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El gobierno de los Estados Unidos nos presume en forma muy ufana que en lo que va de Septiembre ya han derribado once drones en la frontera con México. El Comando Norte informó que han inhabilitado a más de trescientos sistemas aéreos no tripulados —drones— pertenecientes a cárteles de la droga en este 2026. Y me temo que esto que parece un éxito no lo es tanto ya que están atacando un síntoma y no el problema. Cuando confundimos al síntoma con la raíz del problema, la solución que se proporciona es inmediata sí, pero es ineficaz. La evidencia es que tarde o temprano —como sucede con la humedad de una pared— el tema emerge y muchas veces suele reaparecer más fortificado. Si el Comando Norte presume que en 2026 ya van trescientos drones derribados, y en estos pocos días que van del mes de septiembre ya llevan nueve, se ve con claridad que no están dando en el blanco. Si los grupos delictivos de la frontera tienen drones para sus actividades de contrabando y para vigilar a los policías y a los militares de la zona, la pregunta evidente que nos llevaría a detectar la raíz del problema es ¿de dónde sacan estos artefactos?, ¿quién se los está vendiendo? Yo imagino que la inteligencia de los Estados Unidos no es tan tonta como para no haberse hecho estos cuestionamientos. Me temo que lo hicieron y las respuestas que obtuvieron no les gustaron. ¿Quiénes son los principales fabricantes de este tipo de drones? La respuesta pone la piel de gallina. Las marcas más populares son chinas, iraníes, turcas y una empresa de coinversión china-estadounidense. Los grupos de inteligencia mexicanos y estadounidenses sospechan que estos grupos delictivos están comprando las piezas por separado e importan motores, hélices, placas de circuitos y baterías. Contratan a técnicos o ingenieros para ensamblar "drones clonados" o caseros que carecen de los candados digitales de geofijación —los cuales impiden a un dron comercial normal volar cerca de aeropuertos o bases militares—. Muchos de los productores de estas partes se encuentran en China y en Estados Unidos. Los cárteles aprovechan que estos aparatos se venden de forma libre y legal en internet. Si yo sé esto, evidentemente lo saben los encargados de la seguridad nacional a ambos lados de la frontera. Parar el trasiego de estas partes, impedir que el crimen organizado pueda comprar armas sofisticadas sería acercarse a la raíz del problema. Ya sabemos que en Estados Unidos es más fácil comprar una pistola que una cerveza, que es más grave tomarse un trago en la calle que andar caminando con una metralleta. Sabemos que, para ellos, el tema de las armas es complicado y que no le quieren entrar a esa discusión, a pesar de que ellos mismos padecen en carne propia las consecuencias de esas facilidades. No obstante, ni las armas ni los drones son el verdadero problema. La raíz se encuentra en otro lado. Tampoco es el tráfico de drogas, atacar la oferta es ir en contra del síntoma y por ello no se ve la solución ni se cosechan frutos después de tantos años de estar luchando y derramando sangre. El verdadero problema es el consumo de drogas. ¿Por qué el consumo de sustancias que alteran el estado de la conciencia es tan popular y va en ascenso a pesar de las terribles consecuencias que tiene? Me temo que esa es la pregunta que nos lleva a atacar la raíz de todos estos temas tan dolorosos y que podrían llegar a dar verdaderas soluciones. En una vida acelerada, en la que la inmediatez se aprecia como algo gratificante, algo falta. Ese vacío se llena con drogas. Tal vez, la solución aparecería si esta sensación de que algo falta se pudiera colmar con algo más profundo que se relacionara con la vida y no con la muerte. Menos droga, menos drones, más plenitud.
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