemos que ofrecen una perspectiva epistémica privilegiada sobre el imperialismo ruso. Al igual que con los demás elementos de nuestro enfoque, nuestro objetivo es lograr un mejor análisis y comprensión del tema elegido.
07/09/2026
Ilya Budraitskis e Ilya Matveev
(Traducción al francés del equipo editorial de A l'Encontre basada en la introducción publicada por links.org el 22 de agosto de 2026)
Traducción corregida: viento sur
[1] Salvo indicación contraria, todas las traducciones son nuestras.
[2] Estas cuestiones se abordan en multitud de fuentes y son objeto de debates a lo largo de este libro. El análisis más exhaustivo de las relaciones ruso-ucranianas postsoviéticas se encuentra en la obra de Paul D'Anieri, Ukraine and Russia: From Civilized Divorce to Uncivil War , publicada por Cambridge University Press en 2019.
[3] Un análisis sistemático de los elementos coercitivos de la política exterior rusa en el espacio postsoviético puede encontrarse en Domitilla Sagramoso, Russian Imperialism Revisited: From Disengagement to Hegemony , Routledge, 2020.
[4] Esto se hace eco de la idea de Weber según la cual el imperialismo refleja la búsqueda de 'la gloria del poder sobre otras comunidades', una característica de las élites políticas (señores feudales, funcionarios modernos y burócratas) (Weber 1978, 911). Al mismo tiempo, a diferencia de Schumpeter, Weber no se adhirió a la tesis del doux commerce : no opuso el desarrollo capitalista a la expansión imperialista.
[5] Este análisis no pretende ser un comentario sobre la OTAN en sí misma, sino únicamente una caracterización de su política hacia Rusia. Por ejemplo, la reiterada afirmación de la OTAN de ser una 'alianza defensiva' es cuestionable, dadas sus operaciones ofensivas en los estados de la antigua Yugoslavia, Afganistán y Libia. Sin embargo, la postura estratégica de la OTAN después de 1991 no representaba una amenaza para Rusia. Como señala el informe de la RAND sobre el teatro de operaciones europeo de la OTAN, 'las fuerzas armadas de la OTAN se han reorganizado para centrarse en operaciones de estabilización y las fuerzas más ligeras pueden desplegarse con mayor facilidad fuera de su área de responsabilidad, en lugares como Afganistán'. En otras palabras, la OTAN se ha alejado de una guerra convencional con Rusia.
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