Pocas palabras han sido tan malinterpretadas a lo largo de la historia como "epicúreo". Convertido en sinónimo popular de vida disipada y búsqueda desenfrenada del placer, el propio Epicuro dejó por escrito una idea que desmonta esa imagen: "No es posible vivir placenteramente sin vivir prudente, honesta y justamente, ni vivir prudente, honesta y justamente sin vivir placenteramente".
Una frase escrita hace más de 2.300 años
La reflexión pertenece a la "Carta a Meneceo", uno de los pocos textos que se conservan del filósofo griego, escrito en el siglo III a. C. En ella, Epicuro añade una idea que completa el sentido de la frase: "Pues las virtudes son connaturales al vivir feliz, y el vivir feliz es inseparable de éstas".
Es decir, para Epicuro, placer y virtud no son dos caminos opuestos entre los que hay que elegir, sino que están entrelazados de forma indisoluble: no puede haber una vida verdaderamente placentera sin prudencia, honestidad y justicia, del mismo modo que no puede vivirse de forma virtuosa sin experimentar, como consecuencia, una vida placentera.
El filósofo se encarga de aclarar qué tipo de placer tenía en mente, precisamente porque intuía que su doctrina podía malinterpretarse. Imagen: IA
El placer que defendía Epicuro no era el que le atribuyeron después
En la misma carta, el filósofo se encarga de aclarar qué tipo de placer tenía en mente, precisamente porque intuía que su doctrina podía malinterpretarse: "Cuando decimos que el placer es el objetivo final, no nos referimos a los placeres de los viciosos o a los que residen en la disipación, como creen algunos que ignoran o que no están de acuerdo o interpretan mal nuestra doctrina, sino al no sufrir dolor en el cuerpo ni estar perturbados en el alma".
Y remata la idea con un ejemplo muy concreto: "Ni banquetes ni juergas constantes ni los goces con mujeres y adolescentes, ni pescados y las demás cosas que una mesa suntuosa ofrece, engendran una vida feliz, sino el sobrio cálculo que investiga las causas de toda elección y rechazo".
La prudencia, "más preciosa incluso que la filosofía"
Para Epicuro, la virtud que hace posible todo lo demás es la prudencia, a la que llega a considerar "más preciosa incluso que la filosofía", precisamente porque "de ella nacen las demás virtudes". Es esa capacidad de cálculo sereno, de sopesar las consecuencias de cada elección, la que permite distinguir qué deseos merece la pena satisfacer y cuáles conviene dejar pasar, evitando así que la búsqueda del placer termine generando más sufrimiento del que evita.
Una idea que sigue vigente hoy
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