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Rolando Tellería

El problema no solo está en quienes gobiernan, sino también en quienes los eligen

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Si cae el gobierno de Rodrigo Paz -que es muy probable- quien fuera que lo suceda, asumirá con un mandato: convocar a nuevas elecciones. Eso significa que, desde los comicios y la crisis del 2019, tendríamos cuatro elecciones generales en menos de siete años. Los resultados de este proceso son nefastos. El gobierno saliente de Evo Morales, el 2019, fue catalogado como uno de lo más funestos. En interinato, el gobierno de Jeanine Áñez, también no solo fue un desastre, sino una verdadera tragedia. En el retorno eventual del masismo al poder, le siguió el aciago gobierno de Luis Arce, más corrupto o igual que el de Morales. Luego asume Rodrigo Paz, prometiendo un cambio radical. Pero, en apenas diez meses de gobierno, ya se lleva la presea de oro en corrupción. No esperaron ni siquiera cinco minutos e ingresaron directo a robar, pretendiendo 'maximizar las ganancias' en tiempo récord. De estos últimos cuatro gobiernos, dos fueron de izquierda -o de impostores de izquierda- y dos de derecha. Ambos, en cuanto a corrupción se refiere, son exactamente iguales comparten el mismo ADN cleptocrático. En ese sentido, es lógico colegir que, teniendo esa execrable clase política, de izquierda y de derecha, nunca se resolverán los problemas del país. Las elecciones así, sólo acaban siendo un burdo gasto. ¿Dónde está el problema entonces? Buscando respuestas, ya no podemos pensar solo en los políticos, debemos incluir en el análisis también a los electores. Ellos son los que con su voto mayoritario eligen a los gobernantes. Y, como ven, acaban eligiendo a los peores, a los más estúpidos. Los políticos no llegan solos al poder: son elegidos. En ese marco, el problema de Bolivia no está solamente en quienes gobiernan, sino también en quienes los eligen. No quiero suscribirme a la trillada frase de que 'cada pueblo tiene los gobernantes que merece'. Obviamente, el problema es mucho más complejo. Los electores votan y eligen en un sistema condicionado por la pobreza, la desinformación, la dictadura sindical, el clientelismo, la propaganda y una extrema manipulación. Sin embargo, no pueden estar exentos de resultados de la política. Tienen una cuota ineludible de responsabilidad ciudadana. Un gobernante puede engañar una y otra vez. Pero cuando una sociedad elige a los mismos sátrapas de gobernantes, estamos frente a un problema mucho mayor. Si se observa bien, es un electorado que termina premiando la demagogia y la promesa fácil. Su deficiente educación lo conduce al voto emocional. Y aquí aparece un elemento que Gustave Le Bon estudió hace más de un siglo en la Psicología de las masas: cuando los individuos actúan como parte de una multitud, pueden quedar más expuestos a la sugestión, al contagio emocional y a las ideas simples que apelan directamente a sus sentimientos. Esto resulta particularmente peligroso en política. El miedo, el odio, la identidad, el resentimiento y la victimización pueden convertirse en instrumentos extraordinariamente eficaces de movilización electoral. El político que domina esas emociones no precisa convencer: necesita provocar. No necesita demostrar que tiene razón: necesita conseguir que el otro tenga miedo, rabia o esperanza. Por eso, las verdaderas democracias necesitan ciudadanos, no simplemente votantes vulnerables a la peligrosa manipulación emocional. Necesitan personas capaces de distinguir entre una promesa y una propuesta, entre propaganda y argumento, entre liderazgo y caudillismo, entre políticas públicas y dadivas. Y, precisamente, ahí surge la paradoja. Son las mismas élites que, para conservar y reproducirse en el poder, promueven una sociedad políticamente débil e ignorante. En Bolivia, esta relación ha terminado configurando un círculo vicioso perverso: ignorancia, manipulación, voto emocional, gobierno corrupto, clientelismo y control, y nuevamente más ignorancia. Le Bon permite entender una parte de este fenómeno. Empero, el problema boliviano va todavía más lejos. No se trata únicamente de masas susceptibles de ser influenciadas. Se trata también de estructuras políticas que aprenden a vivir de esa ignorancia. Por eso la promueven. El poder no solo manipula a las masas: aprende a reproducirse a través de ellas. La calidad de la democracia no depende tanto de la calidad de sus gobernantes como de la calidad de sus ciudadanos. Entonces, el gran desafío es pasar de habitantes a ciudadanos. Los habitantes solo viven. El ciudadano comprende, evalúa y asume responsabilidades sobre sus decisiones. Así, Bolivia no necesita solamente mejores políticos. Necesita mejores ciudadanos. Una democracia no se transforma únicamente cuando cambia quien gobierna. Se transforma cuando cambia quien vota y, sobre todo, cuando cambia la manera de votar. El autor es profesor de la Carrera de Ciencia Política de la UMSS
El problema no solo está en quienes gobiernan, sino también en quienes los eligen
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