Algunas bromas son simpáticas y otras carecen de la mínima gracia. En estas últimas hay que incluir el seguro escolar. O sea, esos 1,12 euros que pagan con la matrícula los alumnos de la universidad, en Santiago y en cualquier otro lugar.
El seguro escolar tenía razón de ser cuando nació en 1953, pero desde los años ochenta la sanidad es universal. De manera que cualquier estudiante de la comarca y de fuera de ella tiene derecho a acudir a un médico u hospital, no necesita pagar ni un céntimo.
Pero el seguro escolar también cubre el infortunio. Así, si el joven ha quedado huérfano, que no se preocupe: recibirá la generosa cantidad anual de 86,55 euros, que, además, se incrementan a 103,85 para las familias numerosas normales y a nada menos que 129,82 en el caso de que sea de categoría especial. ¡Manutención, piso y botellón cubiertos hasta que termine! Porque, por si no lo saben, ese dinero se le entrega para «asegurar la continuidad de sus estudios ya iniciados hasta el término normal de los cursos que componen su carrera, incluido el doctorado».
Cierto es que eso es irse por la vía trágica. Si no hay muerte alguna y sí incapacidad permanente y absoluta para hincar el codo, entonces ese ciudadano recibirá entre 150,25 euros y 601,01, cantidad que se fijará en proporción al tiempo de estudios ya realizados. Con eso ya puede respirar tranquilo. En el caso de gran invalidez percibirá 144,24 euros al año. ¡Festa rachada!
La cosa tiene una gracia chusca. Seguro que se trata de algo que quedó enquistado por minúsculo, una tontería que da mucho más la lata administrativamente que beneficio a nadie. Un rescoldo de tiempos oscuros. De acuerdo, pero suprímanlo, por favor.
(0)Comments