Hay algo que no cierra en esta Manon Lescaut . No es Puccini. Es el lugar, es la acústica y, sobre todo, la decisión artística.
Porque cuando una institución cultural nacional programa una ópera de semejante exigencia en el Auditorio Nacional del Palacio Libertad, obliga a preguntarse por qué se eligió una sala que necesita amplificación para aquello que en el Teatro Colón ocurre naturalmente: un cantante que emite y una sala que responde.
Y obliga a una pregunta todavía más incómoda: ¿Por qué una institución nacional vuelve a mirar hacia afuera, cuando Argentina tiene cantantes capaces de cantar Puccini en los grandes teatros del mundo?
La discusión, entonces, no es solamente Manon Lescaut .Es qué entendemos por cultura nacional.
Argentina no carece de cantantes.Todo lo contrario. Los exporta.
Los argentinos cantan en los grandes teatros del mundo. Son convocados por compañías europeas, participan de festivales internacionales, asumen roles de enorme exigencia y construyen carreras que muchas veces son reconocidas mucho antes en el extranjero que en su propio país.
Por eso resulta difícil no hacerse una pregunta que puede incomodar a más de uno:¿Realmente no había cantantes argentinos para hacer esta Manon Lescaut ?¿Ninguno? ¿Ni una soprano? ¿Ni un tenor? ¿Ni un barítono? ¿Ni un bajo? ¿Ninguno de los tantos artistas que han hecho de la lírica argentina una tradición reconocida internacionalmente?
Si la respuesta es que no los había, sería necesario explicarlo. Y si la respuesta es que sí los había, entonces la pregunta es todavía más incómoda: ¿por qué no fueron convocados? Porque contratar artistas extranjeros no está mal. La ópera es universal.
Pero cuando lo internacional se convierte en fetiche y lo nacional queda relegado al papel de espectador de su propia casa, algo empieza a hacer ruido. Y bastante. DEL COLÓN AL AUDITORIO NACIONAL: DOS MUNDOS ACÚSTICOS
Quien haya escuchado una ópera en el Teatro Colón conoce la diferencia. En el Colón, el cantante lírico no necesita micrófono para llegar a la sala. Emite. Proyecta. La voz sale del cuerpo y encuentra en la arquitectura del teatro su caja de resonancia. No hay una prótesis electrónica entre el cantante y el espectador. Hay una voz. Una orquesta. Una sala. Y una acústica que permite que esos elementos respiren juntos.
El Auditorio Nacional pertenece a otra realidad: Y no hay nada malo en reconocerlo. El problema comienza cuando se pretende llevar allí una ópera integral en concierto sin asumir plenamente las consecuencias acústicas de esa decisión.
Si la sala no permite que las voces se proyecten naturalmente sobre una orquesta de las dimensiones requeridas por Puccini, hay que amplificar. Pero amplificar no es solucionar el problema acústico. Puede, incluso, ponerlo en evidencia. Porque una amplificación mal resuelta no produce claridad: produce volumen. Y el volumen no es definición.
El resultado puede ser una pérdida de nitidez, una mezcla de planos, voces que pierden su individualidad, una orquesta que invade el espacio vocal y, sobre todo, una reverberación que se vuelve difícil de controlar. Y ahí aparece el verdadero peligro.
La reverberación comienza a comerse la música. Las frases no terminan cuando deben terminar. Los ataques se superponen. Las consonantes desaparecen. Las voces pierden contorno. La orquesta deja de tener transparencia. Y el oído del espectador recibe no una arquitectura sonora sino una masa reverberante en la que todo parece suceder al mismo tiempo.
Para una obra como Manon Lescaut , eso no es un detalle técnico. Es un problema artístico. Puccini necesita intensidad, pero también necesita precisión. Necesita que la voz tenga filo. Que una frase tenga dirección. Que una palabra llegue. Que el espectador pueda seguir el drama. Porque una ópera no consiste simplemente en que los cantantes y la orquesta produzcan sonido. Consiste en que ese sonido produzca teatro. Y cuando la reverberación es excesiva, el teatro se empieza a perder.
Por eso resulta legítimo preguntarse: ¿Era el Auditorio Nacional la sala adecuada para una Manon Lescaut integral en concierto? Y si la respuesta era sí, entonces correspondía preguntarse antes: ¿Cómo se iba a resolver acústicamente? No después. No durante. No cuando el público ya está sentado. Antes. Con pruebas. Con especialistas. Con una planificación sonora acorde con las exigencias de una partitura que no perdona la falta de definición. Porque el Colón tiene algo que aquí no puede darse por descontado: una acústica que permite que un cantante sea cantante y no una fuente sonora amplificada. Y esa diferencia es enorme. EL PROBLEMA NO ES HACER ÓPERA
Que nadie desvíe la discusión. Hay que hacer ópera en el Palacio Libertad. Hay que hacerla en Buenos Aires. Hay que hacerla en todo el país. Hay que llevar grandes títulos al público.
Pero una política cultural seria no consiste en llenar una sala con un título famoso. Consiste en preguntarse qué se quiere construir. Si el Palacio Libertad pretende ser una institución cultural nacional, debería tener una política lírica. Y una política lírica supone producir. Formar. Convocar. Dar oportunidades. Generar repertorio. Poner en diálogo a artistas argentinos con artistas internacionales. No simplemente importar el producto terminado. Porque una institución pública no debería limitarse a exhibir cultura. También debería producirla. Y eso incluye producir carreras. Y LOS CANTANTES ARGENTINOS, ¿CUÁNDO?
Aquí es donde Manon Lescaut deja de ser solamente una ópera. Se convierte en un espejo. Y en ese espejo aparece una contradicción difícil de disimular:
Argentina tiene una de las tradiciones líricas más importantes de América Latina, tiene un teatro como el Colón, tiene una enorme cantidad de músicos y cantantes de primer nivel y, sin embargo, cuando una institución nacional programa Puccini, la pregunta vuelve a ser:
¿Dónde están los argentinos? No se trata de cerrar las puertas a los extranjeros. Se trata de abrirlas también —y de verdad— a los propios. Porque si un cantante argentino puede triunfar en Madrid, Milán, París, Viena o Nueva York, resulta francamente extraño que en Buenos Aires tenga que esperar una oportunidad mientras desde una institución nacional se mira hacia afuera.
La ópera es universal. Pero los recursos son nacionales. Y una institución nacional tiene derecho —y acaso obligación— de preguntarse cómo devuelve esa inversión a los artistas de su propio país.
El asunto, finalmente, no es contra los cantantes extranjeros. Es a favor de los argentinos. Y tampoco es contra el Auditorio Nacional. Es a favor de una programación que tenga en cuenta las características reales de cada sala.
Porque Puccini merece una buena orquesta. Los cantantes merecen poder cantar. Y el público merece poder escuchar.
Escuchar de verdad. No simplemente recibir sonido. Y una institución cultural nacional debería aspirar a algo más que eso. Debería tener una idea. Una política. Un criterio.
Porque si no sabemos para qué hacemos Manon Lescaut , con quién la hacemos y en qué condiciones acústicas la hacemos, entonces quizás la pregunta más incómoda de todas no sea quién canta Manon. Sea: ¿Quién decidió hacerla así?
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