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Carlos Aurelio Caldito

La invasión de Ceuta vista con los ojos de un extranjero

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Sr. Director: Imaginemos a un extranjero contemplando desde fuera lo sucedido en Ceuta. Puede ser un israelí. O un ruso. Dos personas procedentes de países completamente distintos, con historias, regímenes políticos, alianzas y conflictos muy diferentes, pero acostumbradas a algo que en España parece haberse convertido en motivo de interminable discusión: un Estado tiene territorio, tiene fronteras y tiene la obligación de defender ambos. Contémosles lo sucedido. Marruecos reivindica Ceuta y Melilla. Los días 30 y 31 de julio de 2026 unas 72.000 personas atravesaron desde Marruecos la frontera española de Ceuta en apenas cuarenta y ocho horas. Setenta y dos mil. Una cantidad próxima a la población completa de la ciudad. Después, la propia Policía española ha descrito aquella entrada como planificada y no espontánea. Su informe habla de permisividad de las fuerzas marroquíes, de agentes que habrían indicado lugares de entrada, de una organización imposible de explicar mediante las pequeñas redes habituales de inmigración clandestina y de un propósito de saturar la capacidad española de respuesta. Apenas alrededor de un diez por ciento de quienes cruzaron permaneció después en España, lo que refuerza la idea de que emigrar no era la finalidad principal de aquella movilización. Nuestro israelí probablemente preguntaría: —¿Y ustedes llaman a eso una crisis migratoria? Nuestro ruso quizá sería todavía más escueto: —¿Entraron setenta y dos mil personas desde un país que reclama la ciudad? Entonces invadieron la ciudad. Exactamente. Fue una invasión. Y cuando una invasión parte del territorio de un Estado que reivindica el territorio invadido, mientras sus fuerzas de seguridad permiten o favorecen el paso, estamos ante una agresión. Al pan, pan. Y al vino, vino. NO FUE INMIGRACIÓN: LA INMIGRACIÓN FUE EL ARIETE Setenta y dos mil personas no se ponen de acuerdo por generación espontánea. No deciden una mañana, todas a la vez, que sería una estupenda idea acercarse a Ceuta. No atraviesan una frontera fuertemente vigilada sin que ocurra algo extraordinario al otro lado. Y menos aún cuando existen mensajes previos de movilización, movimientos coordinados, concentraciones y una reducción extraordinaria del control marroquí. La Policía ha descrito incluso tres oleadas sucesivas y una forma de actuar destinada a agotar primero los medios españoles y después superar físicamente su capacidad para contener la entrada. Eso no se parece a una corriente migratoria espontánea. Se parece a una operación. Las personas fueron el ariete. Ceuta fue la puerta. España fue el destinatario. Y Marruecos demostró algo muy valioso: puede decidir hasta qué punto controla su lado de la frontera. Ahí reside buena parte de su poder sobre España. EL EXTRAÑO PAÍS QUE NO QUIERE LLAMAR INVASIÓN A UNA INVASIÓN Después aparece nuestra extraordinaria afición por deformar el idioma. No hay invasión. Hay «entrada masiva». No hay agresión. Hay «crisis migratoria». No hay frontera rota. Hay «presión fronteriza». No hay miles de personas que han entrado ilegalmente. Hay «personas en situación irregular». No hay expulsiones. Hay «retornos». No hay lugares improvisados para alojar a miles. Hay «centros temporales». Y no se defiende una frontera. Se «gestiona». ¡Gestionar! Se gestiona una biblioteca. Se gestiona un presupuesto. Se gestiona un almacén. Una frontera se vigila, se protege y, si la atacan, se defiende. Nuestro israelí empezaría a pensar que le estamos tomando el pelo. Nuestro ruso