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'Vivimos en una política de la crueldad que busca normalizar cosas que antes no podíamos tragar'

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Dentro de un auto, un hombre abraza a su bebé mientras el pequeño llora. Por la ventanilla, se ve la mano de un agente del Servicio de Control de Inmigración y Aduanas de EE.UU. (ICE) que sujeta al hombre del cuello mientras éste convulsiona. Con esta escena, Enrique Díaz Álvarez, comienza su libro 'Lo intolerable: repulsión, vergüenza y responsabilidad colectiva ante la crueldad contemporánea' (Anagrama, 2026), en donde explora los mecanismos de represión que surgen de las expresiones más brutales del poder. Díaz Álvarez nació en México en 1976, es doctor en filosofía por la Universidad de Barcelona y profesor de Pensamiento Político Contemporáneo en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM). 'Hay una política de la crueldad que está en marcha', dice el ganador del Premio Anagrama de Ensayo en 2021 por su anterior libro, 'La palabra que aparece' (Anagrama, 2021). A Díaz Álvarez no solo le preocupa que esto ocurra, sino que también pone la atención en la indiferencia con la que muchas personas responden al sufrimiento ajeno frente a la crueldad que nace del abuso de poder. Por eso, llama a pensar 'con todo el cuerpo' y dejarse afectar por las emociones de repulsión, indignación y vergüenza para activar la responsabilidad colectiva. Enrique Díaz Álvarez habló con BBC Mundo en el marco del Hay Festival, que se celebró del 4 al 6 de septiembre en Querétaro, México. Oswaldo Ruiz/Anagrama: Enrique Díaz Álvarez es doctor en Filosofía y autor de 'Lo intolerable'. 'Lo intolerable' comienza con la descripción de un operativo de ICE. ¿Qué lugar ocupa la voz de quienes atraviesan esas experiencias en tu manera de pensar el poder? Es muy importante escuchar a las víctimas de la violencia. En mi libro le doy mucho peso al testimonio porque creo que sigue siendo el último recurso que tienen aquellos que solo cuentan con su palabra. En esta época, es importante visibilizar y acompañar a esas víctimas de la violencia. Por eso, el libro comienza con una escena brutal. Es una de esas imágenes atroces, que revuelven el estómago y a las cuales nos estamos acostumbrando. Para eso recurres a la noción de la 'política de la crueldad'. ¿Podrías definirla? Hay una política de la crueldad que está en marcha. La hemos visto en los últimos años con el genocidio en Gaza o con las políticas de Donald Trump, en las que se criminaliza y se encierra a los migrantes. Ya no hay el reparo por ocultarla, ahora se trata de una apuesta por mostrar abiertamente imágenes que nos tendrían que ofender y hacernos sentir vergüenza, repulsión y responsabilidad colectiva. La política de la crueldad parece haber existido siempre. ¿Crees que lo que cambió es una suerte de exhibicionismo? La crueldad va ligada a la historia de la humanidad. A lo largo de la historia, muchos episodios reflejan el sadismo y la brutalidad, pero lo que sorprende es la exhibición del cinismo, la burla, la humillación. Sí, lo que se busca ahora es aclimatarnos, normalizar cosas que antes no podíamos tragar. Por eso, en este libro intento pensar en la tolerancia como virtud política –esa que nació con Voltaire (1694-1778) y John Locke (1632-1704)– para luchar contra los fanáticos. Sin embargo, creo que la tolerancia no nos alcanza para luchar contra los fanáticos de lo propio –que es como los llamo– sino que tenemos que pensar en una ética de lo intolerable. Anagrama: ¿Qué implica una ética de lo intolerable? Debemos entender que esas cuestiones brutales y humillantes, que derivan del abuso de poder, no las podemos tragar sin hacer daño a nuestro propio cuerpo social. Es decir, no podemos tragar que se detenga a un niño ecuatoriano de 5 años porque eso nos hace daño a todos. No podemos pasarlo por alto. ¿Ahí es donde aparece la idea de pensar con todo el cuerpo? Sí, este libro es una invitación a pensar con todo el cuerpo. La idea parte de esa incomodidad que sentía, de ese mal cuerpo, de esa impotencia y de intentar de pensar con otros. Hay una filósofa que me gusta mucho, María Zambrano (1904–1991). Ella hablaba de la necesidad de pensar desde las entrañas. Por eso, creo que tenemos que prestar atención a ella y a otros pensadores y pensadoras que son emigrantes o exiliados, como es su caso, porque tienen una sensibilidad que nos puede echar algo de luz en momentos como estos. Para explicar el riesgo de naturalizar la crueldad, retomas a Michel Foucault (1926-1984) y su