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El miedo está en el aire, como estaba el amor en aquella canción tontorrona de los setenta. El miedo está rondándonos y diría que su acecho se ha precipitado este verano. ¿Tú no tienes miedo?, me han preguntado varios amigos de esa manera tímida en la que expresamos algo que no queremos reconocer. ¿Tenemos miedo? Escuché en un coloquio a Antonio Scurati, el autor de la monumental M, la gran novela sobre Mussolini, referirse al miedo como la similitud principal de aquellos años a estos. Eran los tiempos en los que el pueblo solo se identificaba con los colores fuertes, el rojo, el negro, en los que se esperaba que alguien conectara con la peor parte de los italianos, las entrañas, la tripa, ahí de donde brota el miedo, el descontento, la desilusión, el abandono, la traición. Es la misma apuesta, dice Scurati, que hoy hace la extrema derecha. La agitación del miedo es tan peligrosa que suele convertirse en un sentimiento estéril. ¿De qué nos sirve el miedo si somos incapaces de percibir cómo los destructores de nuestra convivencia están colonizándonos la mente? Esto no nos impresiona, nos entregamos a diario a su poder, usamos las redes o la inteligencia artificial (IA) como si nuestros actos no estuvieran per se reñidos con una resistencia cívica en la que quisiéramos creer y que por el momento solo desahogamos en stories de Instagram. Somos como el sindicato vertical: alimentamos al poder. Y entre incendios y guerras híbridas, el artículo de Timothy Garton Ash ¿Nos encaminamos a un Hiroshima de la IA? quedó sepultado este verano. Su grito de alarma no provocó ni un solo comentario en esas incontables tertulias que pueblan el espacio mediático. Lo que no se comenta, no existe. Advierte Garton Ash de una posible tragedia provocada por una IA sin regulación, algo inminente. Lo que provoca escalofríos, según el autor, es que tal vez sea esa la única forma en la que reaccione el poder, o nosotros, o ni tan siquiera eso si es que la hecatombe nos pilla tan lejos como para no sentir su sacudida.
De esto escribía la historiadora Margaret MacMillan en una reflexión publicada por The New York Times, Un nuevo orden está por venir. No estamos preparados: 'Mientras pedimos a la IA que piense por nosotros, nos diga cómo entrenar a la mascota o escribir una carta, esperamos que las guerras acaben, las instituciones y alianzas se reconstruyan y que el mundo tal y como lo entendemos se recobre y perdure'. La historia, dice MacMillan, nos habla precisamente de cómo los vuelcos a los que nos somete el devenir de los hechos siempre pillaron desprevenidos a quienes ostentaban el poder: aquellos que cedieron el sillón a Hitler pensaron, ingenuamente, que lo controlarían; ni los zares ni la monarquía francesa olieron el aliento de la revolución. La vanidad del poderoso es fabulosa, cree que el pueblo le ama y desea que siga ostentando el trono. ¿Acaso no es lo que piensa Trump? Lo inquietante es que la historiadora señala conflictos que nos afectan y conectan a todos y que solo habrán de solventarse, al menos hasta el punto de garantizar nuestra supervivencia, si hay acuerdos entre la comunidad internacional hoy sometida a vaivenes imprevisibles y a una rapidez no apta para la mente humana (sí para la artificial).
Siendo estos pensamientos un aviso urgente de lo que está por venir, siempre echo en falta, para paliar el miedo fundado, que alguien aporte alguna idea sobre lo que podemos hacer desde nuestra posición de civiles sin poder en una sociedad tan poco organizada (salvo para los conciertos de Shakira). El diagnóstico es correcto, pero desconocemos el tratamiento, la cura inmediata para prever el desastre. Ya reza el proverbio que mientras el sabio ve el peligro y se aparta, el necio ignora las señales de advertencia. Hoy el necio las ignora, entre otras cosas, porque poca gente lee largo y tendido. ¿Cómo vamos entonces a protegernos de esa ignorancia que alimenta el miedo?
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