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José Ángel Pedroza Hernández

Los anónimos de la tierra: Papel tapiz

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Hace unos meses tuve la oportunidad de pasar unos días en Ciudad Valles, San Luis Potosí. Caminaba por el Centro bajo el sol de la tarde. Tomé asiento en una banca, a la sombra de un árbol, justo enfrente del Palacio de Gobierno. De golpe, decenas de pares de ojos me miraron. Ahí estaban, delante de mí, tapizando la entrada de las oficinas gubernamentales, los retratos de personas desaparecidas. Había de todas las edades, todas las complexiones, ambos sexos; de años recientes y de pasadas décadas; niños, niñas, bebés, mujeres y hombres, adultos mayores. La violencia —a diferencia del Estado— no discrimina. Traté de recordar en dónde he visto antes este papel tapiz siniestro, este mosaico de la desolación, cuyos píxeles tienen un nombre y una familia que aún los espera. Recordé el Palacio de Gobierno de Morelos, las calles del Centro Histórico de la CDMX y la Terminal de Autobuses de Toluca: abundan las fichas de búsqueda expedidas por las fiscalías, pegadas en las paredes, a veces sobrepuestas al ser tantas, en una suerte de collage de la indiferencia. Las personas desaparecidas se extienden por todo el país. A los mexicanos algo nos une y nos hermana: el hecho de tener un familiar, un amigo, o un conocido, que un día ya no volvió a casa, del que nadie supo nunca su paradero. Soy psicólogo. He visto de cerca la importancia que tienen los rituales funerarios para lograr atravesar el proceso de duelo ante la pérdida de un ser querido. Los manuales de tanatología, escritos en su mayoría por extranjeros de habla inglesa, no se han adecuado al contexto mexicano. Habría que actualizarlos, añadir nuevos capítulos que respondan a nuestra realidad latinoamericana. ¿Cómo actuar ante una privación del duelo? El hecho de no tener un cuerpo de quien despedirse a través de ritos funerarios complica la tarea del duelo, lo alarga, lo estira de forma indefinida. Hay personas que fallecen sin haber recibido nunca ni una sola noticia de su ser querido que desapareció. Miro a mi alrededor en aquella tarde soleada de Ciudad Valles. Pese a la zozobra, pese a un Estado que se muestra impotente, seguimos con nuestras vidas, día con día. Olvidamos, por un momento, que en México desaparecen personas. A ellos los devoró el sistema; a nosotros, nuestras rutinas. Unos niños ríen en un quiosco. Una pareja de adolescentes camina tomados de las manos y se besan, tímidos. Llevan puesto aún el uniforme de la escuela preparatoria. Un adulto mayor se ha instalado en la acera y ofrece quesos para ganarse la vida. Un policía bosteza, recostado en su patrulla. Y yo, sentado en una banca, a más de 700 kilómetros de Cuernavaca, pienso en lo que haré el día que la violencia también me alcance. *Laboratorio de Contra/Narrativas (CIIHu-UAEM) Foto: Esther Ocampo
Los anónimos de la tierra: Papel tapiz
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