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Joan Roca Sagarra

¿'Hiperabundancia'?

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Vivimos en un mundo hiperpolarizado que se acentúa en el terreno de la política o en los debates televisivos, provocando una pobreza en las discusiones que sufren una evidente falta de matices, lo que las reduce a uno o dos argumentos fuerza, sin base ni diversidad de fundamentos. El verano da para pensar y revisar este contexto tensado por los extremos, y han sido reveladoras las dos entrevistas publicadas por la editora jefe de 'The Economist', Zanny Minton, por un lado con Elon Musk y —por otro lado, y posteriormente— con Yuval Harari. Es preocupante cómo esa tensión que creíamos que quedaba reducida al mundo televisivo y al debate político resulta que, cuando se traslada a la intelectualidad y a personalidades consideradas visionarias, observas en ella la misma falta de visión común sobre el mundo de aquí a 10 años. Partiendo de apreciaciones compartidas sobre un futuro en el que la inteligencia artificial puede desarrollarse a niveles que superen la inteligencia humana y que, por lo tanto, la humanidad pierda el control, no puede ser más distante el análisis de las consecuencias que esto puede comportar y la necesidad de trabajar a nivel regulatorio para que este mundo continúe siendo nuestro mundo. Por un lado, Elon Musk considera que en 10 años la inteligencia artificial ya habrá superado a la inteligencia humana de forma irreversible y que esto, sin embargo, debe verse como una salida positiva para la humanidad porque nos llevará a la «hiperabundancia»: ya no hará falta trabajar y será el Estado el que proveerá los sueldos y el dinero a los ciudadanos para que puedan vivir, manteniendo así una política de mercado. En cambio, la visión de Harari parte de que la victoria de la inteligencia artificial no es irreversible y se hace absolutamente necesario regular su limitación y también los efectos de su aplicación. En su libro 'La sociedad de la desconfianza', Victoria Camps subraya precisamente la necesidad de compartir unos valores comunes como sociedad para que esta pueda existir como tal, como un grupo de convivencia a partir del respeto, el entendimiento y las ganas de compartir, que es lo que permite la previsibilidad y la lucha por unos objetivos comunes. Y es esta falta de 'ethos', de valores comunes, la que ella identifica como el origen de la falta de un 'demos', de una identificación de pueblo como sujeto político, lo que estas entrevistas a Musk y Harari dejan bien patente: no hay una visión común del mundo de aquí a 10 años porque, sobre todo, lo que no hay es una base ética común, unos valores compartidos. Y estas entrevistas, con unas reflexiones en paralelo que tensionan y separan, que no permiten confluir ni converger en puntos de encuentro ni en ámbitos de debate que admitan la gama de grises (¡siempre todo a partir del blanco o el negro!), chocan con las noticias que los escuetos periódicos de verano han llevado a portada: no parece que el conflicto de Ceuta y Melilla tenga su origen en la visión de una futura sociedad de la hiperabundancia; no parece que los campamentos de emigrantes y refugiados que propone Meloni respondan a un mundo que debe vivir despreocupado porque no hará falta trabajar y cobraremos igual (como vaticina Musk); ni tampoco parece que la solución a los calores asfixiantes sea poner aire acondicionado en las casas cuando hoy el principal problema es que no hay suficientes casas. Son demasiadas contradicciones como para no pensar, ante la ocurrencia de Musk de que viviremos en un mundo de superabundancia, que hoy las noticias nos acercan más a un mundo que se rebela que a un mundo acomodaticio y que pueda plantearse tranquilamente un futuro en paz y libertad. Y no será desde la rácana respuesta (¡y propuestas!) de mantener lo que tenemos, sin querer compartir ni sentir la más mínima voluntad de generosidad, como conseguiremos mantener los derechos que se han logrado después de tantos años. Escuchar a Elon Musk me ha llevado a la visión de un mundo que, como en 'Los irresponsables' de Sarah Wynn-Williams, solo predica y se le llena la boca con una visión común que promueva la igualdad y la libertad en todo el mundo, cuando lo único que parece moverlos y que persiguen es que les compremos los productos tecnológicos que crean (¡con un nivel de innovación admirable, eso sí!) y conseguir de esta manera una expansión comercial que pasa por encima de los intereses del bien común y de las políticas públicas.
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