Volver a escribir

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Category: Entertainment
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Hay una imagen que se me quedó muy grabada: cuando conocí a un hombre prestigioso en la industria editorial internacional me contó su historia. Comenzó como lector, quiso ser académico, escribía un poco… Le pregunté si alguna vez consideró ser escritor y dijo que no, porque a él solo le gustaba escribir. Tú, en cambio, no puedes vivir sin escribir, me dijo, y sentí que sabía algo de mí que ni siquiera yo había podido poner en palabras. He tenido muchos encuentros y desencuentros con la escritura a lo largo de mi vida. Empecé pronto: encontré en un libro la clave de lo que me parecía sencillo de lograr, contar una historia que representara una idea. Imité de inmediato. Eso me trajo una atención incómoda y una etiqueta en el entorno familiar que no me terminaba de gustar. Me irritaba, de hecho. Dejé de escribir. Lloraba de rabia si me decían que sería escritora, o que lo que hacía mejor era escribir. Al día de hoy no entiendo por qué, pero entré en ese conflicto: me resistía a hacerlo, pero tampoco podía dejarlo. Quería ser otra cosa, tener una definición de mí que se sintiera más amplia, menos impuesta, una certeza más que una presión. Hice mi primer cuento en secundaria. Me incorporé a grupos literarios. Participé en revistas y blogs. Pero no me tomaba en serio porque buscaba una señal en el sitio equivocado: quería que alguien me dijera que realmente era buena y que ese era un camino que debía perseguir. Pensé que esa confirmación tendría que venir de un profesor, un editor, un premio, una beca. El mensaje no llegó nunca en la forma que yo esperaba, o llegó diferido, o no supe leerlo. La realidad es que mi expectativa era ridícula. Pienso en la niña y la adolescente que fui con mucho dolor y cierta compasión, evito mirarla, pero hay algo que desearía que toda niña y adolescente supiera: no hay señal afuera, viene de ti, escúchate; no necesitas saberlo todo, solo poder distinguir entre lo que se siente bien, lo que se siente mal y que a veces lo desagradable es necesario y lo agradable es engañoso. No podrás corregir todos tus errores, pero aprender a vivir con ellos sí. Y no se necesita mucho más. Pienso en todo eso ahora que tengo cuarenta años, que han pasado muchas cosas y sigo tan confundida como a cualquiera de mis otras edades. Pero hay algo que nunca cambia: siempre quiero escribir. Y no importa cuánto tiempo deje de hacerlo, o por qué, siempre puedo volver, y cada regreso se siente igual: aterrador y reconfortante.

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