'Peleamos por el boleto por ser militantes de la vida"

'Peleamos por el boleto por ser militantes de la vida"
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Category: Politics
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Pablo Díaz, sobreviviente de la Noche de los Lápices, revisa el sentido de aquella lucha estudiantil y su vínculo con la militancia. También habla de las desigualdades actuales, los discursos de odio y la libertad colectiva. Habla mucho más sobre el presente que sobre el pasado. Aun cuando sus charlas tienen como punto de partida un hecho que está cumpliendo medio siglo: el operativo represivo desplegado contra un grupo de estudiantes secundarios y militantes en La Plata, en septiembre de 1976. Como sobreviviente, denunciante y testimoniante, Pablo Díaz lleva su palabra a escuelas donde la conversación suele girar en torno a las complejidades que atraviesan las juventudes hoy. Memoria, identidad y futuro, o cómo hablar sobre la Noche de los Lápices en un contexto de precarización, soledad y discursos de odio. Sobre el futuro, dice que tiene 'una fantasía y un miedo'. La primera: 'Que cuando la naturaleza me lleve pueda volverlos a ver y preguntarles si, como la persona que sobrevivió, hice todo para que crecieran. Para que los conocieran, para que supieran lo que habían vivido pese a su corta edad'. ¿El miedo? 'Que cuando eso pase vuelva a ver a Claudia con 16 años y yo esté en mi vejez. Imagino que me agarraría de la mano y me diría que soy un boludo y nos iríamos caminando. Sé que viví para que ellos tengan nombres de escuelas. Para que haya adolescentes que los recuerden.' Pablo está sorprendido porque, en el marco del 50.° aniversario, lo llamaron para participar en actividades desde espacios como la Unión Trabajadores de Entidades Deportivas y Civiles (UTEDYC) o el club Estudiantes. 'Hay cosas nuevas', dice ante estas convocatorias inéditas. 'Lo atribuyo a la incertidumbre de la mayoría de la gente. Las charlas con los chicos hoy por hoy no son tanto sobre el contexto de la década del 70 ni sobre militancia partidaria, sino sobre su cotidieneidad. La memoria de la Noche de los Lápices la están llevando a la identidad de hoy', sostiene. –¿Cómo ves a esa juventud hoy? –Veo una clase social de jóvenes con herencia económica en las universidades, cuyas familias les pueden solventar seis o siete años de estudios, y una totalmente diferente en los barrios pobres del conurbano. Un gran divorcio entre esas instancias de clase social. Donde voy hay un chico que se suicidó por determinado conflicto social. Los centros de estudiantes en escuelas de los sectores más bajos tratan de que ningún compañero abandone o decida partir. Esa conflictividad es la que hoy plantean. Nada que ver con el contexto de los otros años. Es muy difícil el momento en el que estamos. –¿Cómo se aborda lo político en ese marco? –Hoy dicen: 'Me equivoqué. Voté porque mis papás me decían tal cosa y hoy están peor. Voté porque mi mamá hace 15 años que limpia casas. Lo pensé como algo nuevo. Ahora estoy defraudado'. En la escuela María Claudia Falcone, en Florencio Varela, hay un altar, una mesa donde las chicas le prenden velas. Les pregunto qué le piden: me responden que piden sobrevivir, expectativa de que les vaya bien. –¿Está presente la historia de Claudia? –La conocen y la llevan a la necesidad de ellos. Hace un año y medio me invitaron a la cárcel de Marcos Paz, a una charla con jóvenes que estaban completando la primaria. Cuando pasamos a las preguntas, uno de los chicos que venía de un instituto de menores levanta la mano. Había visto la película. ¿Cuál fue su pregunta? Si extraño a Claudia. ¿Qué vio de la Noche de los Lápices? Lo que nunca tuvo. Si el Estado le hubiese dado amor, si la sociedad le hubiese dado amor o hubiese tenido la posibilidad económica de consolidar un amor, ¿estaría ahí? No. ¿Y por qué no me preguntó sobre la violencia, las torturas? Porque es su cotidieneidad. La memoria la podemos llevar a una instancia de sensibilidad social y amor para que esa militancia de vida termine en una militancia política partidaria, pero identificando esos valores. –Hubo una primera reconstrucción de lo que pasó que se basaba en la corta edad que tenían ustedes y en el reclamo por el boleto estudiantil, sin profundizar en sus espacios de militancia. ¿Qué lectura hacés hoy de eso? –Hay una discusión intelectual académica de que el boleto no representaba la instancia ideológica de la revolución. Pero para pelear por un derecho en la calle tenés que tener sensibilidad social y amor. Peleamos por el boleto por ser militantes de la vida. El 14 de agosto de 1968, en Uruguay, hubo una manifestación por el boleto estudiantil y en la represión matan a Líber Arce. ¿Eran jóvenes sin ideología política? Se peleaba por el boleto para que nadie abandone la escuela. Porque aun en la educación pública hay un costo. En una charla conté la anécdota de que, a fines de 1974, en mi centro de estudiantes votamos entrar desnudos a la escuela porque, si nos teníamos que vestir, teníamos que comprar. Había un costo. La educación pública tiene un costo. La lucha por el boleto fue una instancia gremial, política y social, no nació de un repollo. –¿Cómo había nacido esa militancia estudiantil? –En 1974, en La Plata, hay una migración de países limítrofes: Paraguay, Bolivia, Perú. Eran familias campesinas. Cuando los adolescentes de esas comunidades que vivían en los asentamientos de la periferia del centro urbano entraron a las escuelas nuestras, nos contaron que sus padres no sabían leer y escribir. Entonces dijimos: 'Podemos ser alfabetizadores'. ¿Qué nos pasa cuando vamos a una casilla de madera, piso de tierra, baño externo y siete personas durmiendo en una pieza? ¿Qué descubrimos los del centro urbano de clase media? Descubrimos la pobreza. Tuvimos vergüenza de la pobreza. Cuando tenés vergüenza de la pobreza, tenés los valores esenciales de la militancia. –¿Cómo impactan en las juventudes de hoy los discursos de odio? –Me preocupa. Si naturalizamos la violencia, el insulto, el odio, también lo pueden tomar los jóvenes. Hablamos mucho de la libertad, porque me preguntan. Yo les digo que creo en la libertad colectiva. Les pregunto: ¿quieren que sus abuelos sean felices? ¿Que sus padres sean felices? Eso es la libertad colectiva. Libertad individual es cuando no querés a nadie. –Además de la libertad, enfatizás la importancia del amor. ¿Por qué? –Yo me enamoré de Claudia en un campo de concentración. Cuando les digo esto a los chicos, abren grandes los ojos. Les digo: ahí encontré parte de una vida bella. Que existe en el amor, en el otro. Jack Fuchs, sobreviviente de Auschwitz, dijo que se había enamorado de quien le servía agua. Un chico que escuchó un testimonio mío en Europa me mandó una carta diciendo que en Gaza se había enamorado de la enfermera que lo cuidaba tras un bombardeo. Todos encontramos particularidades de la belleza de la vida en el amor. Ahí está la militancia de la vida. Claudia tendría que haber tenido el derecho de vivir. ¿Por qué voy a eso hoy? Porque es la rebeldía de hoy. Es el amor. No es el odio. Creo que todo eso está en la Noche de los Lápices. Son historias de amor de adolescente, de necesidad de protección, de encontrar con quién poder crecer. Etiquetado La Noche de los Lápices

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