posiblemente preguntaría qué clase de Estado necesita modificar el diccionario para evitar reconocer que han roto su frontera. SÁNCHEZ Y NETANYAHU: DOS MANERAS DE ENTENDER PARA QUÉ SIRVE UN ESTADO Aquí aparece una comparación inevitable. Supongamos que algo semejante ocurre en una frontera israelí. No hace falta imaginar exactamente qué órdenes daría Benjamín Netanyahu ni trasladar mecánicamente la situación de Oriente Próximo a Ceuta. Basta preguntarse por el orden de las prioridades. ¿Qué sería lo primero? Impedir la entrada. Después vendrían las explicaciones, la asistencia a quien la necesitase, la investigación, las responsabilidades y todo lo demás. Pero primero: la frontera. Difícilmente cabe imaginar a Netanyahu dedicando las primeras semanas a explicar dónde alojará a quienes han conseguido atravesarla mientras el Estado responsable de controlar el otro lado permanece cómodamente al margen. Israel se preguntaría: ¿Cómo impedimos que vuelva a suceder? El Gobierno de Pedro Sánchez parece haberse preguntado: ¿Dónde alojamos a los que permanecen después de que haya sucedido? Ésa es la diferencia. Y es enorme. No porque Netanyahu posea la verdad universal. No porque España deba copiar a Israel. Sino porque un Estado serio comienza por una evidencia: si alguien intenta entrar por la fuerza, se impide que entre. Después hablamos. ¿Y QUÉ PENSARÍA UN RUSO? Probemos ahora con nuestro segundo extranjero. Un ruso contempla una invasión de decenas de miles de personas procedentes de un Estado vecino que reivindica parte del territorio nacional. Después descubre que el Gobierno español lleva semanas discutiendo si conviene responsabilizar políticamente al vecino. Comprueba que se gastan cientos de millones para reparar las consecuencias. Ve militares y policías protegiendo colegios. Ve alojamientos improvisados. Ve vecinos protestando. Y escucha continuamente que Marruecos es un «socio estratégico». Probablemente preguntaría: —¿Socio? Sí. —¿Y reivindica dos ciudades españolas? Sí. —¿Y desde su territorio entraron setenta y dos mil personas? Sí. —¿Y ustedes dependen de él para impedir que vuelva a ocurrir? También. Nuestro extranjero ya habría entendido el problema. EL BOMBERO TIENE LA LLAVE DEL DEPÓSITO DE GASOLINA España ha cometido una torpeza extraordinaria. Ha permitido que una parte fundamental del control de la inmigración dependa precisamente del país desde cuyo territorio procede buena parte de esa presión. Marruecos controla. Marruecos vigila. Marruecos detiene. Marruecos devuelve. Marruecos coopera. Hasta que decide cooperar menos. Entonces España descubre que necesita todavía más a Marruecos para solucionar el problema. Extraordinario. Dependemos de Marruecos para que no entren. Y si entran, dependemos otra vez de Marruecos para devolverlos. ¿Quién posee la ventaja? No hace falta ser Kissinger para adivinarlo. MÁS DE UN MES DESPUÉS Y aquí empieza lo verdaderamente escandaloso. La invasión ocurrió los días 30 y 31 de julio. Estamos ya en septiembre. Han transcurrido más de cinco semanas. Miles de quienes entraron permanecen todavía en Ceuta. Mientras tanto, el Gobierno ha aprobado 309 millones de euros para responder a las consecuencias: más seguridad, ayudas económicas, servicios públicos y 118 millones destinados a alojamiento y atención de inmigrantes y menores. Leamos despacio. Para alojar, dinero. Para alimentar, dinero. Para asistencia sanitaria, dinero. Para levantar carpas, dinero. Para reforzar servicios, dinero. Para reparar daños, dinero. Para policías y militares, dinero. Y naturalmente está bien reparar lo que ha sido destruido y ayudar a los ceutíes perjudicados. Pero la pregunta continúa siendo elemental: ¿por