No somos una invención de los padres de la Constitución del 78, puesto que el pueblo español prevalece y es anterior a su Carta Magna. España es una nación antiquísima, la cual se ha fraguando a lo largo del tiempo en virtud de un devenir que ha ido marcando su propia naturaleza, llena de coraje, virtud y entrega, con una misión muy clara tanto civilizadora como apostólica.
La vigente Constitución no ha creado a la nación española, únicamente ha reconocido la idiosincrasia que la historia ha otorgado a su ciudadanía a lo largo del tiempo. A decir verdad, somos la herencia cultural y humana que nuestros antepasados han ido acrisolando, por entender que nuestro destino común se proyecta en la historia universal.
Con Roma la península ibérica obtuvo identidad propia, conformando una civilización integrada por el idioma, el derecho, las construcciones, los monumentos, sus emperadores, sus pensadores y sus escritores. La monarquía visigoda selló la unidad cultural y religiosa de nuestra realidad histórica. Más tarde, la invasión musulmana nos muestra un ciclo bélico, una lucha prolija y desafiante donde la Cruz sostenía la esperanza del pueblo español para recuperar los territorios arrebatados. Tras la unión marital de Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón, y por tanto la alianza entre sus reinos, por fin en el año 1492 se pone fin a la 'Reconquista', dando con ello solidez y unidad a España, al mismo tiempo que el 12 de octubre se descubre el Nuevo Mundo.
La eclosión cultural vino de la mano de nuestro floreciente 'Siglo de Oro', donde el arte y la literatura dieron nombre propio al S.XVI. En las 'Españas' reinaba la unidad lingüística, normativa e institucional, así como sus costumbres, siendo la misma moneda de cambio la que circulaba en ese vasto territorio en el área comercial. Además de compartir todas estas cosas, también llevamos nuestra fe. A pesar de los claroscuros vertidos en el continente americano relacionados con su evangelización y su conquista, el concurso de estos dos hechos se puede considerar como el mayor acontecimiento civilizador de la historia.
Tras los Austrias llegaron los borbones, y con ellos la unificación burocrática del imperio, pero también las tensiones territoriales y el comienzo del ocaso de la nación, emergiendo las independencias geográficas americanas, lo que provocó la fractura imperial. Con la famosa 'Pepa', la Constitución de 1812, que tampoco fue la panacea para España, se volvió a reconocer a nuestra nación, que anteriormente ya se había defendido contra el invasor francés, en este caso contra Napoleón.
Y, así las cosas, tras monarquías absolutas, guerras civiles, constituciones enmascaradas, dictaduras, en medio de inestabilidades políticas e institucionales, España ha ido caminando firme, fuerte, erguida, sorteando toda suerte de acontecimientos con un pulso tenaz y mantenido: ha sobrevivido al declive de sus dirigentes y de sus políticas. A tal efecto, antes de la entrada en vigor de nuestra actual Constitución, España destacaba entre la diez primeras naciones a nivel mundial, sin embargo, los años democráticos nos han llevado paulatinamente por un tránsito sinuoso, aciago, hacia la debacle política, a una corrupción severa, a la ruina económica y a una falta de confianza en las instituciones.
Por todo ello, y por mucho más, España no nació en 1978, no somo hijos del constitucionalismo vigente, somos la herencia de una historia que se ha forjado con el espíritu y el sacrificio de quienes nos han precedido, con una conciencia propia y con la mirada puesta en un destino llamado a la perpetuidad. Debemos sentirnos orgullosos de pertenecer a esta Patria común que es España, por encima de ideologías tóxicas y degradantes, orgullosos de ser parte de ese pedazo de tierra que encierra mucho más que polvo y caminos, de ese espacio geográfico urdido con el brío, el aliento y la abnegación de quienes no dudaron entonces ni dudan ahora en dar su vida por defenderla.
España es historia y debemos con nuestro tesón honrarla, renovarla y divulgarla, transcendiendo sus fronteras por ser ejemplo y modelo de sociedad y de carácter, a pesar de que actualmente está bastante deteriorada. La sangre española es la savia para el mundo entero, y es nuestra responsabilidad depurarla, preservándola de los traidores que siempre han ido a la zaga para usurparla y humillarla. España es nuestra forma de ser y de actuar, la de un pueblo recio al margen de aquellos sátrapas que la ultrajan y la deshonran cuando se les consiente, porque España, noble y siempre libre, representa nuestra genuina grandeza y nuestra inquebrantable dignidad.
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