La figura de Óscar Puente ha terminado por encarnar un fenómeno cada vez más habitual en la política contemporánea: el dirigente que asume el papel de insultador oficial –en Puente la carencia total de brillantez le excluye de la calificación deenfant terrible–al servicio de una posición partidista. Su función parece ir más allá de la gestión del ministerio que dirige. Se ha convertido en el principal ariete dialéctico del Ejecutivo, mediante tuits provocadores, respuestas férvidas en las redes y enfrentamientos personales con adversarios políticos, periodistas y otros actores públicos.
Esta estrategia proporciona réditos comunicativos a corto plazo, pero plantea serias dudas sobre la calidad del debate democrático. Cuando un ministro convierte la polémica en su principal argumento político, su gestión queda opacada por el espectáculo. La discusión sobre infraestructuras, transporte o inversiones pierde protagonismo frente a una sucesión de controversias personales que desplazan la atención hacia cuestiones accesorias. El llamado 'rol antagónico' encuentra en Puente una de sus expresiones más acabadas. No se trata simplemente de rebatir las críticas con contundencia, sino de asumir la confrontación como identidad política. Su mala notoriedad, además, repudia consensos y enmascara negligencias mortales.
Un gobernante representa al conjunto del Estado y su comportamiento contribuye a definir la imagen de las instituciones. Cuando quien ocupa un cargo de máxima responsabilidad adopta el papel de agitador permanente, se difumina la frontera entre la comunicación gubernamental y la lógica de las redes sociales, secuaz, polarizadora y viral.
Cabe preguntarse si este papel responde exclusivamente a un rasgo personal o si constituye una maniobra deliberada del Gobierno. En los dos casos, el resultado es similar: un clima político crecientemente crispado en el que la colisión se convierte en un fin en sí mismo. El incendiario puede resultar útil para dominar el ciclo informativo y electrizar a su electorado, pero difícilmente coadyuva a fortalecer la confianza ciudadana o a elevar la nobleza del debate público. Cuando la política se reduce al choque perpetuo, todos los actores acaban perdiendo, incluidos quienes inicialmente obtienen una efímera ventaja de esa dinámica.
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