Los niños y la plantas con sus 'estirones' ofician de relojes inesperados, que delatan el tiempo transcurrido lejos de ellos. El filodendro que protegimos del calor tórrido de Madrid, refugiándolo con agua dentro de la bañera durante las vacaciones, nos recibe corpulento, selvático, desmelenado.
Llevamos un mes sin verlo y este arrebato verde ha ganado tanto espacio en nuestra ausencia como para rebalsar la maceta original y pedir a gritos un tutor que le permita erguirse y sacar pecho de nuevo. Habrá que mudarlo y dividirlo, tal vez, en dos o tres sucursales.
Las plantas hablan, no con palabras ni voces sino con sus cuerpos, enseña la filósofa italiana Pia Pera en 'El jardín que querría' (Errata Naturae). Si la primera impresión define, en este reencuentro es difícil no empezar a tararear 'Despeinada', aquel hitazo vestido de twist, que cantaba Palito Ortega en los 60.
¿Sabrá bailar el filodendro? ¿Se ofenderá si le dedico un '...tu pelo es un desastre universal' en plena terraza, donde hoy reina expansivo, rodeado de especies menos despelucadas o más tímidas? Alguien me ha dicho, incluso, que cree que es en verdad una monstera, planta muy parecida. Si así fuera, hasta esa gentileza tiene conmigo: perdona mi ignorancia y se esmera.
Es noble, el vegetal: paga con clorofila redoblada los días sin guarda y su prodigalidad prueba que lo que mejor le sienta es que crecer a su aire. 'En mi finca reservo un terreno en el que nunca intervengo y dejo hacer a la naturaleza; en los campos crece lo que quiere, hago siegas tardías que dan a las semillas tiempo para madurar', retoma Pera.
¿Se perciben cambios parecidos en nosotros, cuando volvemos relajados a los sitios que solíamos frecuentar? '¡Qué buena cara traes!', me dijeron ayer. Agradecí el cumplido inesperado, mientras peleo todavía contra el jetlag. Piropo, hubiera dicho en Buenos Aires; en Madrid, se habla más de halagos, pero como fuera, el mérito no es mío: ¿a quién le sienta mal el descanso?
La sed de verde, de contactar con la naturaleza es reconocible y avanza a nivel global. Como si hubiera en esa serenidad -armar un jardín, planear un huerto- un camino posible a la distensión, a retomar cierta escala humana. 'Menos pantallas y más paisaje' dirían las pancartas, si se manifestaran.
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