qué, transcurrido más de un mes, siguen allí miles de quienes entraron durante la invasión? AHORA EMPIEZA EL CURSO ESCOLAR Y llegamos al presente. El martes 8 de septiembre comienzan las clases en Ceuta. El Gobierno asegura que los alumnos podrán acudir con seguridad. Pero para conseguirlo ha considerado necesario que haya policías acompañando distintas rutas escolares, agentes en las entradas y salidas de los centros, vigilancia durante tardes y noches y participación de Policía Nacional, Guardia Civil, Policía Local, Fuerzas Armadas y Protección Civil. Otra vez nuestro israelí. Otra vez nuestro ruso. Les explicamos: —Los niños vuelven al colegio. Perfecto. —Pero necesitan vigilancia extraordinaria después de la invasión. ¿Y eso es normalidad? No. Es exactamente lo contrario. Cuando para que un niño pueda ir tranquilamente a clase en una ciudad española hacen falta policías en las rutas y presencia de militares, la normalidad todavía no ha vuelto. Ha vuelto el calendario. No la normalidad. ¿QUIÉN SE ESTÁ ADAPTANDO A QUIÉN? Ésta es una de las preguntas centrales. Después de la invasión, ¿quién ha tenido que modificar su vida? Los ceutíes. ¿Quién ha tenido que cambiar recorridos? Los ceutíes. ¿Quién ve policías junto a los colegios? Los ceutíes. ¿Quién ha perdido clientes? Los ceutíes. ¿Quién ha visto caer el turismo? Los ceutíes. ¿Quién teme nuevas entradas? Los ceutíes. ¿Quién se pregunta si sus hijos estarán seguros? Los ceutíes. ¿Quién contempla cómo se destinan millones a alojar a quienes atravesaron la frontera? Los ceutíes. Algo falla profundamente cuando el habitante legal de una ciudad es quien termina adaptando su vida a las consecuencias de quienes han entrado ilegalmente en ella. Y AHORA, EL 20 DE SEPTIEMBRE Como si julio hubiese sido poco, circula desde Marruecos una convocatoria para el 20 de septiembre que habla nada menos que de «liberar» Ceuta, Melilla y otros territorios españoles. El llamamiento ha circulado ampliamente y las fuerzas españolas de seguridad e información lo siguen con atención. No se conoce una convocatoria oficial del Gobierno marroquí, pero la llamada existe y llega después de lo ocurrido en julio. Puede que el 20 de septiembre no ocurra nada. O puede que ocurra. Ésa no es la cuestión. La cuestión es que España está avisada. ¿QUÉ TIENE PREVISTO HACER EL GOBIERNO? Ésta es la pregunta. Sin monsergas. Sin reuniones interminables. Sin «mecanismos». Sin «marcos de actuación». ¿Qué acciones tiene previsto emprender el Gobierno? Si el 20 de septiembre se concentran diez mil personas junto a la frontera, ¿qué hará? ¿Y si son veinte mil? ¿Y si son cincuenta mil? ¿Habrá suficientes policías y guardias civiles preparados? ¿Estarán las Fuerzas Armadas listas para ayudar a proteger territorio español? ¿Se cerrarán inmediatamente los pasos? ¿Se impedirá que la multitud alcance los puntos vulnerables? ¿Qué instrucciones tendrán quienes vigilen la frontera? ¿Qué se hará por mar? ¿Qué ocurrirá si las fuerzas marroquíes vuelven a apartarse? ¿Qué hará España contra Marruecos si vuelve a permitir una invasión? ¿Se exigirán inmediatamente responsabilidades? ¿Se revisarán acuerdos? ¿Se condicionarán ayudas y ventajas económicas? ¿Se reclamará el apoyo de nuestros socios europeos? ¿O volveremos a enterarnos después de que la situación era «muy complicada»? ESTA VEZ NO HAY EXCUSA En julio pudieron alegar sorpresa. Ahora no. Existe un precedente. Existe una fecha anunciada. Existen mensajes. Existe experiencia. Existen informes. Existe inteligencia. Existen Policía, Guardia Civil y Fuerzas Armadas. Si vuelve a romperse la frontera, la explicación de la imprevisión ya no servirá. Una vez puede llamarse incompetencia. Dos