idea de que el poder del Estado muchas veces busca 'normalizar'. ¿Por qué crees que funciona para pensar el presente? En mi libro busco recuperar a Foucault porque es él quien –después ser testigo de las detenciones de presos políticos, estudiantes y extranjeros en Francia en 1968– busca penetrar a las cárceles para entender la verdadera cara del poder. Foucault redefine el poder de una forma en apariencia simple pero muy brillante. Lo que hace es alejarse del léxico jurídico de Thomas Hobbes (1588–1679) y otros contractualistas y ubica al cuerpo humano en el centro. Foucault dice que el poder es esencialmente aquello que reprime. Por eso, trato de recuperar ese llamado, para decir que hoy en lugar de entrar en una cárcel deberíamos entrar y saber qué está pasando, por ejemplo, en los centros de detención de migrantes. Necesitamos saber qué pasa con esos cuerpos migrantes: qué comen, cómo duermen, si se les da las medicinas que necesitan, si lo que buscamos es entender la microfísica del poder en su deriva más autoritaria. Getty Images: La vergüenza (shame, en inglés) es un sentimiento puede da lugar a la responsabilidad colectiva, según el autor. Mencionas 'Microfísica del poder', un libro que nació de los debates de la década del 1970, cuando los Estados europeos todavía eran fuertes. ¿Cómo se aplica esa idea del poder en un presente en el que los Estados han perdido fuerza? Es una buena pregunta. Ahora que se cumplen 100 años desde su nacimiento, sería bueno saber qué diría Foucault de estos oligarcas tecnológicos porque el poder ahora no está solo en el Estado. En esa línea, Foucault habló del paso del suplicio al castigo. Él decía que el suplicio –que es la exhibición de la crueldad– funcionó en el pasado mientras había fascinación por ver esa brutalidad. Pero cuando la humanidad abandonó esa fascinación, se abrió paso a un castigo más oculto, que ese el que se da en las cárceles. Por eso, la prisión aparece cuando deja de haber fascinación por la crueldad. Entonces, creo que podemos aprender a cultivar pedagogías que nos permitan dejar de fascinarse como sociedad ante los actos crueles y sádicos. Debemos dejar de fascinarnos con la burla y el sentido del humor macabro, para volver a sensibilizarnos. Pensaba en los grandes empresarios tecnológicos que mencionas y en cómo se transforman las relaciones de poder cuando somos nosotros mismos quienes les cedemos la información. ¿Qué pasa entonces? Sí, esa es una cuestión que me preocupa. Me preocupa cómo hemos devenido en datos y la manera en que la tecnología aplicada a la seguridad experimenta en los cuerpos de los migrantes. Tenemos que ser más autocríticos para comprender la real dimensión de lo que está en juego cuando cedemos en nuestra privacidad de manera acrítica. Para recuperar a Foucault, él dice que la transparencia, la visibilidad total, es una trampa, y ahora somos nosotros los que gustosamente decimos dónde estamos, qué comemos y qué preferimos, alimentando un algoritmo que luego nos encierra en burbujas de eco. Oswaldo Ruiz/Anagrama: La responsabilidad colectiva se emparenta con la vergüenza ante la brutalidad, según dice el autor. ¿Cuál es la responsabilidad colectiva ante esa situación? Una de las preguntas centrales de este libro es qué podemos hacer. Esa pregunta está ligada al sentimiento de impotencia, de incomodidad incluso física ante la exhibición de la crueldad de la que hablamos. Por eso recupero la noción de responsabilidad colectiva de Hannah Arendt (1906-1975), una pensadora que también atravesó tiempos muy oscuros. Fue exiliada y pasó 18 años como apátrida, sin documentos. La diferencia que Arendt establece sobre el sentimiento de culpa me parece reveladora. Ella plantea la idea de apelar a la responsabilidad colectiva que surge de situaciones políticas complejas y tiene como condición el saber que pertenecemos a un grupo. No es la culpa del que ha hecho algo personalmente, sino la responsabilidad de quien sabe que se ha hecho algo en su nombre. Esa responsabilidad colectiva tiene mucho que ver con la posibilidad de decir: 'No, no maltraten al migrante en mi nombre, con mis impuestos'. ¿Dónde ves ejemplos de eso? A mí me da mucha esperanza lo que se vivió en Minneapolis, por ejemplo. Esa ciudad que se puso en guardia, salió a la calle a defender a los migrantes porque eran sus vecinos, porque es la gente que ha construido la ciudad que es. Esa es la responsabilidad colectiva que se emparenta con la vergüenza. Por eso, creo que la vergüenza es prima hermana de la responsabilidad. Es ese motor que nos puede hacer salir a la calle y