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Miguel López-Guzmán

Rayos y truenos

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Los de Murcia tenemos una pócima para combatir la depresión posvacacional. Un remedio a base de ruedas multicolores de caballitos, coches de choque, norias y toros en el viejo coso de la Condomina. La feria de septiembre es un paréntesis que nos libra de miradas perdidas evocadoras de las vacaciones recién finalizadas. Un tiempo de membrillos, jínjoles y de panochas de maíz que nos ayudan a suavizar el regreso a la rutina y distinguen con su aroma y color los días en curso. La feria, desde hace tiempo, es la parienta pobre de los festejos murcianos, olvidados ya aquellos días en los que «feriar» algún juguete a los chiquillos era tradición. Con el fin de las vacaciones, se nos olvida que el verano finaliza el 21 de septiembre y el calor definitivo y petulante nos durará hasta mediados de noviembre. La ansiada lluvia siempre se espera en septiembre, a lo más, hasta la Virgen del Rosario, en los primerizos días de octubre. Si no llueve por estas fechas, nos podemos despedir del aguacero hasta la próxima primavera. Tiempo de inundaciones, habrá que recordar la de San Calixto (14 de octubre de 1615) y la de Santa Teresa (15 de octubre de 1879). Ver los partes meteorológicos en los medios de comunicación produce, hoy en día, más que cierta inquietud. Señoritas estupendas, muy monas ellas, nos meten el miedo en el cuerpo provocando un alarmismo inusual. Heraldos de las plagas de Egipto, vaticinan lluvias torrenciales, granizadas destructoras, inundaciones, tempestades, tornados; los mapas meteorológicos se pintan de color rojo fuego, a los que nos puede someter el cacareado cambio climático, avisándonos de la calcinación por llegar debido a las altas temperaturas celtibéricas. Nos meten el miedo en el cuerpo, sudamos y nos ahogamos antes de lo previsto. Fenómenos atmosféricos propios de la estación estival que vivimos. Ahora, a estos bruscos cambios meteorológicos se les denomina dana; antes, en un colmo de expresividad visual se les denominaba «nube». La nube es negra y trae consigo precipitaciones a veces torrenciales, relámpagos y truenos acompañados, en la mayoría de las ocasiones, de rachas de viento huracanado. Así ha sido desde siempre. En tiempos menos alarmistas y menos informados, se imploraba a Santa Bárbara y se encendía una vela al Santísimo, buscando su protección ante la tempestad desatada: truenos, rayos y relámpagos. Los partes del tiempo obligan a recordar a don Mariano Medina, aquel gran profesional de aspecto formal, vestido de modesta chaqueta y severa corbata de color oscuro. Prendas que lucía en invierno y verano con rutina meteorológica, al igual que sus gafas del modelo 'Amor', tan de moda en aquellos años sesenta, las que le conferían un aspecto de profeta absoluto. No, don Mariano no nos metía el miedo en el cuerpo a priori con olas de calor abrasadoras ni lluvias torrenciales que nos hicieran sacar la 'Zodiac'. En los tiempos de TVE, en el Paseo de la Habana, le llamaban Santa Teresa, porque solo se veía su brazo cuando señalaba con el puntero soles y borrascas en un mapa realizado en la pizarra con tiza y borrador. Las chicas 'cuquis' de ahora actúan luciendo cuerpo ante el croma, aterrando a ancianitas desvalidas con calores sofocantes, ventoleras y diluvios como si fueran una novedad. Avances del estado del tiempo por llegar que hacen que algunos duerman con el chaleco salvavidas y otros guarden la manguera bajo la cama para paliar calores infernales. Si los montes arden como nunca, ya que no se limpian ni se crean cortafuegos, las ramblas propician las inundaciones, ya que tampoco se mantienen limpias de cañaverales y otros obstáculos que provocan inundaciones y, con ellas, la tragedia, haciendo bueno el dicho de que solo nos acordamos de Santa Bárbara cuando truena. Septiembre y octubre son los meses por excelencia para las lluvias en esta tierra nuestra y, en demasiadas ocasiones, lluvias torrenciales que desatan la ira de la naturaleza. Eso sí, nadie nos ha explicado aún el entramado de las extrañas nubes de diseño que se dejan ver en los amaneceres. Nubes artificiales muy sospechosas de responder a extraños y desconocidos intereses. Que Santa Bárbara nos pille confesados ante las lluvias por venir, en el caso de que llueva sobre la tierra reseca.
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