Unos meses atrás, no muchos, desde luego, una persona afecta a la Corona confesaba: «Entre el Rey y el presidente del Gobierno existe una relación manifiestamente mejorable». Ahora diríamos, según fuentes de todo crédito, casi imposible. Sánchez ha anunciado ambiguamente que en «las próximas semanas», Felipe VI viajará a Ceuta. La Moncloa ya no ha podido dilatar más el viaje. Fíjense: todas las recientes salidas al exterior del jefe de Estado se han solventado con un enfrentamiento entre Zarzuela y Moncloa.
Desde el principio del nombramiento como jefe de la Casa del Rey del diplomático Camilo Villarino, el ministro de Exteriores, Albares, se tomó aquella decisión como un agravio personal, él que había negado a Villarino la embajada en Moscú cuando estaba ya aceptada por el Kremlin. Desde entonces hasta el momento se han sucedido los incidentes. Una vez, y con ocasión de la visita de un mandatario amigo, la Zarzuela tuvo que ponerse tiesa porque el ministro López, ministro de no se sabe qué, había decidido por su cuenta alterar el protocolo y dirimir que el visitante esperara al Gobierno en la recepción correspondiente hasta que Sánchez viera oportuno comparecer. Zarzuela hizo saber su enorme malestar y también el del invitado: «Hasta aquí hemos llegado», manifestó. Otro menester: el Rey se enteró por las redes sociales de la espantada de Sánchez, cuando se retiró cinco días a tramar respuestas con su señora. Todo un detalle del premier.
En la Casa soportan a diario un nuevo trago; sus dirigentes realizan juegos malabares para salir de las sucesivas trampas que les tienden Sánchez y sus colaboradores. Ahora que la inmigración y Ceuta figuran en el frontispicio de las preocupaciones nacionales, Villarino y su animoso equipo probablemente recuerden la bronca que montó la Moncloa cuando constató que en el Discurso de Navidad de su Majestad se había detenido precisamente en la inmigración. «Este asunto —transmitieron desde Moncloa— compete en exclusiva al Gobierno de la Nación». Villarino, que había aterrizado en Zarzuela con la intención de ampliar mucho la visibilidad del Rey, templó gaitas y disminuyó la calidad de sus decisiones; tanto que se le escuchaba —y se le escucha— decir: «Tenemos que ser prudentes en el ejercicio de la prudencia», o sea, no sacar la lengua a pasear, pero no, tampoco, «comernos los marrones sin rechistar».
El Rey y Sánchez se enfrentan en la aplicación de un concepto: el Monarca —ya no hemos dicho— requiere relevancia institucional, el aún presidente, por el contrario, pretende ensanchar cada día más su espacio hasta, prácticamente, convertirse en la única referencia del poder estatal. Así estamos. El maldito episodio de la dana valenciana supuso un antes y un después en las relaciones entre los dos palacios. Sánchez fue sujeto de un cólera incontenible cuando supo que Felipe VI se había quedado en medio de la trifulca protagonizada por los vecinos de Paiporta, mientras él había salido huyendo protegido por una decena de escoltas. Sánchez no se paró en barras, y en una reunión agitada tras el incidente, le espetó al Rey sin ninguna contención: «¡Qué bien les ha salido, eh!». Lo mejor que hizo el Rey fue callarse ante la descomunal impertinencia que revelaba el terrible enfado de Sánchez por haber quedado tan mal ante los desdichados vecinos.
Y es que desde aquella fecha las reticencias de la Moncloa ante el brillo del Rey no han hecho más que aumentar, hasta hacerse intolerables para el ego desmedido del aún presidente del Gobierno. Este no hace más que vengarse (sí, vengarse) del jefe del Estado. Sus desmanes hacia él son continuos, como continuas son sus persistentes faltas de respeto. Incluso de reconocimiento institucional. ¿Últimos casos? Son dos. La celebración hace escasas fechas del Consejo de Seguridad Nacional, que habitualmente desde la Transición ha sido presidido por el Rey menos en esta ocasión, sin explicaciones. Ahora y en la cúpula del Estado español existen dos antinomias irreductibles: la de Margarita Robles y Marlaska, que no disimulan siquiera el odio que se profesan, y la de Villarinos y el ministro Albares, protagonista este de todos los ataques políticos que lleva soportando años el jefe de la Casa del Rey.
En esta situación, y aparte del conflicto generado por Marruecos con la invasión de Ceuta, la programación de la visita de Felipe VI a nuestra provincia africana encierra todas las incógnitas posibles. El Gobierno del sultán Mohamed no deja de exhibir la intención de su país de hacerse con Ceuta y Melilla, probablemente con chantaje añadido para que la estancia de nuestro monarca en Ceuta pase todas las trabas posibles. El país, nosotros, ni siquiera conocemos cuál es la entraña de la relación entre Marruecos y Sánchez, pero quédense con este pequeño detalle: actualmente, España construye para los alauitas un buque patrullero destinado, fíjense en el caso, para la vigilancia de las costas marroquíes. Es el caso del alguacil alguacilado. Seguimos mandando balas a Mohamed, le construimos barcos que paga lo más tarde posible y, lo que es peor: algunos de nuestros más importantes mandos de las Fuerzas Armadas Españolas sostienen que el Ejército de Tierra de Marruecos es superior al nuestro, algo que no se quiere reconocer más que confidencialmente. Un dato a tener en cuenta.
Esta es la situación actual en un momento en que Sánchez no ha despejado dudas en su comparecencia en las Cortes; antes bien, las ha engrandecido. Por ejemplo, y como final: ya el gentío mayoritariamente empieza a pensar que lo que guarda Pegasus sobre Sánchez es sumamente comprometedor para su futuro político, judicial y hasta personal. Eso también lo sabe el Rey. Esta semana se reabre el Parlamento y, el miércoles, la sesión de control será la coda del interludio sanchista del jueves. O sea, un azadón más en el pozo en el que está caído Pedro Sánchez Pérez-Castejón.
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