Las deudas, el desempleo y la incertidumbre no solo afectan el bolsillo: están empujando a más misioneros a consultar por ansiedad y estrés. Una coordinadora de salud mental explica qué hay detrás de este fenómeno y por qué la salida no está en las pantallas ni en las apuestas...
La crisis económica no solo golpea el bolsillo de los misioneros. Deudas, desempleo e incertidumbre laboral se están convirtiendo en un caldo de cultivo para la angustia, la ansiedad y el aislamiento, según advierten especialistas de la provincia. El problema, explican, no es solo la falta de dinero, sino cómo esa situación deteriora los vínculos, el sentido de pertenencia y las herramientas para afrontar la adversidad.
Natalia Falcone, coordinadora de la Comisión para el Abordaje y Prevención del Suicidio en Misiones; Mirna Corach, directora de Salud Mental de la Provincia; y Cristina Guillan, de la ONG Defender la Vida, analizaron en una entrevista cómo se combinan estos factores con otras transformaciones sociales, como el uso excesivo de pantallas y la búsqueda de satisfacción inmediata.
La economía impacta, pero no explica por sí sola
Cuando una familia pierde poder adquisitivo, contrae deudas o no llega a cubrir sus necesidades básicas, el malestar suele atribuirse exclusivamente a la falta de dinero. Sin embargo, las especialistas remarcan que reducir el problema a lo económico puede ocultar procesos más profundos que se disparan en cadena.
'La pérdida de trabajo deja a la persona, la aísla de su red social, la aísla de su comunidad, le genera vergüenza. O sea, hay toda una serie de cuestiones en cascada', explicó Falcone. 'Por eso creo que más que la situación económica por sí sola como tal, sino todo lo que implica la pérdida de trabajo, el no sentirse parte de una comunidad'.
El riesgo no está solo en la deuda o en el recorte de ingresos, sino en lo que eso provoca: perder la rutina, reducir los encuentros sociales, sentir vergüenza, evitar pedir ayuda o sentir que se perdió un lugar dentro de la familia o del barrio. A eso se suma la comparación constante con modelos de consumo que muestran bienes, cuerpos y viajes inalcanzables, una exposición que profundiza la sensación de no llegar a los estándares impuestos.
Ansiedad, irritabilidad y dificultades para sostener la rutina
Corach señaló que en los últimos años, sobre todo después de la pandemia, crecieron las consultas por cuadros de ansiedad que dejan de cumplir una función adaptativa y empiezan a interferir en la vida diaria. 'Esta ansiedad, cuando se vuelve patológica, cuando me impide a mí realizar mis tareas, me quita el sueño, me pone agresiva, irritable, no está bien. Es por ahí como síntoma que aumentó muchísimo pospandemia', detalló.
Las especialistas aclararon que sentir preocupación tras perder el empleo o no saber cómo pagar los gastos es esperable. El problema aparece cuando ese malestar se prolonga y afecta el funcionamiento cotidiano: cuando la persona ya no puede levantarse, desayunar, trabajar, llevar a los hijos a la escuela o socializar. En esos casos, sostienen, hay que activar una señal de alerta y buscar acompañamiento profesional.
Pantallas, infancia y frustración: aprender a atravesar el malestar
El uso de pantallas también atraviesa la salud mental, especialmente en la infancia y la adolescencia. No se trata de demonizar la tecnología, sino de ver qué lugar ocupa cuando desplaza el juego, el movimiento, el aburrimiento y la conversación cara a cara, experiencias necesarias para construir vínculos.
Guillan advirtió que las pantallas pueden ocupar espacios antes destinados a la palabra, la mirada y la proximidad con otros. Así, una persona puede estar permanentemente conectada y, al mismo tiempo, sentirse aislada.
Falcone puso el foco en el aprendizaje de la frustración: 'A frustrarse uno aprende desde chiquito. Esperamos, aprendemos a esperar la comida, aprendemos a esperar el turno, aprendemos a esperar la escuela. Pero hoy en día parece que está mal frustrar a los hijos, decirles: 'No, esperá, ahora no puedo''.
El aburrimiento, la espera, la posibilidad de perder y los límites también forman parte de las herramientas emocionales. Cuando cada incomodidad se resuelve al instante con una pantalla o una respuesta adulta, el niño pierde la oportunidad de buscar alternativas, imaginar, crear o tolerar la demora. Incorporarlos a tareas familiares, juegos, deportes o responsabilidades acordes a su edad no solo implica movimiento físico: los hace sentir parte activa de una familia, una escuela, un club o un barrio.
De las deudas a las apuestas: la búsqueda de una salida rápida
Otro fenómeno ligado al malestar económico es el crecimiento de las apuestas online. Apostar desde el teléfono puede aparecer como una supuesta vía para conseguir dinero rápido frente a una situación financiera complicada. Pero Falcone fue contundente: 'Resolver un problema a través de las adicciones es una manera ineficaz de resolverlo. Cualquier tipo de adicción, ya sea a una sustancia o al juego o una adicción comportamental. Entonces, ¿qué pasa? La persona termina en un problema más grande'.
El juego empieza como un intento de escapar del malestar o de resolver una deuda, pero termina agravando el problema. Algo similar ocurre con el consumo compulsivo de alcohol, otras sustancias o entretenimientos para evitar emociones desagradables.
El aislamiento y la pérdida de pertenencia
Las tres referentes pusieron énfasis en el deterioro de los vínculos significativos. Estar rodeado de gente o conectado a las redes no implica sentirse acompañado. Falcone mencionó la 'pertenencia frustrada': la sensación de estar rodeado de personas pero sin una verdadera cercanía, escucha o integración. La falta de contacto y de espacios para expresar el malestar puede profundizar el sufrimiento.
La comunidad aparece así como un recurso de protección clave. Contar con alguien con quien hablar, pedir ayuda o reorganizar recursos puede cambiar la forma de afrontar una crisis. Las especialistas también notaron un aumento de consultas: las mujeres y los jóvenes piden asistencia con mayor predisposición, mientras que los hombres adultos todavía resisten por el estigma.
El desafío, coinciden, no es eliminar la angustia, la frustración o la tristeza, que son parte de la vida. La alarma se enciende cuando la persona deja de sostener su vida cotidiana, se aísla o pierde la capacidad de encontrar recursos para afrontar el problema.
Para situaciones de conducta suicida, la Comisión difundió la línea de atención en crisis 3765481000, disponible las 24 horas, además del 911 para emergencias. El sistema público provincial también cuenta con Guardia Unificada, atención de demanda espontánea, dispositivos de Salud Mental y Adicciones y profesionales en distintos CAPS.
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