decir 'no' en nuestro nombre. En una época donde la extrema derecha mueve una serie de pasiones tristes como son el miedo, el resentimiento, el odio, la nostalgia, creo que habría que pensar en movilizar no solo buenos principios, sino otra clase de afectos comunes y la vergüenza es una de ellas. Entonces, se trata de intentar no perder esas emociones que nos vinculan con el dolor de los demás. Totalmente. Hay que apostar por esas emociones que nos revelan un vínculo con el otro como la indignación, la fraternidad, aunque suene a rancio o ingenuo. Pero se nos olvida que la fraternidad es de los tres principios de la Revolución Francesa. Getty Images: En tu libro dices que la ampliación del umbral de tolerancia nos ha llevado a la indolencia. Cuando se corre el umbral del dolor, ¿qué aparece? ¿El cinismo? Me perturba la brutalidad de administraciones como la de Trump y Netanyahu. Pero también cómo hemos ampliado ese umbral de tolerancia a niveles críticos. Parte de eso responde también a esta abrumadora acumulación de información que vemos cada día en redes sociales y que tiende a insensibilizarse ante imágenes terribles. Vemos un delfín que hace malabares en el agua en el Caribe mexicano y después pasamos a una imagen brutal. Creo que necesitamos pensar en cómo resistir a esa aclimatación, cómo cultivar la sorpresa, la curiosidad, aquella forma de indignarnos cuando vemos que se inflige un dolor a los demás. Mencionas a Trump y a Netanyahu. ¿Te preocupa lo que ves en América Latina? Sí, no estamos exentos. Si vemos lo que pasa en Chile, Argentina, Colombia son tiempos en los que nuestros avances en materia de derechos y libertades se han visto amenazados. Por ejemplo, el ataque a las universidades públicas en un país como Argentina, en donde la universidad pública representa justamente ese pensamiento crítico, donde se puede cultivar esa sensibilidad, esa responsabilidad y vergüenza colectiva que que nos permita decir no. Entonces Latinoamérica no escapa a esa preocupación por esta deriva autoritaria y esta ola neofascista que amenaza a la época. Getty Images: Sin embargo, en los casos que mencionas, son líderes que ganan elecciones y son muy populares. ¿Cómo se explica eso? Eso que mencionas es muy importante. Por eso, hay que hacer autocrítica. Tenemos que pensar qué clase de condiciones tienen que cristalizar para que esta clase de sujetos y políticas no solo lleguen al poder, sino que sean extremadamente populares. No me preocupa esta clase de sujetos. Me preocupa más los millones de personas que los votan, que los aúpan en los comentarios de las redes sociales, que cultivan ese malestar. Esa desafección es la que la que preocupa. Creo que falta una narrativa potente, unas políticas públicas potentes desde la izquierda para volver a capturar a ese electorado que en el fondo se beneficiaría de las políticas. Donde hay poder, hay resistencia. ¿Cuáles son esas fisuras que permiten responder a la política de la crueldad? Me detengo mucho en eso en el libro. Creo que buena parte de la política contemporánea se juega en el espacio de la percepción. Por eso, creo que desde el campo de la práctica artística encontramos ejemplos de cómo resistir a esos relatos hegemónicos, que perpetúan discursos abiertamente excluyentes, misóginos, xenófobos, racistas. En una época en donde reina el ruido, la mentira, la ofensa, el insulto, creo que el lenguaje es parte central de la batalla. En una época en donde se descuida y se maltrata también el lenguaje, creo en el poder que tienen ciertas historias concretas para movernos con otros destinos. Quizá suene ingenuo para algunos, pero a mí me parece que se juega en estas trincheras que tienen que ver con el periodismo de investigación a fuego lento, con dar clases y escribir novelas, en una época en donde nos informamos por redes y 40 segundos. De lo que se trata justamente es de apelar a la posibilidad de vincularnos a través de la palabra, del lenguaje audiovisual, de las fotos, del cine para combatir esas narrativas que nos quieren hacer ver al migrante como un criminal. BBC: Descarga la nueva app del BBC World Service. Elige BBC News Mundo y recibe alertas de noticias, documentales y análisis, todo en un solo lugar. Importante: la nueva aplicación no está disponible en Reino Unido ni Estados Unidos. También puedes seguirnos en YouTube, Instagram, TikTok, Facebook, X y en nuestro canal de WhatsApp. Y no olvides suscribirte aquí a nuestro newsletter para recibir cada viernes una selección especial de nuestro mejor contenido.
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