Se llamaban Cora, Dawson y Callan. Tenían cinco años, tres años y ocho meses. Conviene empezar por ellos porque, a juzgar por buena parte de la conversación pública alrededor del caso Lindsay Clancy, parece que son un detalle secundario. Una especie de incómodo pie de página en la tragedia de su madre.
Pues no. Cora, Dawson y Callan son la tragedia.
El 24 de enero de 2023, Lindsay Clancy estranguló a sus tres hijos con bandas de ejercicio en el sótano de su casa de Duxbury, Massachusetts. Eso no lo discute ni siquiera su defensa. Después se hirió e intentó suicidarse saltando desde una ventana. Sobrevivió y quedó paralizada. Los tres niños murieron.
La cuestión discutida en el juicio no era quién los mató, sino si Clancy era penalmente responsable cuando lo hizo. La defensa sostiene que padecía una psicosis posparto que había anulado su capacidad de comprender sus actos. La Fiscalía sostuvo lo contrario: que sabía perfectamente lo que hacía y que actuó de forma deliberada.
PREMEDITACIÓN: LA TESIS DE LA FISCALÍA
Y aquí conviene detenerse, porque a veces la palabra «posparto» parece funcionar como una especie de borrador mágico.
Según la acusación, poco antes de matar a sus hijos Clancy buscó cuánto tardaría su marido en hacer unos recados. Preparó un pedido de comida y le pidió que fuera también a una farmacia. Mientras Patrick Clancy estaba fuera, ella llevó a los niños al sótano y los estranguló. La fiscal Jennifer Sprague presentó precisamente estos hechos como prueba de que había creado deliberadamente una ventana de tiempo para ejecutar su plan.
La Fiscalía habló de una actuación consciente, calculada y deliberada. Tras declararse nulo el juicio por falta de unanimidad del jurado, el fiscal de distrito Timothy Cruz volvió a describir los hechos como la «muerte cruel y calculada de tres inocentes».
En términos españoles, muchos identificaríamos en esa descripción elementos que asociamos coloquialmente con premeditación y alevosía: sacar de casa al único adulto que podía impedirlo y atacar a tres niños absolutamente indefensos. Jurídicamente el proceso es estadounidense y no debemos importar nuestras categorías penales como si fueran equivalentes. Pero tampoco hace falta ponerse una venda en los ojos para entender qué sostuvo la acusación.
¿Estaba Lindsay Clancy enferma? Es perfectamente posible. Había buscado tratamiento, había recibido medicación y había estado ingresada. Eso debe ser tenido en cuenta por un tribunal. Lo que resulta mucho más discutible es el salto siguiente: pasar de estudiar si una enfermedad disminuye o elimina la responsabilidad penal a convertir a quien mató a tres niños en la gran víctima de la historia.
LA PRODIGIOSA DESAPARICIÓN DE TRES NIÑOS
Porque eso es exactamente lo inquietante de este caso.
Clancy ha recibido cartas de apoyo de todo el mundo. Su historia ha movilizado a personas que ven fundamentalmente a una madre enferma, mal atendida por el sistema sanitario. Su abogado habla de ella como una mujer trabajadora y cariñosa destruida por la enfermedad. Su exmarido ha dicho que la perdona y que la considera enferma, no malvada.
Todo eso puede suscitar compasión. Pero uno echa de menos un pequeño detalle: ¿y la compasión por Cora, Dawson y Callan?
Tenemos una extraordinaria habilidad cultural para desplazar el foco. Tres niños son estrangulados y terminamos hablando durante horas de la persona que los estranguló. Los muertos se convierten en decorado y quien causó sus muertes ocupa el centro del escenario. Debe de ser una de esas conquistas del progreso que algunos todavía no hemos aprendido a apreciar.
Una enfermedad mental puede explicar. Puede atenuar. Puede incluso, si se cumplen los requisitos legales, excluir responsabilidad penal. Lo que no puede hacer es resucitar a los niños ni convertirlos en figurantes de la tragedia de otra persona.
Y sí: para mí, quien mata deliberadamente a tres niños es su asesina, con independencia de que después un tribunal deba determinar hasta qué punto era jurídicamente responsable debido a su estado psíquico. Llamar a las cosas por su nombre no sustituye al Derecho; simplemente evita que el lenguaje termine sustituyendo a las víctimas.
CULTURA DE LA VIDA, CULTURA DE LA MUERTE
Aquí es donde el caso deja de ser solamente una crónica judicial estadounidense.
Llevamos décadas viviendo en una cultura que nos enseña a mirar la vida del niño desde las necesidades, los deseos y los problemas del adulto. Antes de nacer, si ese niño incómoda, se nos explica que lo verdaderamente importante es la elección del adulto. El niño desaparece del lenguaje: ya no es hijo, ni siquiera niño; es embarazo, interrupción, salud reproductiva, decisión.
No estoy diciendo que jurídicamente aborto y asesinato de niños nacidos sean lo mismo. Evidentemente no lo son. Estoy hablando de algo anterior al Código Penal: de una mentalidad.
La cultura de la vida parte de una idea incómodamente sencilla: el más débil merece precisamente más protección porque no puede defenderse. La cultura de la muerte hace el recorrido contrario: cuando una vida estorba, buscamos una palabra, una justificación o una circunstancia que permita apartarla del centro moral.
Y en esa batalla, reconozcámoslo, la cultura de la muerte nos gana hoy por varios goles a cero.
Primero conseguimos que millones de seres humanos antes de nacer desaparezcan detrás de expresiones cuidadosamente higiénicas. Y ahora contemplamos casos en los que incluso tres niños con nombre, rostro y años cumplidos pueden ir desapareciendo del relato mientras la atención, la comprensión y hasta la solidaridad se concentran en quien acabó con sus vidas.
La paradoja es formidable: cuanto más indefensa es la víctima, menos voz tiene; y cuanto más sofisticada es la explicación del agresor, más páginas ocupa.
COMPASIÓN, SÍ. AMNESIA, NO.
Que se investigue la atención psiquiátrica que recibió Lindsay Clancy. Que se estudie seriamente la psicosis posparto. Que las madres con trastornos mentales graves reciban toda la ayuda necesaria. Y que un tribunal determine, con todas las garantías, su responsabilidad penal.
Pero no confundamos compasión con inversión moral.
El juicio terminó el 4 de septiembre de 2026 sin veredicto porque el jurado no alcanzó la unanimidad. Eso no es una absolución. Clancy continúa acusada y puede ser juzgada de nuevo.
Mientras llega esa decisión, quizá podamos hacer algo mucho más sencillo: recordar quiénes no tendrán un segundo juicio, una segunda oportunidad ni una segunda vida.
CORA,CINCO AÑOS.
DAWSON,TRES.
CALLAN, OCHO MESES.
LA CULTURA DE LA VIDA EMPIEZA PRECISAMENTE AHÍ: NEGÁNDONOS A APARTAR LA MIRADA DE QUIENES YA NO PUEDEN PEDIRNOS QUE LOS DEFENDAMOS.
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