veces, después de estar avisados, empiezan a exigir palabras mucho más graves. ¿Y SI OCURRE MIENTRAS LOS NIÑOS ESTÁN EN CLASE? Pensemos en lo concreto. El 20 de septiembre cae en domingo. Pero una movilización puede adelantarse, retrasarse o repetirse cualquier otro día. Supongamos que ocurre un martes a las once de la mañana. Hay miles de niños en colegios. Adolescentes en institutos. Universitarios en clase. ¿Qué se hará? ¿Se mantendrán dentro de los centros? ¿Quién avisará a los padres? ¿Cómo regresarán a sus casas? ¿Qué calles se cerrarán? ¿Quién garantizará que las masas no lleguen a zonas escolares? ¿Qué ocurrirá con el transporte? ¿Con el hospital? ¿Con el puerto? ¿Con los comercios? Los padres no necesitan palabras tranquilizadoras. Necesitan saber que el Gobierno sabe exactamente qué hacer. DE LA INCOMPETENCIA A LA CONNIVENCIA Aquí aparece la sospecha más incómoda. La incompetencia puede explicar errores. Pero cuando todos los errores benefician siempre al mismo vecino, la explicación empieza a quedarse pequeña. Marruecos quería un cambio español sobre el Sáhara. Lo consiguió. Marruecos quiere que España dependa de su colaboración fronteriza. Depende. Marruecos reivindica Ceuta y Melilla. España evita enfrentarse abiertamente a Rabat. Marruecos permite que decenas de miles alcancen Ceuta. España paga las consecuencias. Miles permanecen semanas después. Y el Gobierno dedica enormes cantidades de dinero a administrar los daños. ¿Cuándo deja de bastar la palabra «incompetencia»? ¿Cuándo empieza a resultar razonable hablar de connivencia política? EL PRINCIPAL GRUPO DE PRESIÓN PROMARROQUÍ ESTÁ EN EL GOBIERNO No hace falta buscar demasiado. Un grupo de presión es eficaz cuando consigue que el poder tome decisiones favorables a sus intereses. Pues bien, atendiendo a los resultados, el principal grupo de presión promarroquí de España parece encontrarse en el propio Gobierno socialcomunista de Pedro Sánchez. No hace falta imaginar sobres. Ni reuniones secretas. Ni instrucciones dictadas por Mohamed VI. Basta estudiar los resultados. Rabat obtiene. Madrid explica. Rabat presiona. Madrid contemporiza. Rabat reclama. Madrid procura no molestar. Y cuando Ceuta sufre una invasión, el Gobierno dedica más energía a impedir una crisis diplomática con Marruecos que a demostrarle a Marruecos que otra invasión tendrá un precio insoportable. ¿De verdad resulta exagerado preguntarse quién está defendiendo a quién? PEGASUS Y después aparece Pegasus. El teléfono del presidente del Gobierno fue penetrado. También los de ministros. ¿Qué información salió de aquellos aparatos? ¿Qué conversaciones? ¿Qué documentos? ¿Qué secretos personales o políticos? ¿Qué sabe quien consiguió penetrarlos? ¿Qué teme quien fue espiado? No es una cuestión menor. En política internacional, poseer información sobre el gobernante de otro Estado concede poder. A veces no hace falta amenazar. Basta con que el otro sepa que sabes. Y desde entonces la pregunta permanece sobre la mesa: ¿qué sabe Marruecos de quienes gobiernan España? SÁHARA: LA GRAN CESIÓN Después del espionaje llegó una de las decisiones españolas más importantes respecto de Marruecos en décadas: el cambio de posición sobre el Sáhara Occidental. España pasó a respaldar como base principal la propuesta marroquí de autonomía. Rabat llevaba años buscando ese movimiento. Y lo consiguió. Sumemos. Pegasus. Sáhara. Dependencia migratoria. Ceuta. La resistencia a responsabilizar a Marruecos. Las concesiones. Los silencios. La paciencia infinita con Rabat. ¿Casualidades? Quizá alguna. ¿Todas? Cada lector puede hacer su propia cuenta. ¿Y SI EL PLAN ES VACIAR CEUTA? Aquí llegamos a la conjetura verdaderamente inquietante. Supongamos