Emilce Moler es una de los cuatro sobrevivientes de la Noche de los Lápices. Tenía 17 años y, como los demás, militaba en la UES. Cómo es la vida después del horror.
Emilce Moler es una de las sobrevivientes de la Noche de los Lápices. La madrugada del 17 de septiembre de 1976 fue detenida en su casa de La Plata. Tenía 17 años, estudiaba Bellas Artes y era militante de la Unión de Estudiantes Secundarios (UES). En su libro La larga Noche de los Lápices. Relatos de una sobreviviente (2020), cuenta que el verano previo a su detención se despidió de su bikini turquesa cuando sintió, mientras se bañaba en las orillas de Mar del Plata, que sería detenida. Pasó por el Pozo de Arana y por el Pozo de Quilmes, hasta que la llevaron detenida a la Cárcel de Devoto y fue liberada, bajo vigilancia, en abril de 1978. Emilce tuvo que reconstruir su vida luego del infierno, y decidió estudiar el profesorado de Matemática en la Universidad Nacional de Mar del Plata. También es magíster en Epistemología y doctora en Bioingeniería por la Universidad Nacional de Tucumán. Y es, además, una ávida lectora. En esta entrevista con Caras y Caretas repasa su vida después del infierno.
–¿Cómo fue ese proceso de empezar a escribir tu historia y qué significó para vos?
–Yo nunca escribí, tenía una buena oralidad para narrar los hechos y mucha lectura de ficción y literatura, pero nunca escritura. Cuando tenía que escribir algo les pedía a mis hijos que lo hicieran. Ellos me decían que tenía que escribir pero yo sentía que no podía. Y por supuesto que estaba pendiente escribir mi historia, quería que les quedara a mis hijos y a mis nietas. Cuando vino el macrismo, con ese espíritu de resiliencia que tengo, empecé a ir al taller de escritura de Juan Carrá. De a poquito me sacó el velo de los ojos y una vez que arranqué, no paré más de escribir. A él le llamaba mucho la atención el nivel de detalle con el que recordaba algunas cosas.
–¿Tenés una memoria privilegiada o ese nivel de detalle lo relacionás a la intensidad del momento que estabas viviendo?
–Yo creo que sí porque no soy tan así en otras cosas, así que yo creo que sí. El último baño que me doy en el mar, en enero del año 76, que lo cuento en el capítulo de 'Adiós a la bikini', lo recuerdo y era muy fuerte lo que veía. Cada vez que me meto al mar me acuerdo de ese momento. Todo eso lo vivía con una intensidad que después no sé si lo volví a vivir, porque me pasa ahora que quiero acordarme algo de la infancia de mis hijos y no me acuerdo.
–¿Cómo fuiste resignificando tu experiencia de la militancia y tu mirada de esa época con el paso del tiempo?
–Yo trato de mostrar que era una cuestión de un devenir lógico de unas actividades, no era una cosa heroica ni nada. Y eso también permite ayudar a la comprensión política, porque si éramos unos superhéroes, unos elegidos, no era para todos, ¿no? Y no, la militancia y la participación política es para todos. Vivimos una situación adversa, pero éramos comunes. No es falsa modestia, porque yo considero valioso mi accionar durante la detención y durante todo mi cautiverio. Y cuando salí considero que sí que tuve exposiciones, no sé si heroicas, pero por lo menos dignas, que no es poca cosa en ese momento. Y eso siempre me dio mucha tranquilidad después. Yo más de una vez me quise alejar de la militancia. Intenté por todos los medios pero ella no se alejó de mí. Te juro que decía 'no me meto nunca más en nada'. Y en 1982, plena dictadura, estaba armando el Centro de Graduados de Ciencias Exactas.
–¿Cómo recordás el período posterior a tu salida de Devoto con el régimen de libertad vigilada?
–La libertad vigilada en Mar del Plata tenía un grado de inconsciencia interesante. Yo en ese momento no estaba preocupada. Pero no sentía tanta opresión, había salido del infierno, entonces, yo que podía ir a la playa aunque tuviera un tipo ahí atrás estaba contenta. Lo veía en todas las marchas, y hasta entrada la democracia, siempre estaba el tipo de la SIDE. Fuera del ámbito de las marchas también me lo cruzaba. Hace un tiempo le pedí a la Comisión Provincial por la Memoria qué datos, qué información había sobre mí, y es muy loco porque antes de mi detención no hay nada. Todo lo que hay es posterior a mi detención y hay información mía del año 98. Ese año en Mar del Plata se fundó H.I.J.O.S. y se hizo una tallarinada. Parte de mi indemnización se la doné a H.I.J.O.S. Y está escrito en esa tallarinada y en el escrito de la Dirección de Inteligencia de la Policía de la Provincia de Buenos Aires aparece que participé activamente en la tallarinada de la creación de H.I.J.O.S. ¡Tremendo! Hasta el 98 estuvieron ahí. Y después, en 2006, declaré contra Etchecolatz y empecé a recibir amenazas fuertes. Y ahí tuve otra vez custodia y monitoreo permanente por parte de la policía, que me molestaba terriblemente. Y ahí la historia fue muy complicada, pero había desaparecido López.
–¿Cómo fue tu trabajo junto al Equipo Argentino de Antropología Forense en la identificación de huellas y restos?
–Siempre tuve muy buena relación con el equipo y además, tenía muy buena memoria. Siempre digo que con el EAAF yo me di cuenta lo que era ser sobreviviente, porque el sobreviviente hace un aporte único. Una vez, al pasar, comenté en el EAAF que recordaba que una detenida tenía un pantalón de corderoy, y me repreguntaron por eso. Entonces comenté que me acordaba que tenía un pantalón de corderoy y una remera de jersey rosa. Y ahí me comentaron que era fundamental: la ropa tarda mucho en degradarse y aparecen vestigios de cosas. Fue fuertísimo para mí eso. Si bien no son probatorias totalmente, colaboran a encontrar personas. Justamente, al principio, con las primeras computadoras y bases de datos, yo los asesoraba por mi profesión y una vez ellos tenían huellas dactilares muy borrosas y se enteraron de que yo trabajaba con imágenes entonces me trajeron unos dactilogramas que habían encontrado de algunos detenidos. Estuve dos años trabajando en esas imágenes, huella por huella, pedacito por pedacito, pero aparte tuve que aprender dactiloscopia porque, y esto es de película, mi papá era policía y, básicamente, él se había dedicado a la dactiloscopia. Mi viejo vivía en ese momento, así que trabajamos junto a mi papá y uno de los chicos del EAAF durante dos años, después se las presentamos a los jueces para que los peritos dactiloscópicos correspondientes vieran si podían hacer una identificación. Hubo dos casos de identificación, pero uno fue el más importante porque se logró identificar a una mujer que tenía documentos falsos, que es la mamá de Manuel Gonçalvez. Entonces a partir de las huellas de la mamá de Manuel se supo que esta mujer tenía un hijo y ahí se consiguió la restitución. Etiquetado La Noche de los Lápices
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