Mañana volveremos a celebrar el Día de Extremadura. Miraremos de frente la bandera –algunos con la mano derecha posada sobre el corazón–, sonarán los himnos, ... se pronunciarán discursos solemnes y reflexionaremos, una vez más, sobre nuestra identidad, sobre el significado de ser o sentirse extremeño.
No es una cuestión menor, porque la identidad no es algo físico. No es una pregunta, por tanto, que pueda responderse señalando un mapa, circunscrito a unos bordes o contornos fronterizos. Si acaso tiene que ver con círculos concéntricos que, como en un estanque, expande y ensancha sus ondas hasta besar las orillas de otras culturas. Somos extremeños porque queremos serlo. Nuestra identidad –ya lo dice el Estatuto–, no responde a una obligación heredada, un código postal o una partida de nacimiento, sino que es algo más profundo que la autonomía política y el legado histórico que enlaza Guadalupe con Yuste: es una voluntad de presente, de manera de sentir, vivir y mirar España, Europa y el mundo.
Nuestra identidad no necesita fronteras. Podemos amar esta bendita tierra de encinas centenarias y al mismo tiempo reconocernos en una nación común y en una Europa que es nuestra. Produce vértigo comprobar cómo hemos cambiado en cuarenta años, cuando mirábamos demasiado a menudo hacia fuera buscando las oportunidades que no encontrábamos dentro. El proceso autonómico coincidió con la incorporación de España a las comunidades europeas e inauguró un tiempo de transformación que parecía imposible para quienes conocieron la miseria y el hambre, la emigración, el abandono y la falta de oportunidades. La autonomía trajo universidades, hospitales, autovías, nuevas empresas, tecnología y turismo que aumentaron nuestra capacidad de decisión y presencia. Naturalmente, también cometimos errores y algunas heridas continúan abiertas, como la despoblación, el envejecimiento y la falta de empleo cualificado, pero sería una injusticia olvidar cuánto hemos avanzado.
Este camino de dignidad colectiva ha sido construido de manera plural, bajo siglas e ideologías diversas. Los gobiernos de Juan Carlos Rodríguez Ibarra, José Antonio Monago, Guillermo Fernández Vara y María Guardiola han demostrado que la historia autonómica pertenece al conjunto de los ciudadanos y no a un único partido. Por eso, en el acto institucional esta noche, la ausencia de Fernández Vara dolerá de manera especial. Su trayectoria como médico, servidor público y político dialogante representa, además de los valores de cercanía y vocación de servicio, a los hombres y mujeres que, con independencia del color ideológico, dieron significado a la palabra extremeño.
Y es que ser extremeño no consiste únicamente en haber nacido aquí. Consiste en elegir esta tierra, en quererla con sus luces y sombras, en trabajar para que nadie tenga que marcharse y en sentir que su futuro también es el nuestro. Al fin y al cabo, Extremadura no es solo el lugar donde vivimos: es una manera de pertenecer, de recordar y de soñar juntos. Extremadura es el espacio de aquellos comprometidos con un proyecto común, que queremos seguir trabajando por una tierra más libre, próspera y abierta. Feliz día a todos.
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