que Marruecos quiere algún día Ceuta. ¿Cuál sería la peor manera de intentarlo? Invadirla militarmente. Sería una locura. España respondería. Habría muertos. Europa tendría que actuar. La reacción internacional sería enorme. Entonces pensemos de otra manera. No conquistar Ceuta. Vaciarla. No expulsar a sus habitantes españoles. Conseguir que se marchen por hartazgo. Mucho más barato. Mucho más lento. Mucho más inteligente. ASÍ SE VACÍA UNA CIUDAD Una invasión hoy. Otra amenaza dentro de dos meses. Otra crisis el año próximo. Turismo que cae. Comercios que cierran. Empresarios que dejan de invertir. Padres preocupados. Niños que necesitan policías para ir al colegio. Jóvenes que estudian fuera y deciden no volver. Funcionarios que solicitan traslado. Familias que empiezan a mirar pisos en Málaga. No hace falta ordenarles: —Marchaos. Basta conseguir que una noche, durante la cena, se pregunten: —¿Para qué seguimos aquí? Ahí comienza la verdadera derrota. LA CONQUISTA POR HARTAZGO Una ciudad no es solamente un mapa. Son sus habitantes. Quien consigue que la población ligada a un territorio pierda la confianza en su futuro ha ganado media batalla. Hoy Ceuta es España. Sin discusión. Pero imaginemos una Ceuta cada vez más pobre, cada vez más insegura, cada vez más dependiente del dinero estatal y cada vez más vacía de familias que hayan decidido construir allí su futuro. Entonces comenzará el siguiente paso. Primero alguien dirá: —Hay que ser realistas. Después: —Debemos encontrar una solución imaginativa. Más adelante: —Quizá una soberanía compartida… Y finalmente la rendición se presentará como sensatez. Así puede perderse un territorio sin disparar un solo tiro. PRIMERO CEUTA. DESPUÉS MELILLA Si una táctica funciona, se repite. La siguiente ciudad resulta evidente. Melilla. Mismo vecino. Misma reivindicación. Misma posibilidad de utilizar la frontera. Misma lejanía respecto de la Península. Si Marruecos aprende que presionar Ceuta proporciona resultados, ¿por qué habría de renunciar voluntariamente a hacer lo mismo con Melilla? Los Estados no renuncian a una herramienta porque resulte demasiado eficaz. ¿Y DESPUÉS CANARIAS? Y después aparece Canarias. No hablo de soldados desembarcando mañana en Fuerteventura. Hay formas mucho más inteligentes de presionar. Aguas. Pesca. Fondos marinos. Delimitaciones marítimas. Rutas migratorias. Recursos naturales. Influencia atlántica. Reivindicaciones sucesivas. Un Estado que comprueba que su vecino retrocede aprende algo peligroso: puede seguir avanzando. Las concesiones no siempre satisfacen. Muchas veces abren el apetito. ISRAEL, RUSIA Y ESPAÑA Volvamos a nuestros dos extranjeros. El israelí contempla el caso español y probablemente piensa: «¿Cómo puede un Estado no convertir la defensa de su frontera en su primera prioridad?» El ruso posiblemente formule otra: «¿Cómo puede un país permitir que un vecino que reivindica su territorio determine cuándo su frontera funciona y cuándo deja de funcionar?» Y el español debería sentirse incómodo. Porque ninguna de esas preguntas tiene que ver con ser de derechas o de izquierdas. Tienen que ver con algo mucho más antiguo: para qué sirve un Estado. Sirve para proteger la vida. La libertad. La propiedad. La seguridad. El territorio. Y las fronteras. Si falla ahí, ¿qué queda? LA ESTADÍSTICA QUE DEBERÍAMOS VIGILAR Hoy contamos cuántos entraron. Setenta y dos mil. Después contamos cuántos quedan. Pero puede que estemos mirando la cifra equivocada. La estadística verdaderamente importante dentro de cinco o diez años será: ¿cuántos españoles se marcharon de Ceuta? ¿Cuántos niños que empiezan ahora el curso vivirán en Málaga dentro de diez años? ¿Cuántos