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Israel De La Rosa

Israel de la Rosa: «La superstición»

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La ciencia, ese libro gordo y sagrado de nuestros tiempos, que ordena el conocimiento universal y coloca minuciosamente en diferentes estantes todos esos pergaminos de sabiduría, igual que el celoso repostero deposita pulcramente sus dulces en acristalados anaqueles, ha demostrado categóricamente que algunos procedimientos conllevan un resultado demostrable y definitivo. Sirva este sencillo ejemplo: si se camina por una ancha y coqueta explanada, y se preocupa uno en pisar las baldosas más oscuras con el pie derecho y las baldosas más claras con el pie izquierdo, y se alterna cada cuatro ciclos el orden de las pisadas, y se da un breve saltito al concluir los ciclos…, el día mejorará, la reunión con el jefe será productiva, y, en fin, la felicidad más plena, más completa, se conseguirá sin ninguna duda al concluir la jornada. Todo saldrá a pedir de boca. Tal vez resulte excesivo afirmar que la ciencia corrobora estos ingeniosos procedimientos, pero los hechos son los hechos, y en ellos nos apoyamos concienzuda y confiadamente: cerramos la puerta de casa y deslizamos una y otra vez el cerrojo, a izquierda y a derecha, a izquierda y a derecha, una y otra vez, con ritmo, con precisión matemática… No ha nacido todavía ladrón capaz de irrumpir en un domicilio donde se haya corrido y descorrido seis veces un cerrojo. Los profesionales del método, esos privilegiados experimentados que conocen de sobra los entresijos de la seguridad doméstica, suelen murmurar simultáneamente una suerte de oración religiosa, una especie de añadido, una letanía salpimentada de vocablos mágicos: «Pestillito bueno, uno y dos, pestillito que me cuidas, pum, pum…» Con esto y con los vaivenes reiterados y escrupulosos del cerrojo, esa casa queda blindada como un búnker alemán. No hay patada que pueda derribar esa puerta del Señor, no hay bombazo termonuclear que alcance a turbar la paz deliciosa de ese hogar acorazado. Y podría enumerarse todo tipo de acciones singulares y creativas destinadas a la consecución de multitud de objetivos, debidamente adaptadas a cada sujeto según sus preferencias personales: acariciar con los nudillos una superficie de hormigón para que vaya bien la comida familiar; golpear acompasadamente un mueblecito de madera, varias veces, para acertar un segundo premio de la lotería; frotar repetidamente el salpicadero del coche con el dorso de la mano para aprobar por fin ese examen fastidioso… Una lista curiosa e interminable. Valiosísimos procedimientos, todos probados con éxito. Excusado queda no pormenorizar aquí los infinitos detalles. Sin embargo, contemplamos asaz horrorizados, incapaces de dar crédito, a esos individuos insensatos que se aventuran en los espinosos jardines de la vida sin protección alguna, a lo loco, así, a la buena ventura, sin observar ninguno de esos métodos relatados anteriormente. Personas despreocupadas, seguras de su suerte, arrojadas en brazos del azar impredecible… Un disparate, qué duda cabe. Una absoluta temeridad. Pero gente hay para todo.ncisco Ayala.
Israel de la Rosa: «La superstición»
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