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Los austeros también brindan

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Hace unos días, en un país de América Latina, se reunió un político de apellido importante con un par de empresarios. La reunión duró horas, hubo conversación reservada, ambiente de restaurante elegante y una botella de Sassicacia sobre la mesa. Nada de vino de la casa, aunque aunque algunas fuentes cuentan que el político no bebió de esa botella. Quizá traía antojo de tequila. Confieso algo antes de continuar: nunca he bebido un vino de ese precio. Si algún día lo hiciera, probablemente no tendría la menor capacidad para paladearlo con justicia. A pesar de ello, sí creo que hay vinos que narran perfectamente una región vinícola, mientras que otros solo sirven para alardear de una jugosa cuenta bancaria. La champaña es un ejemplo perfecto. Durante años fue la bebida de las celebraciones y los lujos. Basta pensar en el estruendo al descorcharla. No me parece mal un poco de espectáculo, pero aquello del 'champagne shower' sí me supera. Es una verdadera tontería comprar una botella carísima, no para beberla, sino para derramarla. Hace no tanto, hubo la moda de derramar champaña sobre el Rolex al salir de fiesta. El reloj ya no bastaba. La botella tampoco. Había que juntar los símbolos. En todos estos casos, el del vino caro, el del 'champagne shower' y el del reloj, lo que está en juego es el estatus. Y ya que estamos en el tema, me viene a la mente el vino Pétrus, un Merlot elevado a religión de coleccionistas. Su nombre apunta a San Pedro, pues en su etiqueta aparece la figura del apóstol con las llaves al paraíso. Acaso ahí está parte del encanto; comprar Pétrus es comprar acceso. No solo a vino, sino al prestigio. Te invito a googlear el costo de una de esas botellas. Desde luego, nadie está obligado a beber vino barato por virtud republicana. Si alguien ganó su dinero limpiamente, pagó impuestos y no convirtió al Estado en proveedor privado de caprichos, puede gastarse su dinero como quiera. Faltaría más. Quien ha merecido su dinerito puede comprar Sassicaia, Pétrus, Romanée-Conti o una Coca Cola. Es su dinero. Durante años, la política mexicana comía muy bien y fingía poco. Los políticos frecuentaban restaurantes elegantes, llegaban con chofer y pedían platillos con precios que nos darían risa (o depresión). Champs Elysées, en CDMX, fue uno de esos lugares del viejo poder. Era de cocina francesa y sus salones de conversación recibieron a los más altos políticos y empresarios del país. Ya no existe, pero durante años funcionó como escenografía gastronómica del poder. Ese mundo tenía muchos defectos e injusticias. Muchas cuenta de Champs Elysées fueron pagadas directamente por el gobierno. Después llegaron algunos políticos que aseguraron que el gobierno en lo público, y los políticos en su vida privada, debían vivir con sobriedad y austeridad. Esa narrativa conectó con un cansancio social muy real. El inconveniente de predicar esa austeridad es que, si tu fuerza política descansa en denunciar los lujos de la vieja clase dirigente, entonces cada copa se vuelve una declaración patrimonial. Héctor Zagal y Luis Manuel Gómez, coautores de este artículo, conducen el programa de radio 'El Banquete del Dr. Zagal' en MVS 102.5 todos los sábados a las 17:00. Ambos son profesores de Filosofía en la Universidad Panamericana.
Los austeros también brindan
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