jóvenes no regresarán después de estudiar fuera? ¿Cuántos negocios cerrarán? ¿Cuántas familias venderán su casa? ¿Cuánta población perderá la confianza? Porque una estrategia de vaciamiento no se mide sólo por quienes consigues introducir. Se mide por aquellos a quienes consigues hacer salir. EL 20 DE SEPTIEMBRE Por eso el 20 de septiembre importa aunque finalmente no ocurra nada. Es una prueba. Esta vez España sabe que existe una amenaza. Sabe lo que ocurrió en julio. Sabe cómo se rompió la frontera. Sabe dónde están los puntos débiles. Sabe qué puede hacer Marruecos. Y sabe qué consecuencias sufrió Ceuta. Ya no toca preguntar después qué falló. Toca preguntar ahora: ¿qué ha ordenado hacer el Gobierno para impedirlo? No qué reunión celebrará. No qué declaración hará. No qué organismo estudiará el asunto. Qué hará. LA RESPUESTA DEBERÍA SER SENCILLA Si vuelven a concentrarse miles de personas: se protege la frontera. Si intentan cruzarla: se impide la entrada. Si Marruecos vuelve a permitirlo: se responde políticamente contra Marruecos. Si los colegios están abiertos: se garantiza que los niños permanezcan seguros y regresen a sus casas. Si alguien ha entrado ilegalmente y debe ser expulsado: se le expulsa. Si Ceuta necesita más policías, guardias civiles o militares: se envían. Y si Marruecos descubre que provocar una invasión tiene un coste muy superior a cualquier beneficio: habremos conseguido lo esencial. Que no vuelva a intentarlo. LA PREGUNTA DEL EXTRANJERO Nuestro israelí y nuestro ruso ya han escuchado toda la historia. Saben que Marruecos reivindica Ceuta. Saben que setenta y dos mil personas atravesaron la frontera. Saben que la Policía habla de planificación y de actuación de agentes marroquíes. Saben que miles continúan en Ceuta más de un mes después. Saben que comienzan las clases con protección extraordinaria. Saben que existe una nueva convocatoria para el 20 de septiembre. Saben que España depende de Marruecos para controlar precisamente la frontera con Marruecos. Saben que Pedro Sánchez cambió la posición española sobre el Sáhara. Saben que su teléfono fue espiado. Y saben que el Gobierno sigue tratando a Marruecos como compañero indispensable. Entonces probablemente ya no preguntarán qué quiere Mohamed VI. Eso está bastante claro. Preguntarán: ¿Y QUÉ CARAJOS QUIERE PEDRO SÁNCHEZ? ¿Quiere defender Ceuta? Que la defienda. ¿Quiere expulsar a quienes deben ser expulsados? Que los expulse. ¿Quiere impedir una nueva invasión? Que adopte las medidas necesarias antes de que empiece. ¿Quiere que los ceutíes permanezcan en su tierra? Que consiga que vivir en Ceuta vuelva a significar vivir en una ciudad española normal. Lo que no puede hacer eternamente es proclamar soberanía mientras administra el deterioro. SIN DISPARAR UN SOLO TIRO Ése es el peligro. Que Marruecos comprenda que no necesita conquistar Ceuta. Le basta con cansarla. Empobrecerla. Asustarla. Aislarla. Convertir cada comienzo de curso en una duda. Cada concentración en Marruecos en una amenaza. Cada negocio en una apuesta. Cada familia en una posible mudanza. Hasta que los españoles empiecen a marcharse. Entonces Marruecos habrá conseguido una victoria extraordinaria. No habrá enviado un ejército. No habrá perdido soldados. No habrá disparado. Sólo habrá esperado. Primero Ceuta. Después Melilla. Y más adelante, aquello hasta donde España permita que llegue la presión. Porque la mejor forma de perder un territorio no siempre consiste en que otro país nos lo arrebate. A veces basta con que nuestro propio Gobierno consiga que dejemos de defenderlo.
La invasión de Ceuta vista con los ojos de un extranjero
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