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Soledad Morillo Belloso

Confundir operadores con titanes

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EE.UU es el país de las megacorporaciones, cuyos reportes financieros hablan de cientos de miles de millones de dólares. Un país donde las cifras son tan descomunales que parecen inventadas, donde los balances trimestrales equivalen al PIB de naciones enteras, donde la escala dejó de ser humana hace muchos años. Es el país donde la riqueza se mide en galaxias, no en montones; donde los titanes económicos del pasado moldearon el país como si fuera arcilla caliente y dejaron huellas que todavía definen su musculatura económica. Las lecturas de los medios norteamericanos en este cálido sábado arrojan algo patético. Algo que me genera migraña. Ahora resulta que el gobierno de Trump ve a Alejandro Betancourt como un titán. Y ello revela una grieta monumental: el gobierno de un país que produjo a Rockefeller, Carnegie, Morgan, Vanderbilt, Ford, Gates, Jobs y Bezos —bestias fundacionales, terremotos industriales, arquitectos de eras completas— ahora se conforma con un hombrecito inflado por la conveniencia, un 'bookie' de favores que aprendió a moverse entre sombras y a venderse como llave maestra de puertas. EE.UU tiene grandes escritores que vertieron en páginas la historia convertida en piezas magistrales de la literatura. Autores que pusieron frente al espejo las glorias y las vergüenzas, que entendieron que detrás de cada titán económico había un animal humano, contradictorio, feroz, vulnerable. Faulkner hundió la pluma en el barro del sur para mostrar que la grandeza siempre arrastra sombras. Steinbeck narró la dignidad y la miseria de los que sostienen el país sin aparecer en los libros de historia. Dos Passos convirtió la modernidad en un collage de ambición, velocidad y desamparo. Philip Roth desnudó la neurosis nacional. DeLillo retrató el ruido, la paranoia, la maquinaria cultural que mastica y escupe mitos. Hemingway, con su prosa afilada como un arpón, entendió que la grandeza estadounidense siempre está acompañada por una soledad brutal, por una violencia íntima, por un impulso casi suicida hacia la prueba, el riesgo, la hazaña. Arthur Miller entendió algo que los demás apenas rozaron: que la tragedia estadounidense no es solo económica ni política, sino profundamente ética. Vio que el país se construye sobre un pacto frágil entre ambición y culpa, entre éxito y sacrificio, entre la necesidad de ascender y el miedo a caer. Death of a Salesman no es solo la historia de un hombre derrotado; es el retrato del precio emocional de la grandeza, la factura íntima que el país cobra a quienes intentan ser parte del sueño. Miller comprendió que EE.UU Unidos es un escenario donde los titanes levantan imperios y los hombres comunes se desmoronan bajo el peso de expectativas imposibles. Él escribió la grieta moral del país con la misma precisión con la que Faulkner escribió su barro y DeLillo su ruido. Todos ellos entendieron que EE.UU es un país que se inventa y se destruye a sí mismo en ciclos, como si la grandeza fuera una enfermedad crónica. Los titanes verdaderos fueron tormentas con nombre propio. Rockefeller convirtió el petróleo en religión y a Standard Oil en un animal viscoso que lo devoraba todo. Carnegie domó el acero en un infierno brillante que levantó ciudades verticales. Morgan sostenía gobiernos con una firma. Vanderbilt trazó venas de hierro que inventaron distancias nuevas. Ford transformó la velocidad en condición humana. Gates y Jobs hicieron del silicio un hábito. Bezos convirtió el tiempo en mercancía. Sin hacer juicios de valor ético, los gigantes de ayer y los de hoy no solo buscaban riqueza: buscaban país. Lo moldeaban, lo torcían, lo empujaban hacia adelante con la brutalidad de quien sabe que la historia no premia a los tímidos. Hoy hay piezas audiovisuales que retratan tanto las épocas pasadas como la actualidad. Taylor Sheridan lo hace con sus series, y lo hace con una claridad que incomoda. Harán bien los norteamericanos en verlas no como entretenimiento sino como lo que son: el retrato. Sheridan no filma historias; filma diagnósticos. Sus personajes son ecos de los titanes de antaño y sombras de los operadores de hoy. Son la evidencia de que el país sigue siendo un animal que se debate entre grandeza y decadencia, entre ambición y extravío, entre épica y torpeza. Sheridan filma el país como Faulkner lo escribió, como Steinbeck lo narró, como DeLillo lo diseccionó, como Hemingway lo intuyó, como Miller lo denunció: desde la contradicción, desde la tensión entre mito y realidad, desde la herida que nunca termina de cerrar. Y ahora, en páginas de medios importantes norteamericanos, tarifados o no, aparece Alejandrito Betancourt, presentado como 'titán necesario' para las trapisondas venezolanas. Ello no habla de él. Habla del tamaño del boquete intelectual del aparato estadounidense. Washington, con su boca enorme, sirviendo y tragándose cualquier cuento; y su mente, diminuta, incapaz de distinguir entre un verdadero arquitecto de poder y un oportunista con olfato para la oscuridad. Es una contradicción disfrazada de pragmatismo: 'si este hombrecito sirve para destrabar algo, pues que pase'. Pero esa lógica es peligrosa. Porque cuando un país empieza a confundir operadores con titanes, termina entregando su criterio a la improvisación. Alejandrito no es un titán. Es un síntoma. Un recordatorio de que la política estadounidense se ha vuelto un animal torpe: mucho ruido, poca visión. Una boca que promete, amenaza, declara; y una mente que no logra comprender la textura real del planeta que intenta manejar. En esa torpeza, personajes así encuentran espacio para inflarse, para presentarse como imprescindibles, para venderse como llaves mágicas de un laberinto. Lo que queda es una imagen casi sarcástica: el gigante norteamericano inclinándose para escuchar a un hombrecito que le ofrece soluciones empaquetadas en papel mojado con saliva. Y el gigante, aceptando, complaciendo. Porque su boca es grande, sí, pero su mente muestra que es chiquitica, casi infantil. [email protected]
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